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#ColumnaInvitada | La rebelión plebeya de López Obrador

Se debe observar al gobierno de López Obrador como el resultado de una rebelión plebeya; así, el nivel sostenido de aprobación presidencial deja de ser sorprendente.
mié 19 enero 2022 11:59 PM
Festejos AMLO
Seguidores de AMLO en el 2018.

Para arrancar esta columna, me permito citar extensamente a Ariel Rodríguez Kuri, gran historiador de El Colegio de México: “Sugiero que la elección presidencial de 2018 […] fue la respuesta política plebeya a los desequilibrios del modelo de la transición. Fue una verdadera revuelta política contra un estado de cosas”.

“El adjetivo plebeyo es crucial en mi caracterización; lo uso a conciencia en el sentido de los modos de vida, valores y prácticas de la plebe vis a vis el privilegio político y socioeconómico. Más aún, adosada a la imagen del privilegio injusto y mal habido, estaba la percepción, poderosísima en la plebe, de un desorden descomunal en la vida pública, que incluye la corrupción gubernamental, la violencia y la inseguridad”.

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Extraigo la cita de su más reciente libro Historia mínima de las izquierdas en México (Colmex, 2021, p. 210). Viene a cuento porque, visto desde esta perspectiva, es más fácil comprender diversos aspectos del gobierno del presidente López Obrador: tanto de su funcionamiento interno como de su percepción externa.

En primer lugar, si se observa al gobierno de López Obrador como el resultado de una rebelión plebeya, entonces el nivel sostenido de aprobación presidencial deja de ser sorprendente. Como ya lo han documentado y explicado diversos encuestadores y estudiosos de la opinión pública, hasta el momento la popularidad de AMLO está más vinculada con sus atributos personales –ya reales, ya imaginados–, su discurso, la esperanza que evoca y el cambio que simboliza que con los resultados materiales de su gobierno.

En tal sentido, es válido sostener que el respaldo incondicional de buena parte de los simpatizantes del presidente responde a que, en efecto, están convencidos de que López Obrador está llevando a cabo una revolución plebeya (la famosa cuarta transformación) desde el gobierno: es decir, está cambiando el statu quo favorecedor a las élites por un nuevo orden que, por un lado, se alimenta de lo popular y, por el otro, beneficia a los sectores populares.

En segundo lugar, parece que el propio López Obrador visualiza al movimiento político que lidera como una rebelión plebeya en el sentido descrito por Rodríguez Kuri. Por lo mismo, no es descabellado pensar que el presidente concibe a su gobierno como la encarnación de dicha rebelión (nuevamente, de ahí el grandilocuente nombre de cuarta transformación).

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Bajo esta visión, sería válido actuar como lo hace: gobernando de forma personalista por encima de la ley y en ocasiones al margen de la Constitución, desacreditando a sus críticos y opositores, desarticulando a sus contrapesos y debilitando a los demás poderes de la Unión.

En tercer lugar, la concepción del gobierno de López Obrador como el fruto de una rebelión plebeya nos ayuda a comprender las prioridades de su administración, los usos de su ejercicio del poder, los términos de su discurso, la estética de su gobierno e incluso la sumisión a su persona en el interior de su partido.

En cuanto a las prioridades de su administración, el combate a los privilegios, la extensión de los programas sociales, el desarrollo del sureste e incluso el antiintelectualismo y la animadversión al desarrollo académico y cultural, están todas alineadas a lo que se esperaría de una rebelión plebeya. Sus resultados pueden ser cuestionables en todos estos rubros. En algunos casos, incluso se puede hablar de fracasos estrepitosos. Sin embargo, todos estos puntos podrían estar en la agenda de una revolución popular.

Respecto a los usos de su ejercicio del poder, precisamente la verticalidad, la cerrazón al diálogo, la esquizofrenia –el constante sentido de conspiración y persecución– y la incapacidad de rectificar son características fundamentales de muchas encarnaciones radicales de las rebeliones plebeyas, como los movimientos sociales y las revoluciones.

Asimismo, el discurso obradorista y su estética pública están en línea con lo que se esperaría de un gobierno que se concibe como la encarnación de una rebelión plebeya: los ataques retóricos a los opositores, la victimización, el revanchismo, la apelación a los próceres históricos –sobre todo a aquellos que encarnan lo popular– y el derrumbamiento de manifestaciones culturales que exaltan a las élites y su sustitución por otras que representan a la plebe. Ejemplos de esto último son el renombramiento de calles del Centro Histórico (como Puente de Alvarado que ahora se llama México-Tenochtitlan) o el retiro de estatuas, como la de Cristóbal Colón de Paseo de la Reforma.

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Ahora bien, coincido parcialmente con la propuesta de Rodríguez Kuri, pues pienso que es válido concebir la arrolladora victoria electoral de López Obrador en 2018 como una rebelión plebeya, ya que implicó una reconfiguración profunda del sistema mexicano de partidos y fue un resultado sintomático del hartazgo generalizado con la corrupción de la élite política y la desigualdad del sistema económico.

La rebelión plebeya se expresó en las urnas en las elecciones de 2018. Sin embargo, concebir al gobierno como la encarnación de dicha rebelión o que el propio gobierno se imagine como tal es francamente excesivo y poco realista.

Esta grandilocuencia termina en un historicismo delirante, en un encono exacerbado, en un revanchismo grotesco, en un culto a la personalidad tragicómico y en una preocupante sordera ante toda crítica o demanda.

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Notas del editor:

Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica, que se publicará en la primavera de 2022, bajo el sello editorial del Instituto Mora y Tirant Lo Blanch. También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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