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Novedades y sorpresas

Ayer todo era violencia, pobreza, corrupción, dispendio y abuso; hoy sigue siéndolo, en idéntica o mayor medida, pero muchos de los que ayer insistieron en denunciarlo hoy se empeñan en negarlo.
mié 30 junio 2021 12:02 AM
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Desde la presidencia se recurre al autoelogio y se deja la autocrítica.

No es novedad que las cosas no vayan bien en México. Novedad es que decir que no van bien sea tan mal visto por un sector que se dedicó a decir exactamente eso –que las cosas no iban bien– durante los últimos ¿quince?, ¿veinte?, ¿treinta?, ¿cincuenta años? Hay algo muy extraño, inquietante, en el hecho de que una alternancia en el poder inspire un cambio de actitud tan drástico respecto a la realidad nacional y a la crítica en torno a ella. En que quienes antes supieron cultivar la disidencia contra el oficialismo ahora cultiven su defensa con tanto entusiasmo. Aunque bien decía Hannah Arendt que un problema con los revolucionarios, cuando ganan, es que al día siguiente se convierten en conservadores.

Ayer todo era violencia, pobreza, corrupción, dispendio y abuso; hoy sigue siéndolo, en idéntica o mayor medida, pero muchos de los que ayer insistieron en denunciarlo hoy se empeñan en relativizarlo o negarlo con igual convicción. Incluso a sostener, contra toda evidencia, que México está en paz, que hay tranquilidad, bienestar, honestidad y justicia. Como si tener otro presidente equivaliera a tener otro país. Como si la voluntad de un hombre bastara para modificar el curso de la historia y resolver problemas estructurales de muy larga data. Como si la esperanza de cambiar o la escenificación del cambio pudieran de verdad hacer las veces del cambio mismo.

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No es sorpresa que la nueva clase gobernante se asuma más o menos infalible. Sí es sorpresa la capacidad del lopezobradorismo para asumir plenamente esa fantasía de infalibilidad y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Respecto la seguridad, a la salud, a la economía, a la educación, a la transparencia, en fin, a tantos asuntos en los que había muchos problemas, déficits y vulnerabilidades, pero que con el actual gobierno han experimentado un muy rápido y severo deterioro. Las cosas no estaban bien, es cierto; también lo es que durante esta administración han empeorado mucho. No hay ninguna dignidad en cerrar los ojos o voltear hacia otro lado, la ceguera voluntaria nunca ha sido una virtud política.

Todos los políticos mienten, simulan o disimulan, pero algunos lo hacen mejor o con más inteligencia que otros. Y no todos caen tan fácilmente en la tentación del autoengaño. Es decir, en confiar que su relato es capaz de darle la vuelta a la verdad, en actuar como si la terquedad de su narrativa pudiera derrotar la terquedad de los hechos. Esa es la tragedia, como escribió Dan Watson a propósito del trumpismo, con lo que hoy en día suele pasar por “comunicación política”: que los malos mentirosos terminan creyéndose sus propias mentiras.

No es nuevo ni sorprendente que el poder engendre en quien lo ejerce cierto delirio de grandeza y, por lo mismo, cierto delirio de persecución, incluso cierto estilo de paranoia política, cierta actitud de sospecha constante, de siempre estar a la defensiva, de exageración, de hipersensibilidad, cierta tendencia a ver conspiraciones en donde solo hay adversidad o dificultades. Sin embargo, si es nuevo y sorprende el nivel al que está llegando el lopezobradorismo en ese sentido. Acusando de “golpistas”, por ejemplo, a quienesquiera que le representen un contrapeso, le lleven la contraria o denuncien alguna falla del gobierno.

 

Trátese de funcionarios del INE, periodistas críticos, figuras de la oposición o padres de niños con cáncer que siguen sin recibir el tratamiento al que tienen derecho.

¿De veras no conciben otra manera de hacer política? ¿Otra manera de responder cuando se exhiben su incompetencia, su intolerancia ante el desacuerdo, sus límites o su mala fe? ¿Corregir no es opción? ¿En serio esos desplantes son el único recurso que tienen a la mano? ¿Así de desprovistos están cuando todavía no llegamos ni a la mitad del sexenio? Vaya paradoja: un movimiento que presumía tanta ambición de trascendencia consumiéndose en semejantes infiernitos intrascendentes.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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