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La lógica política de la catástrofe sanitaria en la CDMX

A este paso es cuestión de días para que se desborde la capacidad hospitalaria en la CDMX. Lo que se está gestando este diciembre en la capital es una verdadera catástrofe sanitaria.
mar 15 diciembre 2020 11:59 PM
Covid en México
Las hospitalizaciones en la CDMX se mantienen al alza.

Uno, Claudia Sheinbaum tiene aspiraciones presidenciales. Cuenta con niveles altos de aprobación en la entidad que gobierna, aparece entre los punteros en las encuestas de presidenciables y parece tener una relación estrecha con López Obrador, así como una buena imagen no solo en el entorno lopezobradorista sino entre la población en general.

Dos, el semáforo epidemiológico de la ciudad de México indica que habrá color rojo cuando la ocupación hospitalaria sea mayor al 65% o haya dos semanas de incremento estable en el número de contagios de Covid-19. La segunda condición se cumplió desde hace varias semanas, la primera hace unos días, pero aún así el semáforo sigue en naranja.

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Y tres, el presidente no quiere que el semáforo de la Ciudad de México cambie al rojo. Sería una señal de que algo ha salido muy mal con la gestión de la epidemia y de que su triunfalismo fue prematuro e infundado, además de que el impacto económico de la medida podría traducirse en un costo político importante en año electoral.

La evolución de la epidemia, sin embargo, no deja lugar a dudas: la ciudad está peor –en términos de hospitalizaciones y contagios– que cuando estuvo en semáforo rojo durante mayo y junio pasados. A este paso es cuestión de días para que se desborde la capacidad de los hospitales y del personal médico para atender a los enfermos. No hay otra manera de decirlo: lo que se está gestando este diciembre en la capital es una verdadera catástrofe sanitaria.

Es muy fácil culpar a la gente de no obedecer las indicaciones de las autoridades, pero la experiencia muestra que dichas indicaciones son más eficaces cuando se comunican con claridad y se acompañan con decisiones que las apuntalan. La gente no nada más escucha lo que las autoridades dicen, también observa lo que hacen. Si el exhorto de evitar salir salvo para lo indispensable no se refuerza con mensajes no verbales consistentes y que transmitan la gravedad de la situación, con apoyos económicos para ayudar a los negocios y a la población más vulnerables, o con el cierre de espacios y la cancelación de actividades no esenciales, mucha gente seguirá saliendo. ¿Por qué? Porque quiere, porque tiene que, porque puede.

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Además, como escribió Julia Marcus hace unos días en The Atlantic , “muy pocos quieren contagiarse o contagiar a otros. Cuando las personas asumen riesgos, a menudo eso refleja una necesidad insatisfecha: de recursos, de cercanía social, de información precisa sobre como protegerse a sí mismas. Reconocer y atender esas necesidades puede contribuir a reducir esas conductas arriesgadas; nomás regañar a las personas, no […] Los virus no son agentes morales, contagiarse no es un defecto personal”.

De momento, el gobierno de Claudia Sheinbaum tiene una alternativa: cambiar el color del semáforo. Si no la usa es porque está aceptando las presiones políticas de López Obrador o de intereses económicos (de cúpulas empresariales, asociaciones de comerciantes, líderes del ambulantaje, etc.) que quieren aprovechar al máximo las ventas de la temporada decembrina. Pero no es una fatalidad, es una decisión: ella está optando por ceder, es decir, por no ejercer la autoridad del cargo para el que fue votada.

El presidente nunca quiso hacer suyo el costo financiero de implementar apoyos para un confinamiento más efectivo, pero tampoco quiere cargar con el costo electoral de volver al rojo. Hay muchos intereses que no quieren absorber, a su vez, el costo económico de nuevos cierres y restricciones. La jefa de gobierno no quiere encajar el costo político de quedarle mal al presidente ni a esos intereses. El desenlace, criminal pero lógico, es que todos esos costos se le terminen trasladando a la sociedad y se paguen con más contagios, más vidas y con el insidioso estigma de no estar haciendo caso.

Al final, tenemos un gobierno que nos convoca a gobernarnos a nosotros mismos porque no quiere asumir el costo de gobernar. Y lo pagaremos con nuestra salud.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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