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Hasta siempre, Corea del Centro

La metáfora Corea del Centro no es proponer una hipotética neutralidad, es reivindicar el hecho de que somos una sociedad cuya pluralidad no se vea reducida a esos dos polos irreconciliables.
mar 09 junio 2020 11:59 PM
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El presidente López Obrador en una entrevista con un de sus medios aliados.

Desde hace tiempo circula en México una metáfora, originalmente importada desde Argentina, respecto a la posibilidad de construir un lugar simbólico al margen de la dinámica polarizante que se ha apoderado del espectro político. Me refiero a la metáfora “Corea del Centro”. Hace poco más de un año escribí en otro sitio un apunte tratando de explicarla. Hoy quiero volver a ella a propósito de la siguiente declaración del presidente:

“Que cada quién se ubique en el lugar que corresponde. No es tiempo de simulaciones. O somos conservadores o somos liberales. No hay medias tintas […] No hay para donde hacerse. O se está por la transformación o se está en contra de la transformación del país […] Es tiempo de definiciones”.

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En medio de una crisis sanitaria y económica de proporciones planetarias, López Obrador insiste en su condición de referente en torno al cual han de definirse los tiempos históricos y las identidades políticas del país. Hay miles de muertos y contagiados, habrá millones de nuevos pobres y desempleados, pero la crisis no se trata de ellos: se trata de él y de su proyecto. La prioridad no es tener información oportuna y confiable para tomar decisiones, no es contar con recursos suficientes ni desplegar medidas eficaces para responder a la pandemia y sus efectos; no, la prioridad es reafirmar sus intensiones y sus antagonismos. El mundo colapsa, es momento de pronunciarse: ¿conmigo o contra mí?

Es difícil entender la megalomanía que hay en semejante planteamiento. El delirio de grandeza, la inflamada imagen de sí mismo, el trastorno narcisista que necesita padecer quien lo formula. Pero quizá es aún más difícil de entender que haya tantos adeptos y detractores, para el caso da un poco igual, dispuestos a admitirlo. A hacer como si de veras ese fuera el punto, que en esta emergencia solo hay de dos sopas: ser lopezobradorista o ser antilopezobradorista. Corea del Norte o Corea del Sur.

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No se me escapa la utilidad estratégica que tiene esa dicotomía para distraer y, al mismo tiempo, para movilizar. Es una forma muy efectiva no solo de cambiar de tema sino de encender los ánimos. Porque desplaza el foco de atención de los problemas hacia las lealtades, sustituye el rigor del pensamiento crítico por la exaltación de las identidades únicas. Y, al hacerlo, se desentiende de la necesidad de encontrar soluciones para, en su lugar, concentrarse en distinguir entre un “ellos” y un “nosotros”. Más que a un proceso de deliberación democrática, a lo que responde es a una lógica de tribunal de la inquisición.

El sentido de la metáfora Corea del Centro no es proponer una hipotética neutralidad o equidistancia entre una y otra Corea, es reivindicar el hecho de que somos, de que aspiramos a ser, una sociedad cuya pluralidad no se vea reducida a esos dos polos irreconciliables. El proyecto que encarna, como metáfora, tampoco consiste en introducir a un tercer contendiente en la discordia entre el Norte y el Sur. Porque Corea del Centro no es una identidad, es un espacio. En lo que consiste, más bien, es en querer contribuir a un cambio en la manera que habitamos nuestras discordias.

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Me temo, sin embargo, que en un contexto ya tan polarizado como el nuestro la metáfora Corea del Centro es demasiado susceptible de ser malentendida, cuando no tergiversada, conforme a la propia dinámica de una polarización que no hará sino recrudecerse conforme las cosas sigan empeorando. No hay condiciones, en suma, para que Corea del Centro logre comunicar con éxito su mensaje. Al contrario, todo indica que la metáfora ha muerto acribillada en ese fuego cruzado del que trataba, precisamente, de escapar.

Tal vez pueda sobrevivir, aunque maltrecho, el propósito que la inspiraba. A la metáfora, con todo, hay que darle la bendición y sepultarla. No deja de ser un fracaso valioso, aleccionador. “Me gustan las causas perdidas”, escribió Camus, “estas exigen un alma entera, tanto en su derrota como en sus victorias pasajeras”.

Hasta siempre, Corea del Centro.

"Me siento satisfecho con lo alcanzado” | #EnSegundos

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Twitter del autor: @carlosbravoreg

Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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