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La Estampa | La lección de Claudia Sheinbaum

Sheinbaum necesita concentrarse en decisiones de gobierno y dejarse de teorías de la conspiración y apapachos presidenciales, escribe León Krauze.
Sheinbaum y AMLO
Respaldo. La escena de ambos políticos levantándose la mano entre sonrisas queda ya en los anales de la degradación de la política mexicana.
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El repunte en el secuestro y el crecimiento del narcomenudeo amenazan la tranquilidad de los capitalinos y condicionan el futuro inmediato del gobierno de Sheinbaum.

Al principio, la jefa de gobierno reaccionó con torpe sordera. Antes que acercarse a las víctimas con empatía genuina, Sheinbaum prefirió el manejo de crisis y la frialdad. Peor todavía: se sumó a la reciente mezquindad de su mentor, el presidente López Obrador.

La escena de ambos políticos, uno a cargo de la capital y otro a cargo del país, levantándose la mano entre sonrisas, dando la espalda a la tragedia para protegerse mutuamente, queda ya en los anales de la degradación de la política mexicana.

Además de mezquina, la respuesta es contraproducente. Nada gana un político aislándose en la tragedia. Mucho menos gana culpando a otros de sus propias carencias.

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Si la crisis es de seguridad, el problema es peor. En sociedades seguras, la prioridad podrá ser el bolsillo. Pero en lugares donde los padres ven angustia la salida de sus hijos por la mañana, el bolsillo importa poco.

Parece una obviedad, pero vale la pena repetirlo: nada es más importante que sentirse a salvo.

Ahora, después de días de pesadilla, la jefa de gobierno parece haber aprendido la lección. El nombramiento de un hombre valiente y serio como Omar García Harfuch como Jefe General de la Policía de Investigación y Coordinador de Inteligencia es un paso en la dirección correcta porque es una decisión proactiva, una decisión de gobierno.

Sheinbaum necesitará concentrarse en ello y dejarse de teorías de la conspiración y apapachos presidenciales. Ganó la elección y es hora de gobernar. Lo otro es perder el tiempo. Y la ciudad no tiene tiempo. El país, por cierto, tampoco.

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