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Más allá de las urnas: Tres lecciones del 3 de noviembre

Las campañas que consiguieron traducir las preocupaciones por el alto costo de vida y las promesas incumplidas del 2024 en propuestas concretas de vivienda, salud y acceso a bienes y servicios.
Personas votan en urnas electrónicas de eu
El pasado 3 de noviembre nos volvió a demostrar el poder de la herramienta igualadora por excelencia: el voto, señala Georgina de la Fuente. (Jim Vondruska/Getty Images)

Las elecciones intermedias de Estados Unidos del pasado 3 de noviembre dejaron mucho más que una derrota contundente para el Partido Republicano y un triunfo histórico para los demócratas –el mayor en cinco décadas–.

La explicación no parece encontrarse en un cambio ideológico. Se impusieron la economía cotidiana, las expectativas incumplidas y la percepción de que las prioridades del gobierno no corresponden con la realidad de la ciudadanía. Pero, más allá de los resultados que, caso por caso, merecen estudio particular, pongo sobre la mesa tres reflexiones que quedan de este histórico proceso electoral.

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En primer lugar, pareciera que la calidad de las candidaturas empieza a imponerse sobre los prejuicios identitarios. Durante mucho tiempo, la selección de candidaturas ha estado condicionada por una pregunta elemental y aparentemente pragmática: ¿quién tiene mayores posibilidades de ganar? Bajo esa lógica, la llamada “electability” se convirtió en un criterio que, con frecuencia, operaba más como un filtro de exclusión que como una evaluación objetiva de las capacidades de una persona para competir. Mujeres, personas racializadas, integrantes de pueblos originarios y personas de la diversidad sexual han tenido que demostrar una y otra vez que sus características identitarias no constituyen un obstáculo para ganar elecciones.


Los resultados de esta elección ofrecen elementos para retar esa premisa. Candidaturas que históricamente habrían sido consideradas apuestas arriesgadas no solamente compitieron, sino que consiguieron victorias contundentes, algunas frente a figuras consolidadas que gozaban del respaldo del poder económico.

Mujeres lograron escaños y gubernaturas en números récord; una mujer nativa americana logró la gubernatura de Nuevo México; y una mujer negra hizo historia al convertirse en la primera gobernadora afroamericana del país en Georgia.

También hubo avances significativos para la representación de la comunidad latina en las figuras de Gina Hinojosa y Xavier Becerra , así como de la diversidad sexual en el Congreso con la victoria de Chris Pappas por el estado de Nuevo Hampshire.

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Lo interesante no es únicamente la diversidad en la representación en cargos de alta responsabilidad, sino la manera en que estas candidaturas construyeron sus victorias. No lo hicieron exclusivamente apelando a su identidad o a la representación de los grupos a los que pertenecen. Lo hicieron construyendo propuestas aterrizadas y reconocibles para amplios sectores de la ciudadanía, articulando mensajes claros y demostrando capacidad para encabezar proyectos que trascienden sus propias comunidades.

Esto no significa que las barreras estructurales que enfrentan para hacer política hayan desaparecido. Significa que comienza a debilitarse la idea de que las características identitarias de una candidatura determinan, por sí mismas, su éxito o fracaso electoral. Esa es una buena noticia para la representación democrática.

En segundo lugar, se encuentra el desplazamiento de las llamadas guerras culturales como eje articulador de las campañas. Al menos en esta elección, los resultados sugieren que la polarización identitaria y los debates que durante años dominaron la conversación pública perdieron capacidad movilizadora frente a problemáticas mucho más reales e inmediatas.

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Las campañas que consiguieron traducir las preocupaciones por el alto costo de vida y las promesas incumplidas del 2024 en propuestas concretas de vivienda, salud y acceso a bienes y servicios, que fueron las más exitosas. Esto deja una lección valiosa para los partidos y sus estrategias de comunicación. Las candidaturas que evitaron quedar atrapadas en la lógica de nosotros contra ellos y que concentraron sus mensajes en resolver problemas cotidianos encontraron mejores condiciones para construir coaliciones electorales amplias, independientemente de su afiliación partidista. Los debates culturales no desaparecieron, pero su capacidad para sustituir una agenda económica real quedó absolutamente desplazada. Las candidaturas demócratas parecieron haber aprendido esa lección en los primeros meses de la campaña.

La tercera reflexión –y quizá la más importante en el largo plazo– tiene que ver con la resiliencia de las instituciones democráticas. Después de varios ciclos electorales marcados por cuestionamientos a la legitimidad de los resultados, narrativas de fraude y presiones sobre las autoridades electorales, los comicios del 3 de noviembre ofrecieron una imagen distinta. La jornada transcurrió sin incidentes de violencia y con resultados reconocidos por todos los actores. En un escenario de alta polarización y con un presidente que había puesto en duda anticipadamente la integridad de los comicios, el sistema fue capaz de procesar una derrota política de enormes dimensiones.

La ciudadanía acudió a las urnas, ejerció su derecho y modificó la correlación de fuerzas en el Congreso y en los distintos gobiernos estatales. Las instituciones electorales cumplieron su función y los resultados se tradujeron en una renovación pacífica del poder político conforme a las reglas establecidas. Esa es una lección de suma importancia en momentos en que pareciera que el voto o la voluntad popular hace poca diferencia frente a grandes intereses o prejuicios. De este modo, el pasado 3 de noviembre nos volvió a demostrar el poder de la herramienta igualadora por excelencia: el voto.

*Georgina de la Fuente es internacionalista, maestra en Análisis Político y Medios de Información y especialista en gobernabilidad democrática. Entre 2016 y 2021 fue asesora en la Dirección Ejecutiva de Prerrogativas y Partidos Políticos del Instituto Nacional Electoral y desde 2022 lidera la agenda de asuntos legislativos para el Tec de Monterrey. Es consultora en asuntos públicos, democracia, igualdad de género e inclusión para diversas instituciones y organismos internacionales y socia de la consultora Strategia Electoral desde 2024. Síguela en X como @ginadelafuente

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Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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