Las campañas que consiguieron traducir las preocupaciones por el alto costo de vida y las promesas incumplidas del 2024 en propuestas concretas de vivienda, salud y acceso a bienes y servicios, que fueron las más exitosas. Esto deja una lección valiosa para los partidos y sus estrategias de comunicación. Las candidaturas que evitaron quedar atrapadas en la lógica de nosotros contra ellos y que concentraron sus mensajes en resolver problemas cotidianos encontraron mejores condiciones para construir coaliciones electorales amplias, independientemente de su afiliación partidista. Los debates culturales no desaparecieron, pero su capacidad para sustituir una agenda económica real quedó absolutamente desplazada. Las candidaturas demócratas parecieron haber aprendido esa lección en los primeros meses de la campaña.
La tercera reflexión –y quizá la más importante en el largo plazo– tiene que ver con la resiliencia de las instituciones democráticas. Después de varios ciclos electorales marcados por cuestionamientos a la legitimidad de los resultados, narrativas de fraude y presiones sobre las autoridades electorales, los comicios del 3 de noviembre ofrecieron una imagen distinta. La jornada transcurrió sin incidentes de violencia y con resultados reconocidos por todos los actores. En un escenario de alta polarización y con un presidente que había puesto en duda anticipadamente la integridad de los comicios, el sistema fue capaz de procesar una derrota política de enormes dimensiones.
La ciudadanía acudió a las urnas, ejerció su derecho y modificó la correlación de fuerzas en el Congreso y en los distintos gobiernos estatales. Las instituciones electorales cumplieron su función y los resultados se tradujeron en una renovación pacífica del poder político conforme a las reglas establecidas. Esa es una lección de suma importancia en momentos en que pareciera que el voto o la voluntad popular hace poca diferencia frente a grandes intereses o prejuicios. De este modo, el pasado 3 de noviembre nos volvió a demostrar el poder de la herramienta igualadora por excelencia: el voto.
*Georgina de la Fuente es internacionalista, maestra en Análisis Político y Medios de Información y especialista en gobernabilidad democrática. Entre 2016 y 2021 fue asesora en la Dirección Ejecutiva de Prerrogativas y Partidos Políticos del Instituto Nacional Electoral y desde 2022 lidera la agenda de asuntos legislativos para el Tec de Monterrey. Es consultora en asuntos públicos, democracia, igualdad de género e inclusión para diversas instituciones y organismos internacionales y socia de la consultora Strategia Electoral desde 2024. Síguela en X como @ginadelafuente
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Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.