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¿Mediar con quien te robó? Consulte su quincena

La jefa de Gobierno adelantó que el próximo año se contemplarán recursos para instalaciones, personal y médicos legistas. Es decir, primero se legisla y después se prepara el terreno.
brugada cdmx protestas
La jefa de Gobierno de la CDMX, Clara Brugada, presentó una iniciativa que crea los Calpullis de Paz, agentes psicosociales restaurativos y audiencias públicas orales, señala Alberto Guerrero Baena. (Foto: Mario Jasso/ Archivo Cuartoscuro)

Una reforma con buena música y mala partitura
La Ciudad de México quiere que el robo de un celular usado se arregle con una conversación. Tal vez la intención sea noble; el problema es el piso donde se pretende construir.

El 14 de octubre, Clara Brugada envió al Congreso capitalino una reforma a la Ley de Cultura Cívica que permitiría resolver en juzgados cívicos ciertos robos sin violencia y daños por menos de 50 UMA, unos 5,865 pesos, con reparación del daño, trabajo comunitario o arresto administrativo.

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La iniciativa también crea los Calpullis de Paz, agentes psicosociales restaurativos y audiencias públicas orales. La jefa de Gobierno insiste en que no se cierra la vía penal y que la víctima decide.

Conviene decirlo con precisión: la reforma no está aprobada y no es, en sentido estricto, una ley permisiva. Es una apuesta restaurativa.

Pero una apuesta restaurativa sin infraestructura ni controles jurídicos y operativos garantizados es, en la práctica, una puerta giratoria con buenos modales.

Setenta juzgados para una megalópolis

La propia consejera jurídica, Eréndira Cruzvillegas, reconoció que los 70 juzgados cívicos de la capital tendrán que reforzarse hasta en su construcción arquitectónica.

Traducido: hoy no están listos.


La jefa de Gobierno adelantó que el próximo año se contemplarán recursos para instalaciones, personal y médicos legistas. Es decir, primero se legisla y después se prepara el terreno.

En política pública debe ser al revés. Hoy una puesta a disposición ocupa a un policía entre cuatro y cinco horas en el juzgado; si a ese cuello de botella se le suman robos, daños, mediaciones y evaluaciones psicosociales, el resultado previsible es un policía menos en la calle y un juez cívico saturado.

Una ciudad con el mando partido

Aquí está el problema de fondo, y no es jurídico: es de arquitectura institucional.

La seguridad capitalina se concentra en la Secretaría de Seguridad Ciudadana, con corporaciones que además se rentan por servicio a las demarcaciones.

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Los alcaldes, que responden políticamente ante el vecino, carecen de mando policial y de control pleno sobre los servicios que condicionan la convivencia. Reciben la queja por el robo a casa habitación, el desorden en la esquina o el ruido del bar, pero no tienen herramienta para actuar. El juez cívico califica la falta que otro policía le presenta, y la fiscalía recibe lo que sobra.

Nadie tiene el mapa completo de la colonia.

El modelo nacional: mucho acuerdo, poca caja

El Consejo Nacional de Seguridad Pública aprobó el Modelo Nacional de Policía y Justicia Cívica el 8 de julio de 2019, mediante el acuerdo 03/XLIV/19, y ordenó al Secretariado Ejecutivo emitir lineamientos para implementarlo.

Su informe de 2023 todavía lo registra como acuerdo en proceso de cumplimiento.

Esa es la fotografía: un modelo nacional que se aplaude en sesión, se adopta municipio por municipio y nunca termina de volverse obligación verificable. Cada entidad improvisa su versión, y la pregunta que ningún boletín contesta sigue intacta: ¿con qué dinero?

Por eso la supervisión no es un lujo burocrático.

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Antes de que cualquier entidad, incluida la capital, modifique su régimen de justicia cívica, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y el Secretariado Ejecutivo deberían practicar una verificación administrativa, financiera y operativa: cuántos jueces certificados, qué juzgados cumplen estándares, cuánto cuesta cada audiencia, qué porcentaje de casos termina en reparación efectiva.

No se trata de vetar la autonomía local, sino de condicionar recursos y certificar capacidades. Hoy se legisla a ciegas y se evalúa por conferencia de prensa.

El robo de 5,000 pesos no es “menor” para quien lo sufre

Hay un riesgo que la narrativa restaurativa subestima. Para una familia de colonia popular, 5,000 pesos pueden ser una quincena.

El robo sin violencia es, además, de los delitos que más erosionan la confianza vecinal en la autoridad. Si la víctima acepta, bien; pero aceptará cuando crea que la vía penal no le resolverá nada, y eso nos habla de la fiscalía, no de la justicia cívica.

Descongestionar es legítimo; presentarlo como justicia transformadora es otra cosa. Y sin registro confiable de reincidencia, el ladrón de poca monta rotará de juzgado en juzgado sin que nadie arme su historial.

¿Está lista la ciudadanía?

La tercera pregunta incomoda.

Una justicia cívica restaurativa exige que el vecino denuncie, comparezca, acepte la mediación y cumpla el acuerdo; que el infractor repare y que el policía no negocie en la esquina lo que debe registrar.

Nuestra cultura de la legalidad es frágil: la mordida, la franela y el arreglo por debajo de la mesa no son anécdotas, son prácticas extendidas. Un modelo así puede funcionar, pero solo con confianza previa, y la confianza no se decreta: se construye con juzgados limpios y resultados visibles.

Qué haría yo, mapa en mano

Propongo cuatro pasos:

-Primero, condicionar la entrada en vigor: que ningún tipo de infracción nueva opere en una demarcación hasta que sus juzgados cumplan estándares de infraestructura, personal certificado y médicos legistas.

-Segundo, empezar por territorios piloto, no por toda la ciudad a la vez, con indicadores públicos de cumplimiento del acuerdo, reincidencia y satisfacción de la víctima.

-Tercero, crear una plataforma única de registro que conecte a la SSC, los juzgados, la fiscalía y las alcaldías, para que cada colonia tenga su mapa de faltas, robos a casa habitación y desorden público, y el alcalde tenga al menos información, ya que no mando.

-Cuarto, que la SSPC y el Secretariado Ejecutivo condicionen recursos a resultados medibles y publiquen una evaluación independiente.

La justicia cívica es, quizá, la política de seguridad más barata y más ignorada del país.

Quien la ha operado desde un municipio sabe que un buen juez cívico previene más violencia que 1,000 patrullas sin rumbo. Por eso exige rigor, no entusiasmo.

Brugada tiene razón en el diagnóstico: castigar por castigar no sirve.

Pero reformar el discurso sin reformar el juzgado, la caja y el mando es administrar el desencanto.

Que primero se construya la capacidad. Después, con datos y vigilancia, la mediación podrá ser justicia y no pretexto.

*Alberto Guerrero Baena es consultor y estratega en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal.

Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad en diferentes espacios de la Radio y Televisión en CDMX y Michoacán.

Correo electrónico: albertobaenamx@gmail.com

Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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