Si no sabían, hay un problema de control. Si sabían, hay un problema de honestidad.
No existe tercera opción cómoda. Y queda una pregunta incómoda: si, según la FGR, el fiscal supo de los agentes en un operativo donde participó el Ejército, ¿qué sabían las Fuerzas Armadas?
Hasta hoy, el único procesado conocido es el eslabón más expuesto.
Se necesita lo contrario de lo que hoy vemos: reglas escritas.
Propongo cuatro.
- Primera, un protocolo nacional que obligue a toda fiscalía o policía estatal a notificar por escrito a la Secretaría de Seguridad y a la Fiscalía General antes de cualquier actividad conjunta con personal extranjero.
- Segunda, un registro federal único, auditable, de agentes extranjeros acreditados y de sus funciones.
- Tercera, un canal de intercambio de inteligencia con Estados Unidos que pase por mecanismos formales y deje huella documental.
- Cuarta, sanciones administrativas y penales proporcionales para quien lo incumpla, sin necesidad de forzar tipos penales extremos.
El Congreso, el gran ausente
Hay un hueco que nadie quiere nombrar. La Constitución reserva al Senado autorizar el paso de tropas extranjeras por el territorio, pero la presencia de agentes de inteligencia extranjeros en tareas operativas vive en una zona gris normativa, y esa ambigüedad le ha servido a todos.
Le sirvió a la Federación para colaborar sin rendir cuentas, a los estados para improvisar y hoy a ambos para señalarse.
Si el Congreso no legisla con claridad qué se puede compartir, con quién y bajo qué supervisión, cada escándalo futuro será una repetición de este.
El destino del desorden
¿Hacia dónde va todo esto? Describo escenarios, no certezas.
- El primero, el más probable en mi lectura, es el desgaste: impugnaciones de la defensa, dos meses de investigación complementaria, amparos y un proceso que se arrastra hasta el calendario electoral de 2027, convertido en arma de campaña.
- El segundo es el desplome jurídico: un juicio donde no se acredita la traición, una FGR exhibida y un exfiscal que sale como víctima de persecución, con rédito político para la oposición.
- El tercero preocupa más: un procedimiento abreviado, que la defensa, según reportes, analiza. Sería cómodo para todos, porque cerraría el expediente sin juicio y sin que nadie explique quién más sabía. Sería una verdad jurídica negociada, no una verdad.
Mientras tanto, la soberanía se defiende con instituciones, no con gritos en un aeropuerto.
Chihuahua seguirá siendo frontera, corredor criminal y objeto de interés estadounidense, haya o no traición.
La pregunta de fondo no es quién traicionó a quién. Es quién manda, quién autoriza y quién responde cuando una potencia extranjera opera en la sierra de un estado mexicano.
Si la Fiscalía tiene pruebas, que las sostenga en juicio y no en conferencias.
Si la gobernadora tiene explicaciones, que las dé ante autoridad competente.
Lo demás es teatro, y el teatro fronterizo se paga con sangre ajena.
*Alberto Guerrero Baena es consultor y estratega en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal.
Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad en diferentes espacios de la Radio y Televisión en CDMX y Michoacán.
Correo electrónico: albertobaenamx@gmail.com
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.