El problema es otro: existe en papel, pero no como escalera salarial. Un ascenso sin tabulador es una medalla; una certificación sin aumento es un trámite; una comisión de carrera sin supervisión es un sello.
Homologar sueldos sin ese andamiaje es subir el piso sin construir el edificio. Además, el artículo 123, apartado B, fracción XIII, impide reinstalar al policía removido por incumplir requisitos de permanencia, aunque gane el juicio, y se le exige vocación a quien carece de estabilidad.
El hueco que dejó el FORTASEG
El golpe llegó con el ejercicio 2021, cuando desapareció el FORTASEG. Con todos sus vicios, ese subsidio obligaba a los municipios a certificar, capacitar y equipar.
Sin él, la profesionalización pasó de política pública a voluntad del alcalde en turno, y los alcaldes duran, en general, tres años.
Según mi experiencia, el grueso del gasto policial municipal termina en el capítulo 1000, el de sueldos y salarios: se paga la plantilla y se abandona lo demás, desde la formación hasta el reclutamiento.
Subir sueldos sin reglas solo engrosará ese capítulo. Los ayuntamientos deben participar, pero como cofinanciadores con condiciones, no como ejecutores solitarios de una orden federal. Nada de esto se reduce al sueldo.
Un policía sin seguro de vida, sin servicio médico y sin acceso a vivienda sigue desprotegido frente a quien le ofrece más. Pagar mejor no limpia por sí solo una corporación; la corrupción tiene incentivos, impunidad y mandos permisivos.
Pero pagar mal facilita que la oferta criminal sea más competitiva que la institucional.
Siete pasos para que la utopía sea presupuesto
Los pasos técnicos, en orden.
a) Un censo nominal de policías municipales con sueldo real, prestaciones y estatus de certificación, cruzado con el Registro Nacional de Personal de Seguridad Pública.
b) Un tabulador nacional mínimo por jerarquía, con piso para el policía raso.
c) Un costeo público por municipio, clasificado por riesgo, tamaño y capacidad fiscal.
d) Un fondo concurrente en el Presupuesto de Egresos, multianual y con reglas de operación.
e) Convenios con los estados: los municipios pequeños no deberían sostener una policía solos, sino mancomunarla en esquemas regionales.
f) Condicionar cada peso adicional a que la carrera policial opere: ingreso por convocatoria, evaluación del desempeño, comisión de honor y justicia funcionando, seguro de vida y seguridad social.
g) Fiscalización de la Auditoría Superior de la Federación y sanción por desvío. Sin este último, los seis anteriores son literatura.
Los ayuntamientos y la hora de la verdad
¿Están preparados los ayuntamientos? No, y reconocerlo es el primer acto de honestidad.
Muchos no pagan puntual, no tienen comisiones de carrera operando ni capacidad para auditar su propia nómina.
Pero ese diagnóstico no es excusa: es el punto de partida.
La homologación no puede ser un decreto que se firma, sino una transición de tres a cinco años con metas verificables, calendario público y consecuencias para quien incumpla.
El policía municipal no necesita una promesa legislativa; necesita que su quincena llegue completa, que su ascenso tenga monto y que su vida valga una póliza. Lo demás es retórica de tribuna con uniforme prestado.
*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.