Esto no es un matiz jurídico menor: es la evidencia de que en México el nombre de un delito no lo determina la evidencia pericial, sino la conveniencia política del momento.
Eso es más grave que la negación de 2008, porque en 2008 al menos había ignorancia institucional; en 2025 hay un aparato técnico que sí sabe nombrar el delito, y un poder político que se lo prohíbe.
Zacatecas 2026: cuando la negación se vuelve rutina administrativa
El patrón no se detuvo.
El 30 de agosto de 2026, un coche bomba estalló en Ojocaliente, Zacatecas, en plena feria regional.
Y de nuevo: clasificación inicial como terrorismo, reclasificación posterior a delincuencia organizada. Ya no es un episodio aislado ni una decisión de coyuntura: es un protocolo.
México ha normalizado un procedimiento de "clasifica y desclasifica" que convierte la palabra terrorismo en un interruptor político, no en una categoría jurídica objetiva, mientras en municipios de Zacatecas –Pinos, Villa García, Trinidad García de la Cadena, Luis Moya– se acumulan ataques con explosivos contra corporaciones de seguridad que el Estado se niega sistemáticamente a mirar como lo que estadísticamente ya son: una campaña sostenida de violencia con explosivos contra el aparato de seguridad y la población civil.
Sin mecanismo de investigación, sin justicia restaurativa
El problema no es solo semántico: México no cuenta con una estrategia nacional de investigación e inteligencia especializada en actos terroristas cometidos por organizaciones criminales, sostenida en el tiempo y blindada de la coyuntura política; tiene, en cambio, una fiscalía especializada que se activa y se desactiva según convenga a Palacio Nacional.
Y no existe, dieciocho años después de Morelia, ningún mecanismo de justicia restaurativa diseñado específicamente para víctimas de estos actos: ni protocolos de atención psicológica de largo plazo, ni reparación integral automática, ni memoria institucional que impida que cada víctima tenga que litigar, década tras década, para que el Estado reconozca lo que le ocurrió.
Mientras el Departamento de Estado de EU designa ya a ocho organizaciones mexicanas como terroristas, el Estado mexicano sigue decidiendo, caso por caso y según el calendario político, si puede pronunciar la palabra.
Lo que debería hacerse
¿Qué se requiere?
- Primero, que la clasificación de terrorismo doméstico deje de depender de instrucciones políticas y regrese a criterios periciales verificables y públicos;
- Segundo, una ley de víctimas de terrorismo con mecanismos de justicia restaurativa reales, no promesas de aniversario;
- Tercero, transparencia total —no negación ni retractación silenciosa— sobre quién ordena reclasificar un delito y por qué.
Sin eso, cada explosión seguirá terminando en el mismo lugar: una carpeta que cambia de nombre, una ofrenda floral, y dieciocho años más de la misma cobardía institucional disfrazada de prudencia.
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*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.