Publicidad
Publicidad

Mañanera: fuente oficial, verdad opcional

Citar al SESNSP ya es un riesgo legal, qué ironía.
Mañanera
El problema es quién define qué información es "errónea" o "sesgada", con qué criterios, y sobre todo: con qué autoridad moral lo hace un gobierno cuya propia relación con el dato ha sido, durante los últimos años, motivo constante de controversia técnica y académica, apunta Alberto Guerrero Baena. (Cuartoscuro/Margarito Pérez Retana)

El pretexto y la trampa

El gobierno de Claudia Sheinbaum puso a consulta pública, hasta el 21 de agosto, los lineamientos que reglamentan el llamado "derecho de las audiencias" para radio y televisión. La narrativa oficial es impecable en apariencia: proteger a las audiencias de información falsa o sesgada, obligar a los concesionarios a corregir errores, y —en última instancia, cuando la defensoría del medio no resuelve— habilitar a la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) para sancionar.

Publicidad

La consejera jurídica del Ejecutivo, Luisa María Alcalde, lo presentó como un mecanismo de excepción, aplicable solo en "casos extremos". La presidenta insistió en que esto no es censura, sino garantía de un derecho constitucional.

El problema no es la existencia del derecho de audiencia —es un principio legítimo y reconocido internacionalmente—.

El problema es quién define qué información es "errónea" o "sesgada", con qué criterios, y sobre todo: con qué autoridad moral lo hace un gobierno cuya propia relación con el dato ha sido, durante los últimos años, motivo constante de controversia técnica y académica.

¿De dónde vienen los números que "sesgan" a los medios?

Aquí está la contradicción que el debate público no ha querido mirar de frente.

Buena parte del análisis crítico que realizamos quienes somos analistas y consultores en seguridad pública, principalmente sobre homicidios, desapariciones, extorsión y control territorial del crimen organizado que se publica en México —el mismo que estos lineamientos podrían eventualmente calificar de "sesgado"— no nace de una imaginación periodística hostil al gobierno.

Nace de los propios datos que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) exhiben en la conferencia de seguridad matutina.

Esos números, a su vez, se construyen con reportes que remiten fiscalías estatales y gobiernos locales cuya calidad, criterios de clasificación y voluntad política para "maquillar" cifras —reclasificar homicidios dolosos como culposos, subregistrar desapariciones, retrasar la actualización de carpetas— ha sido documentada de forma reiterada por organizaciones de la sociedad civil y especialistas en analítica delictiva.

Es decir: el analista, el columnista, consultor o el medio que cuestiona una cifra de homicidios no está inventando un dato paralelo.

Está haciendo lo que le corresponde —contrastar la cifra oficial con la evidencia disponible—, usando exactamente la materia prima que el propio Estado proporciona.

Si ese ejercicio se convierte, bajo una interpretación laxa de "código de ética" o "derecho de audiencia", en motivo de sanción, la pregunta obligada es: ¿quién sanciona entonces a la fiscalía estatal que subregistra un feminicidio como homicidio simple?

¿Quién audita al SESNSP cuando ajusta metodológicamente una serie histórica sin transparentar el criterio?

Si el estándar de veracidad va a aplicarse a quien interpreta el dato, con mayor razón debe aplicarse —primero— a quien lo produce.

El terreno sobre el que se disputa la verdad

Esta discusión no ocurre en el vacío.

Ocurre en un país donde, según la Encuesta Nacional de Victimización (ENVIPE 2025, INEGI), 93.2% de los delitos cometidos no se denuncia ni se investiga: la llamada cifra negra.

Ocurre en un país donde un análisis de documentos de inteligencia militar filtrados en 2023 estimó presencia de algún grupo delictivo en tres cuartas partes del territorio nacional —una cifra que mide presencia registrada, no necesariamente control efectivo permanente, distinción que rara vez se hace pero que importa—.

Publicidad

Ocurre, en suma, en un entorno de impunidad estructural donde el ciudadano común ya desconfía profundamente de la cifra oficial antes de que exista siquiera un régimen de sanciones a medios.

En ese contexto, regular con mano dura la interpretación pública de los datos de seguridad —sin antes fortalecer la transparencia metodológica de quien los genera— no resuelve el problema de la desinformación. Lo profundiza, porque cierra uno de los pocos contrapesos disponibles: el escrutinio externo sobre una cifra que el ciudadano ya tiene motivos razonables para cuestionar.

El riesgo de la extensión no consumada

Es cierto —y hay que decirlo con precisión— que el anteproyecto en consulta no incluye, hoy, a la prensa escrita ni a las redes sociales. Solo alcanza a concesionarios de radio y televisión.

Pero la propia presidenta abrió la puerta a "revisar" si la regulación debe extenderse a plataformas digitales. Esa ambigüedad —ni negada ni confirmada— es en sí misma una señal de alerta regulatoria: un mecanismo sancionador que hoy opera sobre concesionarios y que mañana podría, sin nueva legislación sustantiva, ampliar su alcance por vía reglamentaria hacia el espacio donde ocurre el análisis independiente de seguridad pública.

El poder que se audita a sí mismo nunca reprueba

No hay manera honesta de sostener este andamiaje regulatorio.

Un gobierno que exhibe, mañana tras mañana, cifras de homicidio, desaparición y control territorial construidas sobre el registro discrecional de fiscalías estatales con incentivos políticos evidentes para minimizar la violencia, no tiene autoridad moral, técnica ni institucional para erigirse en árbitro de qué es "información veraz" en materia de seguridad pública.

Es, literalmente, juez y parte: produce el dato, se beneficia políticamente de su interpretación favorable, y ahora se reserva la facultad de sancionar a quien lo cuestione.

Esto no es un exceso regulatorio corregible con mejores lineamientos.

Es la lógica de fondo de un poder que, incapaz de reducir la cifra negra del 93.2%, incapaz de recuperar el territorio donde el crimen organizado tiene presencia consolidada, incapaz de auditar a sus propias fiscalías, decide que el problema no es la realidad que documentan los datos, sino quienes se atreven a leerlos con independencia.

La "ambigüedad" sobre si algún día alcanzará a redes sociales y prensa escrita no es un descuido técnico: es la reserva deliberada de una herramienta que se activará cuando el costo político de la crítica supere el costo político de ejercerla.

En un país donde la impunidad ronda el 93%, el único resultado verificable de esta arquitectura regulatoria será uno solo: menos preguntas incómodas, la misma inseguridad de siempre, y una prensa cada vez más entrenada para no volver a preguntar.

Publicidad

_____

Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Newsletter

Los hechos que a la sociedad mexicana nos interesan.

Publicidad

MGID recomienda

Publicidad