Marina del Pilar Ávila encontró una expresión que, sin proponérselo, terminó describiendo mucho mejor a Morena que a ella misma. Al denunciar la filtración de los audios que la exhiben hablando de sus problemas con autoridades estadounidenses, aseguró que había sido víctima de una “emboscada psicológica” tendida por Jaime Bonilla, su antecesor y hoy enemigo político. Tal vez tenga razón, tal vez Bonilla preparó la trampa. Lo que no puede atribuirle es haber puesto en su boca cada una de las palabras que hoy tienen a Baja California convertida en un escándalo nacional.
Una emboscada psicológica
En esas conversaciones se escucha a la gobernadora hablar de una posible extradición, de reuniones con autoridades estadounidenses, de un encuentro en Panamá, de la contratación de Michael Nadler, abogado especializado en delincuencia organizada y delitos financieros de alto perfil, así como de la asesoría de un exagente del FBI. También se dice dispuesta a compartir información conocida en las mesas de seguridad. Marina sostiene que todo ocurrió bajo engaño y que los audios fueron obtenidos mediante una trampa y sacados de contexto. Esa versión merece investigarse. El contenido de las grabaciones también. Sin embargo, eso fue precisamente lo que el gobierno decidió no hacer.
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Claudia Sheinbaum salió de inmediato en defensa de la gobernadora y Omar García Harfuch concluyó que de los audios no se desprendía delito alguno. No anunció una investigación, no pidió esclarecer quiénes eran los interlocutores, qué reuniones se realizaron, por qué una gobernadora discutía escenarios de extradición o qué información estaba dispuesta a proporcionar. El caso quedó prácticamente sepultado desde Palacio Nacional. Si se trata de políticos de Morena, primero llega la absolución y después, si acaso, la investigación.
La diferencia salta a la vista cuando el señalado pertenece a la oposición. Ernesto Ruffo tendrá que responder ante los tribunales y la Fiscalía deberá probar las acusaciones formuladas en su contra. Así debe funcionar un Estado de derecho. Lo que no resiste comparación es el trato. Mientras Marina del Pilar recibe respaldo presidencial antes de que alguien formule una sola pregunta incómoda, Ruffo fue detenido, enviado al Altiplano y exhibido como ejemplo del combate al huachicol. La coincidencia tampoco pasó inadvertida. Cuando los audios dominaban la conversación pública, el foco cambió de golpe hacia la captura del primer gobernador de oposición que tuvo México. Demasiado oportuno para no despertar sospechas.
Pero el problema ya no es únicamente Marina del Pilar, su visa revocada o la investigación abierta contra su exesposo, Carlos Torres, y su hermano, Luis Torres, por presuntos delitos relacionados con narcotráfico, lavado de dinero y delincuencia organizada. El problema se llama Baja California.
El estado se ha convertido en el mayor escaparate de la descomposición política de Morena. Hilda Araceli Brown, diputada federal y exalcaldesa de Playas de Rosarito, fue sancionada por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y quedó sujeta al congelamiento de bienes bajo jurisdicción estadounidense. El exsenador Gerardo Novelo es investigado después del aseguramiento de millones de litros de hidrocarburo ilegal en un predio de su propiedad.
A ello se suman investigaciones, señalamientos y sanciones que alcanzan a la cúpula del morenismo bajacaliforniano, entre cuyos integrantes aparecen Montserrat Caballero, exalcaldesa de Tijuana; Ismael Burgueño, alcalde de esa ciudad; Armando Ayala, senador y exalcalde de Ensenada; José Luis Dagnino, alcalde de San Felipe; Norma Bustamante, alcaldesa de Mexicali, y los diputados locales Jaime Cantón y Alejandra Ang. No todos enfrentan la misma situación jurídica ni los mismos señalamientos, pero la acumulación de casos retrata el profundo deterioro de la clase política que hoy gobierna el estado.
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Todo esto ocurre mientras Baja California sigue atrapada por la violencia. Los grupos criminales disputan rutas, puertos, aduanas y territorios con una capacidad operativa que exhibe la fragilidad institucional. En lugar de ofrecer respuestas, el gobierno se consume en guerras internas. Marina del Pilar acusa a Bonilla, Bonilla responde filtrando información y las distintas facciones de Morena se despedazan entre sí, mientras la ciudadanía observa cómo quienes prometieron transformar el estado hoy pelean por el control de un poder cada vez más cuestionado.
Ahí es donde cobra sentido la frase de la gobernadora. La verdadera emboscada psicológica no fue la que, según ella, le tendieron sus antiguos aliados. La verdadera emboscada consiste en convencer a los mexicanos de que el problema es quién filtró los audios y no lo que contienen; que el escándalo es la traición entre morenistas y no las preguntas que siguen sin respuesta; que basta con encarcelar a un opositor para demostrar que existe justicia, mientras los expedientes que rodean a buena parte de la clase gobernante permanecen inmóviles.
Morena necesita cambiar de tema porque ya no puede cambiar los hechos. Quiere que el país deje de hablar de una gobernadora sin visa, de sanciones financieras, de investigaciones, de decomisos de combustible y de una frontera donde la violencia no cede. Quiere que la conversación se concentre en un solo adversario político, aunque para ello tenga que aplicar una justicia que castiga con rapidez a unos y protege con paciencia a otros.
Las democracias empiezan a degradarse cuando la ley deja de medirse con la misma vara para todos. Baja California es hoy el ejemplo más claro. Un estado donde los escándalos se acumulan, las explicaciones nunca llegan y el poder utiliza las instituciones para proteger a los propios mientras convierte a sus adversarios en trofeos políticos.
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Marina del Pilar dice que fue víctima de una emboscada psicológica, puede ser; pero la auténtica emboscada es la que el régimen de Morena intenta tenderle al país entero: hacer que los mexicanos dejen de creer en los hechos para creer únicamente en la versión oficial. El problema para el obradorismo es que, cuando los escándalos se multiplican y la impunidad se vuelve regla, ya no hay propaganda capaz de sustituir a la realidad.
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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.