El truco de la línea de base
Toda mejora estadística depende de dónde se para uno para medirla.
El 59.8% de junio de 2026 se compara con el 63.2% de junio de 2025 y con el 61.5% de marzo de este año. Tres puntos. Dos puntos. Ese es el "logro".
Pero el INEGI también reporta que 18 ciudades registraron cambios estadísticamente significativos entre marzo y junio, y de esas, seis empeoraron: San Pedro Garza García pasó de 4.4% a 10.6%, Los Mochis de 21.1% a 31.2%, Apodaca de 26.1% a 33.4%.
Estos no son ruido estadístico marginal: son saltos de diez puntos porcentuales en meses, en ciudades que antes se consideraban ejemplos de gobernanza local exitosa.
Un promedio nacional que baja mientras plazas específicas se disparan no describe una estrategia que funciona; describe un mapa criminal que se mueve más rápido de lo que el Estado puede seguirle el paso, y un promedio que esconde esa movilidad.
La confianza que no se puede comprar en la esquina
El hallazgo más brutal del reporte no es la percepción general, es la brecha de confianza institucional.
La Marina inspira confianza al 84.4% de la población; el Ejército, al 82.1%; la Guardia Nacional, al 72.8%. La policía estatal apenas llega a 54.1%, y la policía municipal —la que efectivamente patrulla la cuadra donde usted vive— se queda en 50.7%, prácticamente una moneda al aire.
Esa brecha de más de treinta puntos entre fuerzas federales y fuerzas locales no es un detalle técnico: es el diagnóstico completo de la política de seguridad mexicana en una sola tabla.
El país ha construido legitimidad prestada, no legitimidad propia.
Cuando el Ejército y la Marina se retiren de una plaza —y en algún momento tendrán que hacerlo, porque ninguna fuerza armada puede sostener control territorial permanente sin degradar su función original— lo que queda debajo es una policía municipal en la que la mitad de los ciudadanos no confía.
Eso no es una estrategia de seguridad; es un aplazamiento con uniforme.