La guerra civil que la sentencia no toca
Desde julio de 2024, cuando Zambada fue entregado —o secuestrado, según su propia defensa— por el hijo de "El Chapo", Sinaloa vive una guerra abierta entre Los Chapitos y La Mayiza. Más de 1,600 muertos, 1,800 desaparecidos, pueblos enteros desplazados.
Esa guerra no depende del calendario de un tribunal de Brooklyn: depende de quién controle las rutas, las plazas y los cuerpos de seguridad locales el día de mañana. Aquí está la primera propuesta que esta columna se atreve a poner sobre la mesa: mientras el debate público mexicano se concentre en la narrativa judicial estadounidense —quién dijo qué en la audiencia, cuánto pidió de decomiso la fiscalía—, seguiremos mirando el espejo equivocado.
El indicador que debería preocuparnos no es la sentencia de un anciano encarcelado; es la tasa de homicidios en Culiacán la semana que viene. La sentencia es un espectáculo con fecha; la guerra civil sinaloense es un proceso sin ella.
Narcopolítica: el expediente que sí debería asustarnos
Lo más incómodo de este caso no es Zambada preso, es lo que su expediente dejó al descubierto: la acusación estadounidense de que construyó su imperio sobornando policías, militares y políticos "en distintos niveles de gobierno".
Ese señalamiento, combinado con la indictment contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve exfuncionarios, no es un capítulo cerrado del pasado: es una radiografía de cómo ha operado la relación entre poder político local y estructuras criminales en al menos una generación de gobiernos estatales.
La clase política mexicana —de todos los colores— tiene una tarea pendiente que ninguna sentencia extranjera puede hacer por ella: una investigación nacional, seria, con recursos y sin selectividad partidista, sobre financiamiento de campañas y protección institucional al crimen organizado.
Mientras esa tarea siga delegada a fiscales de Nueva York, seguiremos discutiendo la corrupción mexicana en inglés y con reglas de prueba ajenas.