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El INDEP: devolverle al pueblo lo extraviado

La federación construyó, en dos décadas, un andamiaje jurídico razonablemente sofisticado: el viejo SAE, transformado en INDEP, respaldado por la Ley Nacional de Extinción de Dominio.
instituto para devolver al pueblo lo robado
Federación y estados cometieron el mismo error de diagnóstico: pensaron que la amenaza a un bien decomisado terminaba en el momento del aseguramiento, señala Alberto Guerrero Baena. (Foto: Graciela López Herrera/Cuartoscuro)

Devolver algo que ya no encuentran ellos

La ficción del control total.

Cada vez que un funcionario mexicano —federal o estatal— anuncia un decomiso millonario, el mensaje implícito es el mismo: el Estado recuperó el control. Un buque con diez millones de litros de diésel, ciento veintinueve carrotanques, doscientos once vehículos, un ex gobernador detenido por una red de huachicol fiscal de más de cuatro mil millones de pesos. La narrativa es impecable en el momento del arresto y se desvanece exactamente en el instante en que el bien deja de ser noticia y se convierte en expediente administrativo.

Ahí, en el silencio posterior al boletín de prensa, es donde el sistema mexicano de administración de bienes decomisados revela su verdadera naturaleza: no es un sistema de control, es un sistema de anuncios.

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El error federal: confundir la ley con la práctica

La federación construyó, en dos décadas, un andamiaje jurídico razonablemente sofisticado: el viejo SAE, transformado en INDEP, respaldado por la Ley Nacional de Extinción de Dominio y reformado apenas en noviembre pasado.

El error no está en el diseño normativo, que en el papel exige inventario, sellos, registro y trazabilidad desde el minuto uno del aseguramiento. El error está en haber tratado ese diseño como si fuera autoejecutable.

La auditoría interna del propio INDEP tuvo que reconocer que su sistema de registro tenía irregularidades tan serias que impidieron saber, con precisión, dónde estaban doscientos once vehículos y medio centenar de pantallas que llevaban años bajo resguardo institucional en Veracruz.

No los perdió el crimen organizado.

Los perdió el Estado, mientras administraba lo que le había quitado al crimen organizado. Ese matiz —quién extravía el bien una vez que ya está en custodia legítima— es la pregunta que ningún vocero ha respondido con nombre y apellido.

El error compartido: bodegas sin vigilancia, ley sin blindaje físico

Federación y estados cometieron el mismo error de diagnóstico: pensaron que la amenaza a un bien decomisado terminaba en el momento del aseguramiento.

Se equivocaron.

El predio veracruzano donde desaparecieron los vehículos fue ocupado por un sindicato de maniobristas, y el propio Instituto tuvo que presentar denuncia para recuperar el control de su propia bodega.

Un sistema que protege el papel pero no el candado es, en la práctica, un sistema decorativo.

Y esto se repite, con variaciones, en los treinta y dos Servicios Estatales de Administración de Bienes que operan sin evidencia pública de interoperabilidad entre sí ni con el sistema federal —treinta y dos islas normativas casi idénticas en el texto de ley, y absolutamente desconectadas en la práctica de fiscalización.

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El error de origen: la tentación de gastar antes de que exista sentencia

Aquí está el eje más delicado, y el que más debería inquietar a cualquier abogado constitucionalista antes que a cualquier consultor de seguridad.

La Suprema Corte ya fijó, desde 2021-2022, que la extinción de dominio en México es un procedimiento jurisdiccional centrado en el origen ilícito del bien, no en su destino o uso.

Y sin embargo, la reforma más reciente abre la puerta a la disposición anticipada de bienes —es decir, a que el Estado los use, entregue o incorpore al gasto público antes de que exista sentencia firme.

Es una apuesta política comprensible: "que el bien sirva a la gente ya".

Pero es también un pasivo contingente que nadie está contabilizando: ¿qué pasa cuando, después de repartir el bien en un Tianguis del Bienestar, un juez determina que la procedencia era lícita?

El Estado no tiene, hasta donde publica la información disponible, una respuesta financiera preparada para ese escenario.

El error de opacidad: el gasto que nadie puede rastrear

Y llegamos al punto que debería doler más a cualquier contribuyente: no existe, hasta donde se ha podido documentar, un solo reporte público que conecte un bien decomisado específico con la partida de gasto corriente en la que terminó.

Hay anuncios —salud, apoyo tras el huracán Erick—, pero no hay balance consolidado. Estados Unidos, con todas sus propias fallas, publica con nombre y monto cada bloqueo de activos vía OFAC.

México publica cifras agregadas de subastas y comunicados de buena voluntad. La asimetría de transparencia entre ambos países, tratándose del mismo fenómeno criminal, es en sí misma un diagnóstico.

Trazabilidad de extremo a extremo, no discursos de extremo a extremo

La solución no requiere una ley nueva; requiere ejecutar la que ya existe con un componente que hoy no tiene: un folio único de trazabilidad por bien, público y consultable, que siga cada objeto desde el acta de aseguramiento hasta su destino final —subasta, entrega en especie o incorporación presupuestal— con actualización trimestral obligatoria y auditoría física aleatoria, no solo documental, de los predios de resguardo.

Sin ese folio, cualquier decomiso —por espectacular que sea el boletín de prensa— seguirá siendo, en la práctica, un bien que el Estado le quitó al crimen organizado para después perderle la pista él mismo.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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