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México entre Washington y Moscú: la geopolítica de la ambigüedad

México ha buscado mantener una política exterior basada en la autonomía, mientras fortalece simultáneamente su integración económica con Estados Unidos.
El hacker militar del ejército ruso que trabaja en la sala de control gubernamental descifrando sistemas de red de estados rivales para difundir noticias falsas y propaganda de guerra híbrida. Estrategia de la ideología de lavado de cerebro. Cámara B.
México necesita una política de inteligencia moderna, profesional y despolitizada; mecanismos sólidos de contrainteligencia; mayor protección de infraestructura crítica; capacidades avanzadas en ciberseguridad y una estrategia clara frente a la competencia geopolítica que atraviesa el hemisferio, señala Alberto Guerrero Baena. (FOTO: Dragos Condrea/Getty Images)

La neutralidad estratégica también tiene costos políticos y de seguridad

Durante décadas, la política exterior mexicana encontró en la Doctrina Estrada un principio que le permitió navegar un sistema internacional profundamente polarizado. La no intervención y la autodeterminación de los pueblos fueron pilares que otorgaron a México una identidad diplomática reconocida en el mundo.

Sin embargo, el escenario internacional de 2026 es radicalmente distinto al que dio origen a esa doctrina.

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Hoy, las amenazas ya no provienen únicamente de ejércitos convencionales; se manifiestan mediante operaciones de inteligencia, ciberespionaje, desinformación, influencia política y penetración económica. En este nuevo tablero, la neutralidad absoluta deja de ser una garantía de soberanía para convertirse, en ocasiones, en una fuente de vulnerabilidad.

El informe sobre las operaciones de inteligencia cubana resulta particularmente ilustrativo porque demuestra que la competencia geopolítica contemporánea no gira únicamente en torno al poder militar.

La verdadera disputa se libra por el acceso a la información, la influencia sobre los procesos de decisión y la capacidad para moldear percepciones políticas durante décadas. Los casos documentados de agentes infiltrados en las estructuras del gobierno estadounidense evidencian que las operaciones de inteligencia modernas buscan modificar decisiones estratégicas más que obtener documentos clasificados.

México no es ajeno a esta realidad.

La geografía como destino estratégico

La ubicación de México representa simultáneamente su mayor ventaja y su principal vulnerabilidad. Compartir más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos convierte al país en un componente esencial de la seguridad norteamericana. Migración, tráfico de armas, fentanilo, comercio, cadenas logísticas, infraestructura energética y crimen organizado forman parte de una misma ecuación estratégica.

Desde Washington, la seguridad de México dejó hace tiempo de considerarse un asunto exclusivamente interno. La estabilidad institucional mexicana impacta directamente en la seguridad nacional estadounidense. Esta percepción explica por qué la cooperación bilateral en inteligencia adquirió una profundidad inédita durante las últimas dos décadas.

Sin embargo, esa confianza comenzó a deteriorarse.

El doble discurso estratégico

México ha buscado mantener una política exterior basada en la autonomía, mientras fortalece simultáneamente su integración económica con Estados Unidos. En principio, ambas posiciones pueden coexistir.

El problema aparece cuando la narrativa política transmite señales contradictorias hacia los principales socios estratégicos.

Mientras el discurso oficial insiste en preservar una relación de cooperación con Washington, diversas decisiones diplomáticas, declaraciones públicas y acercamientos con gobiernos enfrentados a Occidente han alimentado la percepción de una política exterior ambigua.

Esa percepción no implica necesariamente una alineación con Rusia u otros actores, pero sí genera incertidumbre sobre las prioridades estratégicas de México.

En inteligencia, la percepción es casi tan importante como la realidad.

Los servicios de inteligencia internacionales comparten información cuando existe confianza política. Cuando esa confianza disminuye, el flujo de inteligencia también se reduce.

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La inteligencia no funciona con discursos

Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que la cooperación en inteligencia depende exclusivamente de tratados internacionales.

En realidad, descansa sobre un principio mucho más frágil: la confianza.

Los servicios de inteligencia intercambian información extremadamente sensible porque consideran que el receptor posee instituciones confiables, mecanismos adecuados de protección de información y objetivos estratégicos compatibles.

Cuando alguno de esos elementos comienza a deteriorarse, el intercambio simplemente disminuye.

No existe comunicado oficial.

No existe ruptura diplomática.

Simplemente deja de compartirse información crítica.

Ese fenómeno representa uno de los mayores riesgos para México.

Rusia, China y la nueva competencia por América Latina

La invasión rusa a Ucrania modificó profundamente el equilibrio geopolítico internacional. Paralelamente, China consolidó una presencia económica creciente en América Latina mediante infraestructura, financiamiento y tecnología. Ambos procesos incrementaron la competencia estratégica en la región.

México, por su dimensión económica y su cercanía con Estados Unidos, ocupa un lugar central dentro de esa competencia.

No resulta extraño que distintos actores internacionales busquen ampliar su presencia política, económica, tecnológica o diplomática en territorio mexicano. Lo verdaderamente importante es que el Estado mexicano cuente con instituciones capaces de evaluar esos acercamientos desde una lógica de seguridad nacional y no únicamente desde consideraciones políticas de corto plazo.

La inteligencia estratégica consiste precisamente en distinguir entre cooperación legítima e influencia que puede afectar intereses nacionales.

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El crimen organizado como multiplicador de riesgos

Existe además un factor que pocos análisis internacionales incorporan adecuadamente: el crimen organizado.

Las organizaciones criminales mexicanas poseen capacidades financieras, tecnológicas y territoriales que ningún otro actor no estatal en América Latina ha desarrollado con semejante profundidad. Esa realidad incrementa exponencialmente la complejidad del entorno de seguridad.

Cuando un país enfrenta simultáneamente organizaciones criminales transnacionales, campañas de desinformación, ciberamenazas y competencia entre grandes potencias, la inteligencia deja de ser un instrumento accesorio para convertirse en un componente esencial de la supervivencia institucional.

Reducir la cooperación internacional en ese contexto supone asumir riesgos estratégicos considerables.

El costo de la desconfianza

Las consecuencias de una menor confianza entre México y Estados Unidos trascienden el ámbito policial.

Menor intercambio de inteligencia implica menor capacidad para anticipar amenazas; menos operaciones conjuntas contra redes criminales; mayores dificultades para combatir el tráfico de armas y de precursores químicos; y un incremento de los costos políticos en la relación bilateral. También puede influir en la percepción de riesgo para la inversión, en la cooperación tecnológica y en las decisiones que afectan cadenas de suministro estratégicas.

La seguridad nacional dejó de ser un asunto exclusivamente militar.

Hoy condiciona la economía, la diplomacia y el desarrollo.

La soberanía exige instituciones fuertes

La verdadera soberanía no consiste en rechazar toda cooperación internacional, sino en contar con instituciones capaces de decidir autónomamente con quién cooperar, bajo qué condiciones y en defensa de qué intereses nacionales.

México necesita una política de inteligencia moderna, profesional y despolitizada; mecanismos sólidos de contrainteligencia; mayor protección de infraestructura crítica; capacidades avanzadas en ciberseguridad y una estrategia clara frente a la competencia geopolítica que atraviesa el hemisferio.

La ambigüedad estratégica puede ofrecer márgenes de maniobra en el corto plazo, pero difícilmente constituye una política sostenible cuando el entorno internacional se caracteriza por una creciente rivalidad entre potencias y por amenazas híbridas cada vez más sofisticadas.

La lección que deja el informe sobre inteligencia cubana trasciende a Cuba.

Nos recuerda que la competencia del siglo XXI ya no se libra únicamente en los campos de batalla, sino en la capacidad de los Estados para proteger sus instituciones, preservar la confianza de sus aliados y defender la autonomía de sus decisiones estratégicas.

Para México, ese desafío no es futuro.

Es presente.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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