Frente a eso, el Gabinete de Seguridad respondió con una tarjeta informativa que despliega 59,582 detenidos, 31,366 armas aseguradas, 498 toneladas de droga y una caída de 48% en homicidios dolosos. El problema no es la veracidad de esas cifras —oficiales, verificables, consistentes con lo reportado por el propio Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública—, sino su pertinencia.
Cole no dijo que México detenga poco.
Dijo que el Estado y el crimen organizado son indistinguibles. Un argumento de volumen operativo no refuta un argumento de captura institucional. Son categorías distintas y la tarjeta las trata como si fueran la misma.
La paradoja que la propia tarjeta exhibe sin notarlo
El documento presume la detención de "más de 80 servidores y exservidores públicos, entre ellos siete presidentes municipales en funciones" como prueba de que "no existe protección para ninguna persona que incurra en conductas ilícitas".
Léase de nuevo: ochenta funcionarios detenidos por vínculos con el crimen organizado es, en cualquier lectura seria de ciencia política, evidencia de infiltración, no evidencia de su ausencia.
Que el Estado procese a sus propios corruptos es señal de que el sistema de justicia funciona parcialmente; no es, por sí solo, una respuesta a la acusación de que las estructuras criminales y las de gobierno se entrelazan de manera sistémica.
El Gabinete convierte el síntoma en vacuna. Es un salto lógico que cualquier interlocutor en Washington identificará de inmediato, y que debilita —no fortalece— la posición negociadora mexicana.
El silencio sobre el caso que originó todo
Las declaraciones de Cole no ocurren en el vacío: llegan dos meses y medio después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusara formalmente al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros nueve funcionarios o exfuncionarios de proteger al Cártel de Sinaloa desde cargos públicos.
Es hecho confirmado que existe una acusación formal (NV en cuanto a culpabilidad, que no ha sido probada judicialmente).
La tarjeta informativa del Gabinete de Seguridad no menciona el caso Rocha Moya ni una sola vez.
Responde con datos agregados nacionales a una acusación que Washington construyó, en parte, sobre un expediente específico y nominal.
Evadir el caso que detonó la controversia no es prudencia diplomática: es dejar sin respuesta el argumento más concreto que tiene enfrente.