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Uruapan: seguridad por imitación, reforma por omisión

No existe, hasta donde la información pública permite verificar, un diagnóstico integral y publicado sobre el estado de fuerza y la capacidad de respuesta de la policía municipal de Uruapan.
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Cuando la vigilancia depende del carisma y la presencia física de quien gobierna, no hay institución: hay personalismo armado con recursos federales, apunta Alberto Guerrero Baena. (Foto: Juan José Estrada Serafín/Archivo Cuartoscuro)

Heredar el gesto es más fácil que diseñar la estrategia.

El número que sí es cierto — y lo que oculta

Sesenta elementos federales, entre Guardia Nacional, Ejército y especialistas en custodia, resguardan hoy a la presidenta municipal de Uruapan.

El dato, confirmado por el propio gobernador Ramírez Bedolla, no es rumor de prensa: es una cifra que triplica el esquema con el que Grecia Quiroz llegó al cargo hace ocho meses, cuando el dispositivo federal era de 21 efectivos.

El salto no es casual ni gratuito: refleja una decisión operativa deliberada de convertir un anillo de protección personal en un instrumento de despliegue territorial, algo para lo que ese personal no fue entrenado ni fue el propósito de su asignación.

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Aquí está el primer engaño de fondo: la aritmética de la seguridad en Uruapan se resuelve prestando escoltas para hacer de policías, no reconstruyendo policías para que dejen de necesitar escoltas.

Heredar el gesto, no la estrategia

Quiroz ha sido explícita: los recorridos nocturnos no son política, son continuidad del trabajo de su esposo asesinado.

La intención es comprensible desde el duelo y la legitimidad simbólica. Pero gobernar con el gesto heredado de un liderazgo mediático no sustituye una doctrina de seguridad pública.

Carlos Manzo construyó su capital político patrullando personalmente; Uruapan no necesita que se repita el ritual, necesita que se rompa el patrón que lo hizo necesario: una corporación municipal históricamente débil, sin doctrina de proximidad, sin control de confianza consolidado y sin mando profesionalizado.

Cuando la vigilancia depende del carisma y la presencia física de quien gobierna, no hay institución: hay personalismo armado con recursos federales.

La corporación que nadie diagnostica — y la responsabilidad que la alcaldesa no puede seguir eludiendo

No existe, hasta donde la información pública permite verificar, un diagnóstico integral y publicado sobre el estado de fuerza, la doctrina operativa, el control de confianza y la capacidad de respuesta de la policía municipal de Uruapan.

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Y aquí la crítica debe ser directa, sin eufemismos: ocho meses de gobierno son tiempo suficiente para haber ordenado, al menos, el primer paso de cualquier reconstrucción policial seria —un organigrama funcional que defina mando único, cadena de responsabilidad, unidades operativas y áreas de inteligencia territorial—.

Grecia Quiroz no lo ha hecho público, ni ha anunciado que exista. Gobernar con recorridos personales mientras se posterga el diseño institucional no es prudencia política, es abdicación de la función más elemental del cargo: construir la corporación que el municipio necesita, no la que se hereda por inercia.

Lo mismo ocurre con el reclutamiento.

No basta con solicitar cartuchos, fusiles en comodato o un cuartel nuevo —gestiones que, hay que decirlo con honestidad, sí ha impulsado ante la federación—.

Un cuartel sin efectivos suficientes, sin un plan de reclutamiento apuntalado que fije metas de crecimiento de la plantilla, perfiles de ingreso, esquemas de permanencia y depuración por control de confianza, es un edificio vacío esperando ocupantes que nadie está formando.

La alcaldesa ha externado preocupación pública por la situación de su municipio, pero preocupación no es gestión: gestión es un plan de reclutamiento con cifras, plazos y responsables, y ese plan no ha sido presentado a la ciudadanía de Uruapan.

Tampoco hay evidencia de una gerencia policial profesional al frente de la corporación: un mando civil o policial con trayectoria, evaluado, con autonomía técnica frente a la política y con responsabilidad de rendir cuentas sobre resultados operativos verificables.

Sin esa gerencia, cualquier refuerzo material —armas, cuarteles, vehículos— se administra sin dirección estratégica. Y sin dirección estratégica, no hay manera de responder a la exigencia más elemental de un municipio tan extenso y tan desigual como Uruapan: una estrategia diferenciada por regiones.

La zona urbana, la periferia agroindustrial del aguacate y las comunidades rurales de la sierra enfrentan dinámicas delictivas distintas —extorsión comercial, disputa territorial, homicidios selectivos—, y ninguna de ellas se resuelve con un patrullaje nocturno centralizado en la imagen de la alcaldesa.

Se necesita una estrategia regionalizada, con indicadores propios por zona, metas trimestrales medibles y una proyección de mediano plazo que hoy simplemente no existe en el discurso público del gobierno municipal.

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El rebote que desmiente el relato oficial

El gobierno federal presume una reducción del 30% en homicidios estatales tras el Plan Michoacán. Uruapan, sin embargo, vivió su propio desmentido: el fiscal estatal reconoció en febrero un repunte de homicidios dolosos derivado del reacomodo de grupos criminales que se disputan el territorio dejado por células debilitadas.

Es decir: la presión federal desplazó el problema, no lo resolvió.

Y en ese contexto de disputa activa por la plaza, un patrullaje simbólico encabezado por la alcaldesa —por más acompañamiento militar que tenga— no es una estrategia de contención, es una exposición de riesgo político disfrazada de cercanía ciudadana, precisamente porque no está respaldada por la corporación local que debería sostenerla.

Lo que Uruapan necesita, y su alcaldesa sigue sin construir

Uruapan no requiere más narrativa de vigilancia: requiere que su presidenta municipal asuma, con la misma exposición pública que le da a sus recorridos nocturnos, la tarea de diagnosticar su corporación, publicar un organigrama operativo, ejecutar un plan de reclutamiento con metas verificables, nombrar una gerencia policial profesional y diseñar una estrategia diferenciada por región con indicadores medibles y prospectados a tres y cinco años.

El cuartel que se construye con recursos federales debe ser el punto de partida de esa reforma, no su sustituto fotogénico.

Mientras la autoridad municipal confunda cercanía con estrategia, y mientras la reconstrucción institucional siga sin nombre, sin plazos y sin responsables, Uruapan seguirá administrando el miedo con escoltas prestadas, en lugar de curarlo con una policía propia que su alcaldesa, hasta ahora, no ha decidido construir.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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