A esto hay que sumar las recientes reformas electorales aprobadas de último minuto y al vapor de cara al inicio del proceso electoral 2026-2027. La de la comisión de verificación de candidaturas para evaluar que no tengan vínculos con organizaciones criminales es sencillamente una medida cosmética y un engaño. Los partidos políticos y, sobre todo, el Estado, a través de sus agencias de seguridad e inteligencia, son quienes deberían evaluar dicha idoneidad y no trasladar esa responsabilidad a las autoridades electorales. A ello hay que sumar la vaguísima disposición para anular elecciones por “injerencia extrajera”. Para como viene el récord de la casa, no resultará nada sorprendente que se utilice para anular triunfos opositores, máxime con una mayoría en el Consejo General del INE y una Sala Superior del Tribunal Electoral cooptados ya por el régimen.
Finalmente, el doble rasero con el que el régimen ha tratado el tema de las gubernaturas de Chihuahua y Sinaloa. Mientras que en el caso de Rubén Rocha Moya —perseguido por la justicia de Estados Unidos por diversos cargos penales— la plana mayor de Morena se ha abroquelado en su defensa, en el tema de la opositora Maru Campos no se han escatimado recursos del Estado para presionarla y amedrentarla (citatorio en la Fiscalía General de la República y amagos de juicio político). Mientras una da resultados y combate con firmeza al crimen organizado, el otro es señalado de trabajar para él.
Lo peculiar del asunto es que el tratamiento que el régimen ha dado a ambas situaciones le ha ofrecido una extraordinaria y bien aprovechada oportunidad al PAN para presentar ante la opinión pública la cuestión de quién sí combate al crimen organizado, a pesar de los embates del régimen —que no puede, o no quiere, resolver los vínculos entre las organizaciones criminales y los políticos de su bando—.
Así pues, se vieron el fin de semana dos concentraciones: una en Chihuahua, con los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón y la plana mayor del PAN, en apoyo a Maru Campos, y la otra en la capital, en celebración de los dos años del triunfo del oficialismo en la elección presidencial. Resultó muy llamativa la estrategia discursiva “en defensa de la soberanía” con la que la presidenta de la República escaló en decibeles en su arenga contra Estados Unidos, dejando —al menos por un momento— la estrategia dizque de “cabeza fría”, aunque matizando que los ataques contra México vienen no del presidente Donald Trump, sino de la derecha de Estados Unidos… como si no fueran una y la misma cosa.