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¿Envejecimiento digno?

Frente al acelerado envejecimiento de la población mexicana, resulta indispensable construir políticas públicas que garanticen una vejez digna, particularmente para las mujeres.
mar 26 mayo 2026 06:03 AM
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Reconocer el valor económico y social del trabajo de cuidados, fortalecer los sistemas de protección social y combatir la violencia y discriminación hacia las personas adultas mayores son tareas urgentes para construir una sociedad más justa, solidaria e incluyente, apunta Claudia S. Corichi. (Foto: José Hernández/Cuartoscuro.)

En nuestro país, las personas adultas mayores representan el 12.8% del total de la población mexicana, es decir, 17,121,580 millones de personas. De acuerdo a las estimaciones del año pasado del Consejo Nacional de la Población (Conapo), para el año 2030 este grupo de la población representará el 14.9% y para el 2070, el 34.2%.

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Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) registra también una tendencia creciente en la esperanza de vida, misma que se ha recuperado después de los ajustes a la baja que se vivieron por la pandemia de Covid-19, estimando una esperanza de vida de la población de 75.9 años; para los hombres de 72.7 años y para las mujeres de 79.2 años. En el continente europeo, la esperanza de vida promedio se sitúo en 81.5 años, mientras que en España, Italia y Suecia lo superaron, registrando hasta 84 años según el Banco Mundial.

Esta realidad pone al descubierto una serie de retos que se avecinan para poder hacer frente a las necesidades de las personas por el cambio notable de la pirámide poblacional. Uno de ellos, es el impacto diferenciado del envejecimiento por sexo y su adecuado diagnóstico.

La brecha de género existente en la participación económica nacional oscila alrededor de los 30 puntos, ya que las mujeres registran una ocupación de cerca del 45.7% y los hombres del 74%, incluso, a pesar de que las mujeres que tienen 15 años en adelante han incrementado en más del 10% entre el periodo de 2015 a 2025, su nivel de preparación académica en grado medio superior y superior.

No obstante, de las mujeres que tienen trabajo remunerado, 46.7% de ellas perciben hasta un salario mínimo. Este ingreso mensual es insuficiente para cubrir las necesidades básicas y marca la pauta de un fenómeno denominado feminización de la pobreza.

También hay una feminización de los trabajos no remunerados y del cuidado, por ejemplo, en 2024, las actividades domésticas que no tienen remuneración y dentro de las que se encuentran la limpieza del hogar, preparación y servicio de alimentos, limpieza de ropa y calzado, gestión y administración, compras, pagos y trámites, mantenimiento y reparaciones menores de vivienda y otros bienes del hogar, las mujeres destinaron 16.7 horas más a la semana que los hombres de trabajo doméstico.

En 2024, el trabajo no remunerado y de cuidados alcanzó un valor de 8 billones de pesos. En promedio, representó 60,379 pesos por persona al año; sin embargo, las mujeres aportaron 82,339 pesos y los hombres 34,695, evidenciando una brecha de género superior al doble. En este punto, es importante destacar la doble deuda histórica que existe con las mujeres.

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Por un lado, millones de ellas dedicaron gran parte de su vida al cuidado de otras personas y al trabajo doméstico no remunerado, pese al enorme valor económico y social que estas actividades representan. Por otro, al llegar a la vejez, únicamente el 11.20% cuenta con una pensión o jubilación, acceso pleno a seguridad social, servicios de salud y medicamentos. Esta situación las condena, en muchos casos, a enfrentar condiciones de pobreza y vulnerabilidad, obligándolas a continuar trabajando en situaciones precarias incluso en la última etapa de su vida. Los trabajos bien remunerados escasean.

Además, las mujeres adultas mayores enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad que los hombres. El rezago social afecta a una proporción más alta de ellas y la discriminación por edad también es más frecuente. Muchas carecen de ingresos propios, por lo que dependen económicamente de familiares o de programas sociales, situación que limita su autonomía. A ello se suma que continúan desempeñando labores de cuidado de nietos, parejas, personas enfermas y otros familiares, lo que genera desgaste físico y emocional y reduce el tiempo disponible para su bienestar, descanso y atención médica. Asimismo, la violencia hacia las personas mayores afecta principalmente a las mujeres.

En este contexto, la violencia psicológica es la más frecuente, seguida de la violencia económica y patrimonial, luego, la violencia física, así como la negligencia y el abandono. Resulta especialmente alarmante que el 87% de los casos de violencia contra las adultas mayores ocurran dentro del entorno familiar cercano. El abandono es cada vez más común para las personas mayores de 60 años.

Frente al acelerado envejecimiento de la población mexicana, resulta indispensable construir políticas públicas que garanticen una vejez digna, particularmente para las mujeres, quienes enfrentan mayores condiciones de desigualdad, pobreza, discriminación y violencia por las brechas acumuladas a lo largo de la vida. Los programas sociales son un alivio pequeño pero fundamental. Sin embargo, aún hay más por hacer.

Reconocer el valor económico y social del trabajo de cuidados, fortalecer los sistemas de protección social y combatir la violencia y discriminación hacia las personas adultas mayores son tareas urgentes para construir una sociedad más justa, solidaria e incluyente.

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Nota del editor: La autora es titular de la Unidad de Igualdad de Género y Cultura de la Fiscalización de la ASF. Las opiniones de este artículo son responsabilidad única de la autora.

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