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La reforma judicial y el costo humano que nadie calculó

La reforma judicial no sólo cambió reglas. También alteró proyectos de vida.
lun 25 mayo 2026 06:04 AM
Aumentan retiros y renuncias por Reforma Judicial
Cuando se anunció el nuevo modelo, muchas decisiones dejaron de ser jurídicas y empezaron a ser profundamente personales. Hubo personas juzgadoras que optaron por el retiro anticipado o la jubilación, apunta Carlos Enrique Odriozola Mariscal.

La discusión sobre la reforma judicial ha estado dominada por grandes conceptos. Independencia judicial, legitimidad democrática, elección popular, división de poderes y rediseño institucional. Se ha debatido intensamente sobre quién debe nombrar jueces, cómo deben evaluarse y si el nuevo modelo fortalece o debilita el acceso a la justicia. Sin embargo, hay una dimensión que ha pasado prácticamente desapercibida y que quizá explica mejor que cualquier indicador el alcance real de la transformación: su impacto humano.

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Porque la reforma judicial no sólo cambió reglas. También alteró proyectos de vida.

Durante décadas, miles de personas construyeron una trayectoria dentro del Poder Judicial bajo una lógica relativamente estable. No era un sistema perfecto ni inmune a críticas, pero existía una expectativa reconocible de desarrollo profesional. Entrar, acumular experiencia, concursar, ascender, consolidar una carrera y eventualmente retirarse. Esa secuencia fue el marco sobre el cual jueces, magistrados, secretarios, actuarios, oficiales judiciales, proyectistas y personal administrativo tomaron decisiones personales y familiares.

Hubo quienes aceptaron adscripciones lejos de su ciudad con la expectativa de crecer profesionalmente. Otros rechazaron oportunidades fuera del servicio público porque apostaron por una carrera de largo plazo dentro del sistema judicial. Muchas familias organizaron mudanzas, ingresos, escuelas, créditos hipotecarios y patrimonio alrededor de una cierta idea de permanencia institucional. Para bien o para mal, la carrera judicial no era sólo un empleo. Era un proyecto de vida.

La reforma rompió esa lógica.

Cuando se anunció el nuevo modelo, muchas decisiones dejaron de ser jurídicas y empezaron a ser profundamente personales. Hubo personas juzgadoras que optaron por el retiro anticipado o la jubilación. Algunas por convicción, otras por incertidumbre y otras porque era financieramente la decisión más razonable frente a un entorno incierto. También hubo quienes decidieron permanecer, no retirarse y enfrentar el nuevo sistema.

Esa decisión tampoco fue menor.

Las tómbolas utilizadas para ordenar la transición dividieron trayectorias profesionales. Mientras una parte enfrentó el proceso electoral de 2025, otra quedó proyectada para la siguiente etapa. Para muchos, permanecer implicó aceptar un periodo adicional de incertidumbre con la expectativa de competir más adelante o simplemente concluir su carrera bajo las nuevas reglas.

Pero el impacto tampoco terminó en jueces y magistrados.

Cada juzgador arrastra un pequeño ecosistema profesional. Equipos completos reorganizaron expectativas. Secretarios que veían una ruta de crecimiento comenzaron a preguntarse si seguiría existiendo carrera judicial. Funcionarios jóvenes observaron por primera vez oportunidades que antes consideraban inaccesibles. Personal administrativo enfrentó cambios de adscripción, reorganización de cargas de trabajo y nuevas estructuras de poder.

Como toda transición institucional, la reforma generó pérdidas y oportunidades al mismo tiempo.

Ahora aparece una nueva capa de incertidumbre.

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La iniciativa presentada para posponer la elección judicial para el 2028 vuelve a mover el tablero. Personas que organizaron decisiones profesionales y personales con base en un horizonte determinado hoy enfrentan un escenario distinto. Quienes decidieron permanecer podrían mantenerse más tiempo del previsto. Quienes salieron observan que las reglas vuelven a ajustarse. Y quienes construyeron expectativas alrededor del calendario original descubren que las transiciones constitucionales también tienen efectos humanos.

No se trata de idealizar al Poder Judicial ni de convertir en intocables decisiones individuales. Tampoco de negar que existían razones para impulsar cambios profundos. Pero sí de reconocer algo que suele perderse en el debate público: las reformas constitucionales no operan sobre organigramas; operan sobre personas.

Quizá una de las lecciones más importantes de este proceso es que las transformaciones institucionales deberían medirse no sólo por su diseño normativo o por sus efectos políticos, sino también por su capacidad para ofrecer transiciones previsibles, claras y humanamente sostenibles.

Porque cambiar un sistema toma una votación. Cambiar un proyecto de vida toma mucho más tiempo.

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Nota del editor: Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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