Este mes la presidenta Claudia Sheinbaum inauguró en Huamantla, Tlaxcala, el primer Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar (Podecobi), con una inversión nacional y extranjera proyectada de 540 millones de dólares en 53 hectáreas y proyección de 6,000 empleos directos e indirectos, de acuerdo con el secretario de Economía. La obra se concluyó en siete meses, una fracción del tiempo que normalmente toma habilitar un parque industrial en el país. Detrás del corte de listón hay una pregunta más amplia que conviene plantear: ¿qué tipo de planeación industrial necesita México en una década donde el T-MEC se renegocia, el nearshoring se materializa y el crédito empresarial pierde dinamismo?
El primer Podecobi y la nueva genealogía de la planeación industrial
México ha vivido momentos de planeación industrial de gran escala. Entre 1940 y 1970, el modelo de sustitución de importaciones convirtió al país en una potencia manufacturera regional bajo el llamado "milagro mexicano". Ese ciclo dejó industrias robustas y una clase media en expansión, pero también vicios documentados: protección excesiva, captura empresarial, ineficiencia productiva y desconexión creciente con los mercados internacionales. Hablar hoy de sustitución de importaciones evoca, para muchos analistas, ese pasado. La versión 2026 opera, sin embargo, en un contexto radicalmente distinto.
Los Podecobi viven dentro del T-MEC, compiten por inversión global y forman parte del Plan México que contempla un portafolio de 277,000 millones de dólares en 2,000 proyectos hacia 2030. Las metas declaradas incluyen elevar 15% el contenido nacional y regional, llevar la inversión total por encima del 25% del PIB y vincular 50% de las compras públicas con la industria nacional. La lógica subyacente apunta a una política industrial selectiva, orientada a exportar más con mayor valor agregado, en territorios diseñados para atraer cadenas globales y construir proveeduría local.
Vietnam y Polonia ofrecen referentes útiles para entender este enfoque. Vietnam construyó parques industriales especializados con incentivos fiscales acotados, infraestructura pública de calidad y proveeduría local articulada con multinacionales asiáticas y norteamericanas; el resultado es una manufactura exportadora que hoy representa cerca del 100% del PIB del país y sostiene una clase media en expansión. Polonia replicó la lógica con sus Strefy Ekonomiczne, las Zonas Económicas Especiales que transformaron regiones rezagadas pos-1990 en nodos automotrices, electrónicos y aeroespaciales conectados con la cadena europea. Ambos casos comparten un patrón: planeación pública estricta, incentivos focalizados y orientación al mercado externo.
Los Podecobi por inaugurar deberán contar con tres condiciones que permitirán buenos resultados:
1. Coordinación entre niveles de gobierno: Huamantla salió en siete meses porque el gobierno estatal aceleró trámites, vialidades y servicios; replicar ese ritmo en 14 entidades requiere una capacidad institucional poco común.
2. Calidad de la proveeduría local: un parque que solo atrae multinacionales sin vincular pymes mexicanas reproduce el modelo de enclave, sin diseminar prosperidad compartida hacia el tejido productivo regional.
3. Articulación con el sistema educativo: la manufactura avanzada exige técnicos, ingenieros y operarios calificados que hoy escasean en muchas regiones del país.
Los Podecobi nacen como un instrumento potencial, capaz de canalizar inversión y empleo hacia regiones específicas justo cuando los motores tradicionales se enfrían.
Detrás de un parque industrial hay una decisión sobre qué país queremos ser. Los polos pueden convertirse en infraestructura del bienestar territorial, donde la equidad geográfica deja de ser aspiración y se vuelve política operada. La prueba está por venir: si los siguientes 14 Podecobi articulan inversión, talento y proveeduría con la misma rapidez que el primero, México habrá construido su propia versión norteamericana del modelo de zonas especiales. Una arquitectura institucional capaz de combinar planeación pública, incentivos disciplinados y certidumbre regulatoria es, finalmente, lo que nos posicionará como una de las economías de rápido y digno crecimiento.
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Nota del editor: Javier Jileta-Okholm es economista (ITAM), urbanista (UCL), columnista en El Soberano y El Universal, y fundador de Scientika Core Strategy. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.