La presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que enfrentar una verdad incómoda: buena parte de la retórica que ha sostenido a la Cuarta Transformación choca hoy con los límites materiales del país. En los últimos meses se acumulan los casos en los que su gobierno ha debido matizar —o de plano revertir— banderas que fueron emblema del lopezobradorismo: el rechazo al fracking, la exportación de petróleo a Cuba, la supuesta superioridad en materia de honestidad y la lucha frontal contra la corrupción.
Sheinbaum. Cuando la realidad supera a la retórica
Las limitaciones que enfrenta el gobierno de la presidenta Sheinbaum provienen de tres fuentes muy concretas: el débil desempeño económico, las limitaciones del propio aparato gubernamental y la presión constante de Estados Unidos.
1. La ideología restringe el crecimiento. La economía mexicana ha tenido un arranque de año decepcionante y, para empeorar el panorama, la situación en Medio Oriente ha obligado al gobierno a sacrificar ingresos para sostener subsidios a los combustibles y a reconsiderar opciones antes descartadas, como el uso de métodos no convencionales para explotar yacimientos de gas natural y resolver la dependencia histórica que México tiene del gas de Texas. Que el gobierno de la Cuarta Transformación no haya buscado alternativas para atender esta vulnerabilidad estructural solo se explica por el dogmatismo lopezobradorista con respecto al fracking.
2. Un gobierno que tropieza con la verdad. Para un movimiento que hizo de la honestidad su principal bandera, algunos episodios recientes han sido particularmente costosos. El derrame de petróleo en el Golfo de México evidenció una reacción defensiva y poco transparente: lo que inicialmente se calificó como “emanaciones naturales” terminó siendo un desastre atribuible a Pemex, conocido por funcionarios de la empresa desde el inicio y ocultado a su Director General y a la Presidenta de México. Algo similar ocurrió con el informe de la ONU sobre desapariciones forzadas: la descalificación automática del diagnóstico proyectó a un gobierno más preocupado por controlar la narrativa que por enfrentar el problema. Lo mismo parece ocurrir con la defensa a ultranza de la inocencia del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. En estos casos, la reacción oficial terminó pareciéndose demasiado a la de administraciones panistas y priistas de las que los gobiernos de Morena ofrecieron distanciarse.
3. Los límites de la soberanía. El discurso soberanista ha sido una constante en la narrativa de la presidenta Sheinbaum, pero sus márgenes de acción son evidentes. Frente a episodios como la participación de agencias estadounidenses en el operativo antinarco en Chihuahua o la solicitud de extradición de Rocha Moya y de otros nueve funcionarios de Sinaloa, el tono se endurece en público, pero se modera en los hechos. La relación con Estados Unidos impone una prudencia que contrasta con la retórica. Incluso en espacios internacionales afines ideológicamente, como en la reciente Cumbre en Defensa de la Democracia en Barcelona, a la que acudió la presidenta, el activismo mexicano se contiene para evitar tensiones mayores con Washington. La soberanía, más que una política, parece convertirse en un recurso discursivo de consumo interno.
La presidenta Sheinbaum enfrenta márgenes de maniobra cada vez más acotados: una economía que no despega y un vecino del norte que, semana tras semana, le recuerda la asimetría real de la relación. Encara así una disyuntiva central: ajustar el discurso a la realidad o seguir intentando forzar la realidad al discurso. Ambas rutas implican un alto costo político en credibilidad, dentro de la Cuarta Transformación y frente a la sociedad mexicana. Pero, a diferencia del discurso, la realidad no se negocia.
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Nota del editor: Antonio Ocaranza Fernández es CEO de OCA Reputación. Síguelo en X como @aocaranza y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.