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Transporte público mexicano: donde la inseguridad sí llega a tiempo

Lo único puntual en el sistema es el abandono institucional.
mar 14 abril 2026 06:00 AM
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El marco normativo mexicano contempla sanciones por conductas antisociales en espacios públicos, pero su aplicación en transporte es casi nula en todo el territorio, señala Alberto Guerrero Baena. (Foto: SSC- CDMX)

Cuando el vagón se convierte en escenario del caos

Un incendio dentro de un vagón del Metro no es una anomalía capitalina; es la expresión más fotografiada de una fractura que atraviesa todo el país.

Las imágenes de pasajeros atrapados entre humo y pánico en la CDMX conviven con los videos de asaltos masivos en camiones urbanos de Culiacán, las agresiones documentadas a choferes de transporte público en Monterrey, los robos con violencia en el sistema de autobuses de Guadalajara, o los episodios cotidianos en los que unidades del transporte concesionado en Guerrero, Michoacán y Veracruz operan bajo amenaza directa del crimen organizado.

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El denominador común no es geográfico: es institucional. El transporte público mexicano es, en toda su extensión territorial, un espacio de gobernabilidad fallida.

No se trata de incidentes aislados ni de patologías urbanas exclusivas de la capital.

Desde el Tren Ligero de Guadalajara hasta las combis del área conurbada de Morelia - Tarímbaro, desde los autobuses urbanos de Ciudad Juárez hasta las unidades concesionadas que cruzan los municipios de la periferia de Monterrey, el patrón se repite: ausencia de un modelo de seguridad consistente, protocolos de actuación difusos y una corresponsabilidad institucional que nadie reclama ni ejerce.

El operativo que no existe —o que nadie ve

La pregunta central no es si hay policías en las estaciones o en las unidades. Los hay, en número variable, con presencia intermitente y sin coordinación real. La pregunta es si existe un operativo articulado de seguridad en infraestructura de transporte, con inteligencia operativa, distribución táctica de efectivos, protocolos de respuesta ante emergencias y mecanismos de coordinación interinstitucional.

La respuesta documentada es negativa en prácticamente todos los sistemas del país.

El modelo reactivo —asignar un elemento por unidad o por andén, sin comunicación fluida, sin respaldo inmediato y sin criterios de intervención estandarizados— no constituye un operativo; es una presencia simbólica.

En estados como Jalisco, Nuevo León y Veracruz, donde la violencia en el transporte se ha intensificado en los últimos años, los secretariados de seguridad pública reportan despliegues puntuales, generalmente reactivos a incidentes mediáticos, pero sin evidencia de estrategias sostenidas con evaluación de resultados y rendición de cuentas pública. Un policía solo, sin protocolo claro, frente a una situación de violencia colectiva dentro de una unidad en movimiento, no garantiza gobernabilidad; la simula.

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El modelo que sí funciona —y que México ignora

Los sistemas de transporte masivo con mejores indicadores de seguridad en el mundo —Nueva York, Tokio, Londres, São Paulo— comparten elementos que México no ha adoptado de manera sistemática: videovigilancia con monitoreo en tiempo real, unidades de respuesta rápida especializadas en entornos de movilidad, protocolos diferenciados para conductas antisociales versus situaciones de emergencia, y comunicación directa entre operadores y centros de mando.

En México, los Centros de Control y Comando estatales existen en diversas entidades, pero su integración efectiva con los operadores de transporte concesionado es prácticamente inexistente.

La fragmentación institucional entre autoridades municipales de tránsito, secretarías de seguridad estatal, protección civil y concesionarios privados produce un vacío operativo estructural.

En entidades como Guerrero o Michoacán, ese vacío no lo llena la autoridad: lo ocupa el crimen organizado, que en varias rutas regionales cobra derecha de piso a operadores y determina horarios, paradas y hasta tarifas.

Sanciones, responsabilidad y política pública: lo que hay que hacer

El marco normativo mexicano contempla sanciones por conductas antisociales en espacios públicos, pero su aplicación en transporte es casi nula en todo el territorio.

Se requiere una reforma específica —federal y replicable en los ordenamientos estatales— que establezca infracciones y sanciones administrativas graduales para conductas violentas o perturbadoras en transporte público, con procedimientos ágiles que no colapsen el sistema de justicia penal.

Esto no es criminalizar la pobreza: es establecer consecuencias diferenciadas, donde la persona en situación de vulnerabilidad recibe canalización a servicios sociales y de salud mental, y el agresor reincidente enfrenta consecuencias legales reales.

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Los concesionarios tienen una corresponsabilidad que los marcos regulatorios estatales evaden sistemáticamente.

La capacitación en primeros auxilios, manejo de crisis y conducción segura no puede ser opcional; debe ser condición de concesión renovable y auditable.

Los gobiernos estatales y municipales que otorgan permisos sin exigir estándares mínimos de seguridad operativa son corresponsables directos de cada incidente no prevenido.

El usuario, por su parte, no es un sujeto pasivo: la cultura de denuncia y la activación de protocolos de emergencia son comportamientos que pueden fomentarse mediante campañas sostenidas, no como sustituto de la acción institucional, sino como complemento real y medible.

Lo que no puede seguir esperando

El transporte público en México moviliza decenas de millones de personas cada día a lo largo y ancho del país.

Que ese espacio opere sin un modelo de seguridad articulado, sin rendición de cuentas y sin corresponsabilidad exigida a concesionarios y gobiernos, no es un descuido administrativo: es una decisión política de abandono sostenida por décadas y reproducida en cada nivel de gobierno.

Ningún estado que aspire a la cohesión social puede sostener indefinidamente que sus autobuses son asaltados, sus choferes amenazados, sus rutas extorsionadas y sus usuarios viven en alerta permanente, mientras la autoridad produce comunicados en lugar de estrategias.

El transporte público es el espejo más honesto del Estado en su dimensión más cotidiana: lo que ocurre dentro de sus unidades revela, sin filtros, cuánto le importa al gobierno la vida de quienes no tienen otra opción de moverse. Hoy, en la mayoría del territorio nacional, ese espejo muestra una institución que voltea la mirada.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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