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Dos bocas: la factura

López Obrador empujó el proyecto contra toda evidencia, lo defendió como símbolo ideológico y permitió que se convirtiera en un espacio de opacidad y corrupción.
lun 13 abril 2026 06:04 AM
Refinería Dos Bocas
Dos Bocas es la consecuencia directa de un capricho personal convertido en política pública, apunta Jorge Triana. (Foto: Cuartoscuro )

Dos Bocas no es una refinería, es una fotografía de lo que ocurre cuando un gobierno decide ignorar la técnica, despreciar la evidencia y sustituir la realidad con propaganda.

López Obrador sabía que no era buena idea construirla en Paraíso, Tabasco. El Instituto Mexicano del Petróleo y otros análisis técnicos alertaron desde el 2019 que el terreno era vulnerable, propenso a inundaciones, con condiciones que encarecerían la obra y complicarían su operación. No le importó. El proyecto siguió adelante como icono de terquedad presidencial.

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El resultado es un monumento al despilfarro. Pasó de costar 8,000 millones de dólares a más de 21,000 millones, más de 160% de sobrecosto para una refinería que todavía no opera a plena capacidad y que aporta una fracción mínima frente a lo que México sigue importando en gasolina. El sonsonete de la autosuficiencia energética fue un eslogan, no un resultado.

Pero el dinero es solo la superficie, debajo hay algo más turbio. Alrededor de Dos Bocas se montó un ecosistema de contratos opacos, empresas de papel y conflicto de interés. La Marina adjudicó 223 millones de pesos a Idisa Ingeniería, propiedad de un directivo de Pemex, pese a que la ley prohíbe contratar con empresas vinculadas a servidores públicos. La empresa tenía apenas un trabajador registrado días antes del contrato. Así de burdo.

Al mismo tiempo, empresas ligadas a Juan Carlos Fong, primo del esposo de Rocío Nahle, acumularon contratos multimillonarios para obras clave de la refinería, incluyendo el edificio administrativo, vialidades y un ducto de gas cuyo costo, según reportes, terminó duplicándose.

Y luego está Grupo Huerta Madre. Un consorcio empresarial creado al vapor que, en cuestión de días, ya estaba participando en contratos de Dos Bocas y terminó recibiendo miles de millones de pesos. Después se documentó que una de sus filiales recibió dinero de un presunto líder huachicolero que operaba en el mismo puerto. No es un detalle menor, es la sombra del crimen colándose en la obra insignia de López Obrador.

Para rematar, buena parte de los contratos de la refinería fueron firmados por un funcionario vinculado al caso Odebrecht y muchos de esos contratos fueron ocultados parcialmente en versiones públicas censuradas, tapados, blindados. La transparencia fue lo primero que enterraron.

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La Auditoría Superior de la Federación encontró pagos en exceso, trabajos mal ejecutados y millones por aclarar. Aun así, la revisión apenas alcanzó el 0.014% del presupuesto ejercido, resultado de un “acuerdo” con el gobierno.

Todo esto se construyó, además, sobre la destrucción ambiental. Más de 300 hectáreas de manglar fueron arrasadas para levantar la refinería. Un ecosistema que protegía naturalmente contra inundaciones y que simplemente desapareció porque estorbaba. Hubo multas y promesas de reforestación, pero el daño ya estaba hecho.

La planeación fue igual de irresponsable. Levantaron la refinería junto a comunidades y escuelas. Años después, con niños enfermos, alergias, irritación ocular y problemas respiratorios, la respuesta gubernamental se limitó a negar el problema y a sugerir la mudanza de los planteles.

Y llegó lo inevitable. En marzo pasado, una mezcla de agua con hidrocarburos salió de la refinería, rebasó los sistemas de contención y terminó en una vialidad interna. Un vehículo explotó y murieron cinco personas. La respuesta de Claudia Sheinbaum fue deslindarse porque la tragedia ocurrió fuera del complejo, como si el origen no importara.

Días después comenzaron a circular videos de emisiones de gases dentro de la refinería. El gobierno aseguró que se trataba de vapor de agua y que todo estaba bajo control. Se inmovilizó, se registró una explosión y un incendio en la zona de coque, un residuo sólido producto de la refinación. Primero niegan, luego ocurre.

No son hechos aislados. Es una cadena de fallas, de operación deficiente y de una instalación que nunca debió construirse ahí y que hoy no funciona en condiciones estables. Dos Bocas es la consecuencia directa de un capricho personal convertido en política pública. López Obrador empujó el proyecto contra toda evidencia, lo defendió como símbolo ideológico y permitió que se convirtiera en un espacio de opacidad y corrupción.

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Claudia Sheinbaum no corrigió el rumbo. Optó por administrar la herencia y protegerla. Minimiza fallas, niega problemas y sostiene el discurso del éxito mientras se acumulan incidentes, costos y riesgos. No está resolviendo el problema, lo está encubriendo.

Dos Bocas pasa factura y ya empezamos a pagarla con nuestros impuestos, con corrupción normalizada y con riesgos crecientes. Lo peor es que no tiene fecha de vencimiento, porque estas decisiones no se corrigen con discursos, se arrastran durante décadas y cada año se vuelven más caras, más peligrosas y más difíciles de ocultar.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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