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175,000 razones para no llamarle fracaso. El crimen organizado creció; la narrativa oficial, también

En México, el crimen organizado dejó de ser una anomalía para volverse parte del sistema.
jue 02 abril 2026 06:05 AM
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Mientras el crimen siga siendo una opción racional —económica, social y territorialmente— para miles de personas, ninguna política basada exclusivamente en detenciones o programas sociales aislados será suficiente, considera Alberto Guerrero Baena. (MARIO ARMAS/AFP)

El crimen organizado no es una ecuación

La semana pasada leí un texto que me dejó pensando varios días. Se titula How a mathematician is cracking open Mexico's powerful drug cartels, y presenta el trabajo de Rafael Prieto-Curiel, matemático mexicano que ha desarrollado modelos cuantitativos para analizar la dinámica del crimen organizado en México.

El ejercicio es riguroso,muy bueno, el enfoque es original y la intención es legítima. Pero precisamente porque el trabajo es serio, vale la pena señalar dónde termina su alcance y dónde empieza el problema real.

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Lo que sigue no es una crítica al modelo.

Es una lectura desde otra orilla: la de quienes trabajamos el problema no desde las matemáticas, sino desde la política pública, el territorio y las instituciones.

En México, el crimen organizado dejó de ser una anomalía para volverse parte del sistema. La estimación de 175,000 integrantes en los cárteles no es escandalosa por su magnitud, sino por lo que revela: el Estado mexicano compite —y pierde— frente al crimen en la provisión de oportunidades, control territorial y sentido de pertenencia.

Reducir este fenómeno a cifras tiene un riesgo concreto: suponer que lo que puede modelarse puede gobernarse. El crimen organizado no es una ecuación mal resuelta.

Es una expresión de poder, economía y cultura que los modelos cuantitativos capturan solo parcialmente.

El error de la narrativa oficial

La narrativa gubernamental ha sostenido durante años que la violencia es producto de enfrentamientos entre criminales. El argumento es empíricamente insostenible. Si los cárteles se destruyeran entre sí, su tamaño debería reducirse. Ocurre lo contrario: crecen, reclutan y se expanden.

Ese crecimiento revela algo que la política pública no ha querido asumir: la violencia no es un subproducto del crimen, es su mecanismo de regulación.

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Sirve para controlar territorios, disciplinar poblaciones y sostener economías ilícitas. Presentarla como "ajustes de cuentas" es, en el mejor caso, ignorancia; en el peor, complicidad discursiva.

La trampa del enfoque punitivo

Incrementar detenciones no reduce la violencia de forma significativa. Este hallazgo desmonta décadas de política de seguridad basada en la captura de objetivos de alto valor. La estrategia de "decapitación" fragmentó organizaciones, multiplicó actores y agravó las disputas territoriales.

El problema no es solo estratégico.

En un país con impunidad estructural, detener no equivale a sancionar, y sancionar no equivale a disuadir. El sistema penal mexicano es selectivo, lento y vulnerable a la corrupción. Insistir en la coerción como eje central es apostar por un instrumento que ya demostró su ineficacia.

Reclutamiento: el centro del problema

El hallazgo más relevante —y más ignorado— es que los cárteles sobreviven porque reclutan más de lo que pierden. Cada semana, cientos de personas se incorporan a estas estructuras.

Atribuir ese reclutamiento solo a la falta de oportunidades económicas es una simplificación que distorsiona el diagnóstico.

En amplias regiones del país, el crimen ofrece ingresos, pero también identidad, estatus, protección y pertenencia. En muchos casos, también recluta por coerción. Es, con frecuencia, la única forma de integración social disponible.

Cualquier política de reducción del reclutamiento tiene que ir más allá de transferencias económicas. Debe disputar el control simbólico y material del territorio.

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Territorio, Estado y simulación

El gran ausente en los modelos es el territorio. El problema no es cuántos criminales existen, sino quién gobierna.

Hay zonas donde el Estado es marginal y los cárteles ejercen funciones de autoridad: cobran impuestos, resuelven conflictos, regulan mercados.

Esa realidad no cabe en ecuaciones. Es el resultado de décadas de abandono institucional, corrupción y colusión. La política de seguridad ha oscilado entre militarización reactiva y retórica social sin construir capacidades locales sostenidas.

Del diagnóstico a la intervención

Si el problema es estructural, las respuestas también deben serlo, pero con viabilidad operativa.

Primero, una estrategia de contención territorial basada en la recuperación progresiva de zonas críticas: despliegues permanentes de fuerzas mixtas acompañados de intervención institucional inmediata —ministerios públicos, jueces, servicios básicos—. No operativos, sino presencia estatal sostenida.

Segundo, un programa focalizado de interrupción del reclutamiento dirigido a jóvenes en zonas de alta incidencia. Empleo, sí, pero también redes comunitarias, educación técnica vinculada a economías locales y mecanismos de protección frente al reclutamiento forzado.

Tercero, una reforma del sistema de investigación criminal que priorice capacidades forenses, inteligencia financiera y persecución de redes, no de individuos. Sin desmantelar estructuras económicas, cualquier captura es reemplazable.

Cuarto, un sistema real de control policial con evaluación externa, depuración continua y sanción efectiva. Sin policías confiables, ninguna estrategia funciona.

Quinto, una política binacional activa en materia de armas y flujos financieros. El problema rebasa las fronteras nacionales y no puede tratarse como si no lo hiciera.

Conclusión

El trabajo de Prieto-Curiel es muy valioso porque pone números donde antes solo había narrativas. Pero los números describen, generan prospectiva, pero ante la inmediatez del fenómeno aún no resuelven.

México no enfrenta solo un problema de magnitud, sino de Estado.

Mientras el crimen siga siendo una opción racional —económica, social y territorialmente— para miles de personas, ninguna política basada exclusivamente en detenciones o programas sociales aislados será suficiente. La seguridad no se construye con modelos, sino con instituciones capaces de disputar el poder en el territorio.

La pregunta relevante no es cuántos son los criminales, sino por qué el Estado dejó de ser una alternativa viable frente a ellos. Esa respuesta no admite simulaciones.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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