La prensa llegó antes que los protocolos. Fotografió evidencias dispersas, documentó el desorden material de un inmueble que debió estar sellado, custodiado, intacto.
Lo que vino después fue predecible: la titular de la Fiscalía General de la República, Ernestina Godoy, redistribuyó responsabilidades con la agilidad de quien conoce bien el arte de señalar hacia otro lado. Pero la escena ya estaba contaminada. Y con ella, potencialmente, la cadena de custodia, el debido proceso y cualquier posibilidad de juicio robusto.
La pregunta no es técnica. Es política, jurídica y moral: ¿quién responde?
Lo que manda la ley y lo que ocurrió en los hechos
El Código Nacional de Procedimientos Penales (CNPP) es inequívoco. El primer respondiente —en este caso, elementos del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional— tiene la obligación inmediata de acordonar, preservar y proteger la escena del crimen.
Pero esa obligación no opera en el vacío: la FGR, como autoridad rectora de la investigación, tiene el deber de supervisar, instruir y garantizar que dicha protección se materialice.
No es potestativa. Es una obligación procesal de primer orden.
Lo que ocurrió en Tapalpa es la negación práctica de ese mandato.
Reporteros de al menos tres medios nacionales ingresaron al inmueble, captaron imágenes de lo que parecían ser armas, documentos y objetos personales. Ningún agente del Ministerio Público federal supervisaba el perímetro.