El bachillerato, el último puente que dejamos caer
Quienes hemos impartido clases en preparatoria sabemos que esos pasillos son el último territorio institucional donde el Estado puede todavía hablarle a un joven antes de que el mundo lo tragué.
Es el último filtro.
Y en México ese filtro está roto, mal pagado, sin protocolos, sin psicólogos suficientes, sin autoridad moral frente a familias ausentes y sin respaldo legal ante situaciones de riesgo.
Los docentes de bachillerato en Michoacán no tienen mecanismos reales de detección temprana de conductas de riesgo. No existe un protocolo estandarizado obligatorio de atención a señales de violencia en planteles privados. No hay seguimiento psicológico sistemático ni para los alumnos ni para los propios maestros, que acumulan cargas emocionales enormes sin ningún tipo de contención institucional.
El propio gobernador reconoció que las escuelas deben fortalecer la atención psicológica en infancias, adolescencias y juventudes.
Bien dicho. ¿Pero dónde está el presupuesto? ¿Dónde está el programa? ¿Dónde está la ley que lo garantice? Las palabras sin estructura son solo ruido electoral.
Lo que sí hay que hacer: políticas públicas reales
México necesita dejar de improvisar su respuesta a la violencia juvenil cada vez que ocurre una tragedia. Las propuestas existen, son viables y no requieren reformar la Constitución para colgar a un adolescente. Requieren voluntad política real.
Primero, implementar un Programa Nacional de Salud Mental Escolar en nivel medio superior, con psicólogos adscritos permanentemente a cada plantel público y privado, con financiamiento mixto y obligación legal de reporte ante señales de riesgo.
Segundo, crear protocolos de detección temprana de conductas violentas, radicalizadas o de ideologías misóginas en entornos digitales, articulados entre escuelas, ministerio público y servicios de salud, bajo un enfoque de corresponsabilidad entre el Estado, las familias y las instituciones educativas.
Tercero, establecer una reforma a la Ley General de Educación que garantice estabilidad laboral, capacitación continua en prevención y atención psicológica obligatoria para los docentes de bachillerato, que son los actores más expuestos y los menos protegidos del sistema.
Cuarto, fortalecer el Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes con centros de internamiento especializados, programas de reinserción con base en evidencia científica y evaluaciones periódicas independientes, en lugar de desmantelarlo en favor de una lógica penitenciaria adulta que la criminología internacional ha demostrado que fracasa.