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De Múnich a Budapest hay mucho trecho

EU está reconfigurando la cooperación con sus aliados tradicionales sobre nuevas bases en que en la afinidad política y los objetivos estratégicos pesan mucho más que los valores liberales que la habían caracterizado.
vie 20 febrero 2026 06:02 AM
Marco Rubio
El secretario de Estado de EU, Marco Rubio, durante su intervención en la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC), el 14 de febrero de 2026 en Múnich, sur de Alemania. (ALEX BRANDON/AFP)

Cada febrero, la capital bávara se convierte en el epicentro de la conversación estratégica global al sostener su célebre Conferencia de Seguridad, en la que jefes de Estado, liderazgos empresariales y de defensa, así como especialistas en seguridad se reúnen a debatir sobre los retos geopolíticos del momento. Ucrania, la competitividad china, la transición energética, la Inteligencia Artificial y el futuro de las relaciones transatlánticas son solo algunos temas que han dominado la conferencia en sus últimas ediciones. Este 2026, tras la experiencia disruptiva de Davos, era particularmente relevante la reafirmación de consensos. Por ello, no extraña que uno de los mensajes más esperados fuera el del jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio.

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En su intervención el pasado sábado, Rubio expresó el deseo de los Estados Unidos de revitalizar la relación transatlántica. En un tono más mesurado que el de Donald Trump en el Foro Económico Mundial y que incluso el de JD Vance en la misma conferencia en el año anterior, señaló que el fin de la era transatlántica no era ni su objetivo ni su deseo, resaltando las coincidencias históricas, culturales y hasta espirituales entre ambos polos de poder. Asimismo, reiteró la competencia estratégica con China y coincidió en la amenaza persistente de Rusia.

Pero lo que fue recibido inicialmente como un gesto conciliador rápidamente se convirtió en motivo de desconfianza, pues la señal más importante no se dio desde un podio en Múnich sino en los días posteriores a la conferencia. Previo a su regreso a Washington, Rubio pasó por Budapest en lo que fue percibido como un respaldo al gobierno del primer ministro Viktor Orbán de cara a las elecciones parlamentarias húngaras del próximo mes de abril. Ello, después de visitar al primer ministro eslovaco Robert Fico, otro crítico de la Unión Europea que suele alinearse más con las políticas migratorias y ambientales de Donald Trump. Tanto Orbán como Fico han producido más de un dolor de cabeza para Europa por sus críticas a la agenda liberal y, más recientemente, por sus posturas frente al conflicto entre Rusia y Ucrania.

Como es bien sabido, en política y en diplomacia, la agenda comunica tanto o más que el propio discurso. Ciertamente, la gira post Múnich de Marco Rubio llamó la atención por los personajes que involucró. Pero más aún, llamó la atención porque no contempló un espacio de diálogo con los principales liderazgos europeos, notablemente su máxima autoridad en materia de política exterior, Kaja Kallas. Así, la sensación de alivio generada por las palabras de Rubio el sábado se desvaneció unas horas después para regresar a un estado de preocupación profunda.

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Kallas no se ahorró las críticas a la visión estadounidense planteada por Rubio en Múnich. Descartó el “borrado civilizacional” y advirtió de los peligros de premiar a Rusia en la mesa de negociaciones con Ucrania que será auspiciada por Estados Unidos en los próximos días. Pero con todo y advertencias, los espaldarazos a Fico y Orbán ya se tradujeron en nuevas acciones en contra de Ucrania. Ambos líderes˗ cuyos países albergan las únicas refinerías de petróleo ruso en Europa˗ anunciaron esta semana la suspensión de exportaciones de diésel a ese país.

La realineación global sigue tomando una nueva forma y, a pesar de la ausencia notable de México en estos espacios, no debe tomarse como un asunto distante. Estos mensajes guardan profunda relevancia en el contexto de la redefinición de nuestra relación bilateral más importante. Estados Unidos se encuentra reconfigurando la cooperación con sus aliados tradicionales sobre nuevas bases en que en la afinidad política y los objetivos estratégicos pesan mucho más que los valores liberales que la habían caracterizado.

De este modo, el camino de Múnich a Budapest revela que la pregunta a hacernos no es si Estados Unidos seguirá comprometido con sus socios, sino más bien bajo qué términos. Para socios como México, el margen de maniobra depende menos de inercias institucionales y más de alineaciones concretas en torno a prioridades estratégicas. Ello, sin perder de vista que, más que una sociedad comercial, América del Norte se ha convertido en una plataforma productiva común. En un contexto de competencia con China, México ofrece ventajas incomparables por su cercanía y por la integración ineludible de cadenas de valor que no se deben subestimar.

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Nota del editor: Rogelio Gómez Hermosillo es Presidente Ejecutivo de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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