El posicionamiento de una ciudad se produce cuando la estructura económica, la capacidad institucional y la narrativa pública comienzan a alinearse; cuando la ciudad es motivo de orgullo para sus habitantes y una buena sorpresa para sus visitantes. En México pocas ciudades han logrado que esas variables confluyan al mismo tiempo y Tijuana reúne hoy condiciones estructurales poco frecuentes para construir una marca ciudad que desafíe los prejuicios y percepciones negativas que la historia le ha marcado.
Tijuana. De frontera estigmatizada a oportunidad estratégica de marca ciudad
Durante décadas la ciudad fue leída como frontera problemática. Entre los años 50 y principios del siglo XXI, la narrativa dominante la vinculó con violencia, crecimiento urbano desordenado y economía informal. La migración masiva tensionó servicios públicos, la topografía accidentada amplificó la expansión caótica; la cercanía con Estados Unidos alimentó estigmas asociados al vicio y al narcotráfico, y esa fue la imagen que se instaló en el imaginario nacional e internacional.
Sin embargo, las propias dinámicas de frontera también produjeron capacidades y despertaron una creatividad y competitividad que solo se encuentra en Tijuana: integración industrial profunda con California, mano de obra especializada y una cultura empresarial acostumbrada a competir en mercados globales. Hoy Tijuana es uno de los principales nodos industriales del país, y compite sin problema con otras regiones industriales del mundo. Para darnos una idea, la ciudad concentra el clúster de dispositivos médicos más grande de Norteamérica y genera cerca de 50,000 empleos directos en ese sector que produce aproximadamente la mitad de las exportaciones médicas mexicanas.
También participa en la cadena de valor de semiconductores con exportaciones superiores a los 2,000 millones de dólares anuales y alberga operaciones estratégicas de gigantes tecnológicos; en electrónica, 184 empresas instaladas exportan más de 20 millones de smart TVs al año, lo que la convierte en la capital mundial de la TV. En aeroespacial, emplea a cerca de 40,000 personas y fabrica componentes que terminarán integrándose en tecnología espacial.
En 2026, la inversión en desarrollos industriales supera los 1,000 millones de dólares. La región CaliBaja, integrada con California, forma parte de una de las economías más dinámicas del mundo, la ciudad mantiene una edad promedio cercana a los 30 años y un ecosistema educativo que alimenta la transición hacia sectores vinculados con inteligencia artificial y manufactura avanzada.
La vocación industrial de Tijuana está pasando de la maquila tradicional de bajos salarios, a una industria que, por efecto del mercado y de su posición estratégica, ha evolucionado hacia la especialización en tecnología, IA e insumos médicos de última generación, que a su vez obliga a las universidades a mantener actualizada su oferta curricular para poder formar a los profesionistas que exige el mercado.
Otro componente que muchas veces se subestima en la discusión de marca ciudad es la dimensión simbólica y cultural como infraestructura reputacional, y que Tijuana ha ido consolidando a lo largo de los últimos años. La gastronomía tijuanense comenzó a sofisticarse con la influencia de sus chefs y se ha convertido en activo de prestigio: la Guía Michelin ya no mira a Baja California como periferia gastronómica y en el caso de Tijuana registra una oferta amplia de restaurantes recomendados y reconocidos por sus inspectores. Además de atraer visitantes, ese reconocimiento eleva la conversación y mejora la percepción externa sobre la ciudad.
Lo mismo ocurre con el deporte. Los Xolos de Tijuana y el Estadio Caliente operan como símbolos de pertenencia en una ciudad que, por su historia migrante, no siempre ha tenido narrativas cívicas estables. El propio club describe al estadio como “emblema” de la ciudad y la ecuación se completa con el turismo. Tijuana sostiene un flujo turístico relevante, con millones de visitantes anuales, especialmente en segmentos como el turismo médico y de salud, que han mostrado crecimiento sostenido incluso en medio de desafíos regionales. Gastronomía, cultura urbana, deporte e industria empiezan a formar un paquete reputacional más sofisticado que el viejo estereotipo lleno de estigmas.
Muchos intentos de construir marcas territorio fracasan porque los intereses de los políticos están alejados de los intereses empresariales y de la vocación económica del territorio. Sin embargo, hoy Tijuana tiene ante sus manos una oportunidad que pocas veces se presenta para construir una marca ciudad exitosa, que pueda competir con marcas ciudad consolidadas como la de Medellín en Colombia, Bilbao en España o Berlín en Alemania tras la caída del Muro.
Recientemente, el alcalde Ismael Burgueño Ruiz presentó la iniciativa “Tijuana Competitiva”. Más allá del acto público, lo relevante es que el proyecto intenta articular en un mismo espacio a sectores estratégicos: industria aeroespacial, inteligencia artificial, semiconductores, gastronomía y turismo. La presencia de actores tradicionalmente cautelosos en este tipo de ejercicios sugiere que existe conciencia sobre la necesidad de una narrativa compartida. Sin embargo, la historia mexicana demuestra que este tipo de consensos suele diluirse cuando cambian las prioridades políticas o cuando el capital percibe señales de incertidumbre.
La proyección del coordinador del Consejo Consultivo Empresarial de Tijuana, Carlos Jaramillo Silva, es ambiciosa: en 10 años la ciudad debe convertirse en punta de lanza tecnológica con énfasis en inteligencia artificial. Una visión de este calibre exige algo más que voluntad coyuntural o discursiva. Requiere compromisos presupuestales sostenidos, coordinación metropolitana, seguridad pública eficaz y una relación madura entre gobierno y sector privado. Sin esos elementos, la narrativa corre el riesgo de convertirse en aspiración retórica y no en transformación estructural.
Ahora bien, una marca territorio exitosa va más allá de números fríos e inversiones, un proyecto de esta naturaleza se sostiene en el tiempo cuando el propósito productivo encuentra validación en la experiencia urbana; al ser una ciudad construida mayoritariamente por migrantes que han formado su motor económico, también su conformación ha dificultado la consolidación del arraigo de quienes la habitan. Ese factor se refleja en la participación ciudadana donde apenas se alcanzan índices de participación que rondan entre los 30 y 38%, muy por debajo de la media nacional. ¿Por qué importa? Porque esos niveles explican una relación cívica frágil con las instituciones y con el espacio público.
Los ciudadanos son, en efecto, los principales embajadores de cualquier ciudad, sin embargo, si la movilidad es insuficiente y los servicios públicos no acompañan el crecimiento o si la seguridad se deteriora, ningún foro empresarial compensará esa experiencia cotidiana. La reputación territorial depende tanto de lo que digan sus líderes económicos y políticos como de lo que la gente esté dispuesta a defender en su vida diaria.
Si esta coordinación logra institucionalizarse mediante mecanismos formales de seguimiento, evaluación y rendición de cuentas, podría convertirse en un activo permanente y no en una simple coyuntura favorable. Esa combinación abre una ventana estratégica poco frecuente para Tijuana. La diferencia entre aprovecharla o repetir ciclos anteriores dependerá exclusivamente de la capacidad para traducir el consenso en políticas públicas sostenidas, infraestructura urbana funcional y una narrativa compartida que trascienda administraciones y se convierta en proyecto de ciudad.
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Nota del editor: José Manuel Urquijo es maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por la George Washington University. Fundó la agencia Sentido Común Latinoamérica y es consultor y estratega político con experiencia en campañas políticas en México y Latinoamérica. Síguelo en X como @JoseUrquijoR y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.