Vivimos tiempos en los que la popularidad y el número de votos se invocan como licencias para arrasar con lo demás. En distintas regiones del mundo se ha normalizado la idea de que, el resultado oficial de una elección no solo otorga el derecho constitucional a gobernar, sino la potestad de imponer una verdad, adueñarse de la narrativa y ejercer el poder en un entorno cada vez menos tolerante.
#ColumnaInvitada | Sin disenso no hay democracia. Pluralidad como principio y senda
Pero no; la democracia no se mide por la magnitud de la victoria, sino por la capacidad de procesar la diferencia e integrar lo distinto sin temer a la confrontación. El mandato no es únicamente con quienes votaron, sino con todos: incluidos quienes disienten, resisten o simplemente preguntan.
Creo que uno de los grandes retos de la conducción pública es articular múltiples voluntades en un rumbo común. Para ello, no basta centrarse en coincidencias o valores compartidos: es indispensable tejer puentes que permitan el diálogo y el procesamiento constructivo de las diferencias. La pluralidad no es un estorbo, ¡es el oxígeno de una república sana! Las democracias maduras no se consolidan con una sola voz, sino con muchas voces en tensión que, aun así, encuentran camino y sostén.
La división de poderes, los contrapesos institucionales, la representación plural y el acceso a la información no son ornamentos ni concesiones: son pilares de una estructura que trasciende grupos y coyunturas. Sin ellos, no hay balance ni límites; no hay garantía de derechos, solo concentración de poder. Y un poder que diluye a la oposición, aunque haya sido electo, pronto deja de ser democrático.
Considero que el riesgo no solo proviene de autoritarismos declarados; también nace de la desinformación, la apatía, la resignación y el miedo. La mayoría nunca suprime el valor de los argumentos de las minorías, ni cancela las necesidades insatisfechas ni los problemas sin resolver. Cuando se proscribe el disenso, lo que se pierde no es un debate: es el alma misma de la democracia.
El diseño del Estado debe incorporar todos los rincones de la realidad, guiado por una brújula ética. De otro modo, lo no procesado a tiempo regresa con fuerza. Cuando un gobierno celebra tener control absoluto de los poderes, cuando ve en la crítica una amenaza y en la oposición un enemigo, desdibuja la esencia de la república democrática. La diferencia entre un gobierno fuerte y uno autoritario no reside en los votos obtenidos, sino en su relación con la pluralidad.
La legitimidad electoral nunca equivale a legitimidad histórica
Cuando el poder se concibe como propiedad del vencedor, las instituciones dejan de funcionar y se convierten en lastre. Se erosionan instancias construidas durante décadas y el disenso deja de ser motor para funcionar como freno. Sin embargo, la diversidad —ideológica, política, social y cultural— no debilita a un país: lo fortalece. Es semilla de evolución y antídoto contra la radicalización.
Donde existe contraste de ideas hay posibilidad de deliberación y construcción de consensos. El pensamiento único puede parecer cómodo o pragmático, pero es estéril y fácilmente manipulable: sofoca la capacidad de innovar y de salir de zonas de confort, y obstaculiza acuerdos amplios en torno a bienestar, eficiencia y sostenibilidad.
La ciudadanía no se agota en las urnas. Votar es necesario, pero insuficiente. La mayoría otorga representación, no cheques en blanco. Participar implica informarse, cuestionar discursos, exigir respeto a derechos y cumplir deberes. La democracia es una ética del reconocimiento, no una comodidad delegada.
La pluralidad se defiende desde las instituciones, pero también desde la educación y el pensamiento crítico. No puede formarse ciudadanía sin enseñar cómo funciona el poder, cómo se organiza el Estado y cómo se protege la libertad desde el Derecho, no desde la voluntad del grupo dominante. De lo contrario, se fabrica obediencia ciega y el diálogo se reduce a monólogo.
Los contrapesos constitucionales no detienen el desarrollo: lo encauzan. Garantizan que la transformación sea proceso y no dogma, moderación y no imposición. Cuando se cierran las vías institucionales, las tensiones no desaparecen: se acumulan hasta convertirse en terreno fértil para la violencia. El Derecho existe precisamente para que prevalezca la razón sobre la fuerza. Apostar por la evolución institucional no es debilidad: es responsabilidad democrática.
Una república que teme al disenso está herida. Un gobierno que necesita someter todas las voces ya no gobierna: impone. Y una sociedad que cede sus instituciones por estabilidad inmediata deja de ser comunidad para convertirse en clientela.
La pluralidad no es debilidad, es madurez. Sin contrapesos no hay libertad. Sin disenso no hay verdad. Sin instituciones que revisen al poder, no hay república: solo la ilusión hegemónica de un destino común impuesto.
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Nota del editor: Sasha Klainer (LinkedIn @Sasha Klainer) es director general del Colegio Bilbao en la Ciudad de México. Ha sido profesor de Derecho y ha desempeñado diversas funciones directivas en el servicio público federal. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.