Durante el siglo XIX, la doctrina Monroe parecía inmutable como un principio formulado para impedir que potencias europeas intervinieran en el continente americano. Sin embargo, la política exterior de Donald Trump ha devuelto esa vieja idea al centro del debate, pero no como una doctrina antieuropea, sino como un nuevo pretexto narrativo para justificar acciones unilaterales de sometimiento, control de recursos y proyección de fuerza más allá de las fronteras de Estados Unidos.
Trump y la nueva doctrina Monroe; del anticomunismo a los cárteles
La clave no está en la doctrina original, sino en cómo se reinterpreta. A lo largo del siglo XX, la doctrina Monroe mutó en un instrumento de contención ideológica. El enemigo era el comunismo. Bajo ese paraguas se justificaron intervenciones abiertas y encubiertas en América Latina, golpes de Estado, financiamiento de fuerzas irregulares y presiones económicas, todo en nombre de la seguridad hemisférica. El discurso era simple y eficaz: si un país caía en manos del comunismo, toda la región estaba en riesgo.
Trump ha cambiado a ese enemigo ideológico sustituyéndolo por los cárteles. No se habla de ideologías rivales, sino de Estados supuestamente incapaces de controlar su territorio, de gobiernos rebasados por organizaciones criminales y de amenazas directas a la seguridad interna de Estados Unidos. El fentanilo, el narcotráfico y la violencia transnacional cumplen el mismo papel que antes cumplía el comunismo: construir un escenario de urgencia que normaliza la excepción.
La diferencia es que ahora el enemigo no es un Estado ni un bloque ideológico, sino actores no estatales. Pero el efecto político es similar. Cuando se afirma que un país no controla su territorio o que el crimen organizado gobierna, el mensaje implícito es que la soberanía se vuelve negociable. Y cuando la soberanía se relativiza, la intervención deja de parecer una agresión y empieza a venderse como una necesidad.
Esta lógica se observa en tres frentes distintos, pero conectados. En América del Sur, la narrativa gira en torno a la restauración del orden y la democracia, combinada con el control de recursos estratégicos. En el Atlántico Norte, la ambición territorial se justifica por razones de seguridad, competencia geopolítica y acceso a minerales críticos. En México, el discurso se articula alrededor del combate frontal a los cárteles y la protección de la sociedad estadounidense frente a las drogas.
No se trata de negar la gravedad de los problemas reales. El narcotráfico existe, el fentanilo mata, los Estados fallidos generan inestabilidad y los recursos energéticos son estratégicos. El problema es qué se hace con ese diagnóstico. Trump no plantea cooperación multilateral, fortalecimiento institucional ni soluciones compartidas. Plantea acción directa, presión unilateral y, en última instancia, el uso de la fuerza como herramienta legítima de política exterior.
Ahí es donde la doctrina Monroe reaparece, no como norma escrita, sino como relato legitimador. Antes se intervenía para frenar el avance del comunismo; hoy, para erradicar a los cárteles. Antes se hablaba de contención, hoy se habla de ataques preventivos. Cambia el vocabulario, pero se mantiene la misma estructura mental: Estados Unidos como árbitro hemisférico, con derecho a decidir cuándo un país ha cruzado la línea.
Para México, esta narrativa es especialmente delicada. El combate al crimen organizado ha sido históricamente un terreno de cooperación bilateral, pero también de tensiones profundas. Convertirlo en argumento para justificar acciones extraterritoriales rompe un equilibrio frágil y coloca al país en una posición incómoda. México no debe aceptar la pérdida de soberanía, debe adoptar una respuesta firme, diplomática y jurídicamente bien articulada.
El riesgo mayor no es que la doctrina Monroe reviva, sino que se normalice su uso como pretexto flexible. Hoy son los cárteles, pero también puede ser la migración, el agua, la energía o cualquier otra crisis convertida en amenaza por Trump.
La historia latinoamericana demuestra que estas lógicas rara vez terminan bien. Por eso, frente al regreso del pretexto imperial, la respuesta no debe ser ni el silencio ni la estridencia. Debe ser la reafirmación clara de principios básicos. México debe luchar por los principios de soberanía, no intervención, cooperación internacional y soluciones multilaterales.
La doctrina Monroe ya no combate al comunismo. Ahora dice combatir a los cárteles. El problema es que, como antes, el daño colateral puede terminar siendo la región entera.
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Nota del editor: Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.