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El último jalón

Xóchitl Gálvez no es, no ha podido ser, la candidata del “cambio”. Esa idea es imposible de cuadrar con el desprestigio de los partidos que la postulan. Más bien, ha sido una candidata de resistencia.
mar 21 mayo 2024 06:07 AM
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Aunque todavía pueda haber algunas sorpresas, las cosas están bastante claras: las diferencias entre las candidaturas, las tendencias en la intención de voto, los déficits y excesos de las autoridades respecto al proceso electoral, considera Carlos Bravo Regidor.

El domingo pasado marcó el principio del fin de las campañas presidenciales. Faltan escasos nueve días para que terminen. El arroz, recuperando la metáfora más manida de la temporada, está cocido al 90%. Aunque todavía pueda haber algunas sorpresas, las cosas están bastante claras: las diferencias entre las candidaturas, las tendencias en la intención de voto, los déficits y excesos de las autoridades respecto al proceso electoral. El grueso de la carrera ya transcurrió, lo que resta es solamente el sprint final.

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Claudia Sheinbaum ha sido la candidata de la continuidad, la sucesora que quería el presidente y que sus adeptos hicieron suya. Va puntera y ha competido en condiciones muy favorables. Del lado legal, por la alta popularidad de López Obrador, el indisputable poder de la narrativa obradorista y por el impacto positivo de los programas sociales y el aumento del salario mínimo; del lado ilegal, por la anticipación con la que arrancó su campaña, los cuantiosos recursos que fluyen para apoyarla y por la abierta hostilidad con la que el presidente ha estigmatizado a su rival. Lo bueno ha sido su disciplina; lo malo, su incapacidad de reconocer cuán necesario es corregir el rumbo en múltiples ámbitos (seguridad, salud o energía, por ejemplo); y lo feo, su disposición a mentir, a ignorar temas incómodos y a hacer suyo el libreto de la erosión democrática.

Xóchitl Gálvez no es, no ha podido ser, la candidata del “cambio”. Esa idea es imposible de cuadrar con el desprestigio de los partidos que la postulan. Ha sido, más bien, una candidata de resistencia. Cuando compitió por la candidatura de la alianza, la originalidad de su perfil y su espontaneidad lograron entusiasmar al electorado opositor y aglutinarlo en torno suyo; después, sin embargo, esa victoria desembocó en una campaña improvisada y errática. La tenía, además, muy difícil: no sólo por la diversidad al interior de la coalición que le tocó encabezar, sino también por la feroz maquinaria oficialista contra la que se ha enfrentado. Pero poco a poco, sobre todo del segundo debate en adelante, las calabazas finalmente se han ido acomodando en su carreta. Aunque tal vez sea demasiado tarde, de pronto da la impresión de que está agarrando un segundo aire y podría cerrar pisando fuerte.

Jórge A. Máynez cumplió con la ingrata misión que le encomendó Movimiento Ciudadano, recoger el tiradero que dejó la malograda precandidatura de Samuel García. En la alianza lo juzgan como un esquirol que divide el voto opositor, pero nadie ha podido demostrar que le quite más votos a Xóchitl que a Claudia (quizá también atrae a votantes jóvenes que, sin él en la boleta, tenderían a abstenerse). Es cierto que ha contribuido a darle una pátina de normalidad a una elección muy anómala, donde lo que está en juego no es sólo la distribución del poder sino la naturaleza del régimen político. Por eso tendrá, tarde o temprano, que rendir cuentas. De ahí a achacarle la probable derrota de Gálvez, sin embargo, hay un mundo de diferencia. Si el desempeño de la alianza termina dependiendo de los puntitos que pudiera restarle MC, el problema de la alianza no es MC, es la debilidad implícita en esa dependencia.

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Por último, está el decepcionante desempeño de las autoridades electorales, más abocadas a sus refriegas internas que a ejercer su responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la ley para darle certidumbre y garantizar la integridad del proceso electoral. Lo errático de su prioridades y sus resoluciones anticipa un escenario postelectoral inédito y potencialmente muy conflictivo. Aunado, por si fuera poco, a la violencia contra candidatos y al activo papel del crimen organizado en la contienda. Lo dije entonces y lo repito ahora: con la llegada de Guadalupe Taddei y Mónica Soto a las presidencias del INE y el TEPJF, respectivamente, terminó una era en la institucionalidad democrática del país.

Así se ve, a grandes rasgos, la historia de la elección presidencial de 2024 antes de conocer su desenlace. ¿Qué tanto cambiará en el último jalón de los siguientes días?

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor. Síguelo en la red X como @carlosbravoreg

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