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El Metro y el miedo

Me topo con un par de guardias nacionales en el metro. Me impresiona cuán ajenos lucen, el contraste entre su apariencia disciplinadamente militar y la caótica vitalidad popular que los rodea.
mar 17 enero 2023 11:59 PM
Guardia Nacional Metro CDMX
Desde el pasado 12 de enero, elementos de la Guardia Nacional fueron desplegados en las instalaciones del Metro de la Ciudad de México.

Me bajo en la estación Allende del Metro de la Ciudad de México. Camino más o menos rápido con mi mochila a la espalda. A pesar de que mis anteojos están un poco empañados por el vapor de mi respiración que escapa del cubrebocas, puedo checar la hora en mi celular: voy tarde. Por lo visto, mucha gente también viene hoy al Centro. Es sábado y son casi las tres. A la salida del andén me topo con dos guardias nacionales y cinco policías. Están cerca, sin embargo no están juntos. Vienen en grupos separados aunque han optado por ubicarse en el mismo sitio. Los distinguen de inmediato no solo sus uniformes sino su actitud. Los policías, tres hombres y un par de mujeres, se ven relajados, afables, platican. Un par de jóvenes se acercan a preguntarles algo. Intercambian comentarios y una de las policías apunta hacia el otro lado de la estación, como indicándoles a dónde ir. Los jóvenes dicen algo para despedirse, no alcanzo a escuchar qué, pero todos ríen. Es una escena agradable, cordial, de típica urbanidad mexicana.

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A pocos metros están los guardias nacionales, ambos varones. Ellos no intervienen. No se hablan ni se voltean a ver, están muy serios. Diría incluso que lucen algo incómodos, descolocados. Tengo ganas de acercarme a hacerles conversación, me gustaría saber qué opinan de estar aquí, pero me disuade la rigidez de su lenguaje corporal, su tenso semblante de pocos amigos (quizá ese sea el motivo por el cual los jóvenes se acercaron a los policías y no a los guardias). Me alejo un poco y me quedo observándolos otro rato. Parecen estatuas en medio del ajetreo, piedras de río que la corriente circunda para seguir su curso. ¿Estarán cansados, molestos, aburridos? Me impresiona cuán ajena resulta su presencia en el metro. Quiero tomarles una foto con mi celular, retratar el contraste entre su apariencia disciplinadamente militar y la caótica vitalidad popular que los rodea. Titubeo. A fin de cuentas, son soldados. No vaya a ser la de malas, pienso también muy a la mexicana. Además, me insisto, voy tarde.

Al salir de la estación, por los torniquetes, me percato de dos tipos recargados en un barandal. Advierto que, como yo, prestan atención al movimiento. Miran a un lado, al otro, están al pendiente. Pero, a diferencia mía, están ahí nomás parados. Quizá esperan a alguien. Recuerdo que cuando se anunció el envío de 6,000 elementos de la Guardia Nacional al Metro se dijo que algunos irían “encubiertos”, es decir, vestidos como civiles. Especulo si será su caso, los escudriño de reojo. No puedo saber si tienen corte de pelo estilo militar porque ambos traen gorra. Noto que el más alto tiene un tatuaje en el dorso de la mano y el chaparrito un piercing en el labio inferior. Ignoro si eso les está permitido a los soldados, en ese momento creo que no. Aparte están flacuchos. Me parece que quienes han tenido algún tipo de entrenamiento militar suelen ser más fornidos. Los comparo mentalmente con los dos miembros de la Guardia Nacional que vi antes y resuelvo que no, no han de ser soldados sin uniforme. Experimento un extraño alivio.

Ya caminando sobre Tacuba, me inquieta caer en la cuenta de lo que sentí al concluir que esos tipos no eran guardias encubiertos. ¿Y si hubieran sido, no sé, carteristas? Hace algunos años, por este mismo rumbo, me robaron un celular nuevecito. ¿Y si fueran “halcones” de la Unión Tepito? Según he leído en la prensa, es el grupo delictivo más fuerte en el Centro Histórico. ¿O, ya entrado en la teorización catastrófica, qué tal que fueran cómplices de los supuestos “sabotajes” que motivaron el despliegue de la Guardia Nacional? Hasta ahora no se ha informado de alguna denuncia o investigación, tampoco se ha presentado ninguna prueba al respecto. E incluso si no fuera más que un invento del lopezobradorismo para escurrir el bulto de la responsabilidad y hacerse la víctima, lo cierto es que eso no cambia el hecho de que durante los últimos años se ha duplicado el número de siniestros en el Metro ( https://bit.ly/3WinCA5 ). La Línea 2, de la que me acabo de bajar, registró 41 accidentes entre 2015 y 2018, pero entre 2019 y 2022 fueron 87. Más del doble.

 

Doy vuelta en Bolívar y conjeturo si no será mejor usar otro medio de transporte cuando regrese a casa. Me quedo con una mala sensación, tengo una espina de desconfianza clavada en la boca del estómago. Es lo que pasa, supongo, cuando todo –la inseguridad, el militarismo, los constantes accidentes en el Metro, la presencia de la Guardia Nacional en las estaciones, el estilo paranoide del discurso oficial y hasta la polarización– conspira para que nos gobierne el miedo...

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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