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Una alianza entre el cambio y la corrupción

Las oposiciones tienen la oportunidad de argumentar que el “nuevo PRI” (Morena) ya se juntó con el PRI de antes (el de Alito Moreno) para volver a ser el PRI de siempre: el de los pactos de impunidad.
mar 20 septiembre 2022 11:59 PM
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¿Cómo pueden sostener que “no son iguales” cuando hacen lo mismo, es decir, cuando se muestran tan dispuestos a transigir con lo que supuestamente condenaban, e incluso a brindar inmunidad, a cambio de apoyo político?, plantea Carlos Bravo Regidor.

El hilo de la alianza opositora se rompió por lo más delgado. No fue la intrascendencia del PRD, tampoco el apocamiento que ha definido a la dirigencia panista; fue la incapacidad del impresentable líder del PRI, Alejandro Moreno, para resistir la rudeza de los embates que le asestó el lopezobradorismo. Se sabía, desde hace tiempo, que era “vulnerable”.

La ofensiva en su contra no dejó lugar a dudas. Se hicieron públicos múltiples audios suyos tan ilegales como comprometedores, se le abrieron carpetas de investigación a nivel estatal y federal, catearon su casa en Campeche, le iniciaron un procedimiento para desaforarlo en la Cámara de Diputados… En fin, le dejaron caer encima todo el peso no de la ley sino de la llamada 4T.

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Ya no se trataba solo de cobrarle la factura por el hecho de que el PRI no acompañó la reforma energética que propuso el oficialismo. Se trataba, además, de exhibir sus vulnerabilidades y aprovecharlas políticamente. Dicho en buen vernacular mexicano, lo que hizo Morena fue “sacarle raja” al hecho de que el líder del PRI “tiene cola que le pisen”.

Vale la pena detenerse un poco a ponderar lo que eso significa. Una coalición que no cesa de pretenderse moralmente superior optó por no llevar ante la justicia a un dirigente político que presuntamente cometió múltiples delitos (i.e., enriquecimiento ilícito, lavado de dinero, desvío de fondos, tráfico de influencias y fraude fiscal). Le ofreció, más bien, impunidad a cambio de los votos de su partido en el Congreso.

Habrá quienes digan así es la política y tal vez tengan cierta razón. Pero habrá que preguntarles, entonces, en qué sentido un gobierno que hace política del mismo modo que los gobiernos de antes representa una transformación. ¿Cómo pueden sostener que “no son iguales” cuando hacen lo mismo, es decir, cuando se muestran tan dispuestos a transigir con lo que supuestamente condenaban, e incluso a brindarle inmunidad, a cambio de apoyo político?

Salvo por los dirigentes del PAN y el PRD, no ubico a nadie que se haya llamado a sorpresa por lo que terminó haciendo el presidente nacional del PRI. Sí ubico a muchos, sin embargo, que en buena conciencia deberían estar sorprendidos por lo que está tratando de hacer el lopezobradorismo con sus flamantes aliados priistas en aras de consolidar el proceso de militarización que ayer repudiaban: renunciar a la posibilidad de darle un mando civil a la Guardia Nacional y prolongar las tareas de seguridad pública de las fuerzas armadas. Vaya, ni Felipe Calderón ni Enrique Peña Nieto se atrevieron a tanto. ¿Por qué López Obrador sí?

La alianza entre el PAN, el PRI y el PRD padecía el problema de parecerse mucho a la caricatura que pintaba López Obrador de ella. Al convertirse en un polo cuya única seña de identidad era el antilopezobradorismo, proyectaba justo la imagen que el presidente quería: al final son lo mismo, no han entendido que pasó en 2018, solo representan el pasado, etc. La ruptura de dicha alianza puede tener sus costos electorales en varias contiendas, pero quizá traiga un beneficio inesperado, a saber, liberar al PAN y al PRD del peso muerto que, en términos de reputación, implicaba el PRI.

 

Según una encuesta de Reforma (mayo 2022), no hay partido más desacreditado, más repudiado por la ciudadanía, que el Revolucionario Institucional. Y según una encuesta de Buendía y Márquez (agosto 2022), dos de los atributos que la población más asocia con López Obrador son que “es honesto” (66%) y “representa un cambio” (61%). Quizás los votos del PRI le sirvan al presidente para avanzar su agenda en el Congreso, pero lo harán al precio de complicarle la narrativa de cara al 2024: su alianza con el PRI es muy susceptible de ser descrita como una alianza entre el cambio y la corrupción.

Ahora las oposiciones tienen la oportunidad de argumentar que el “nuevo PRI” (Morena), ya se juntó con el PRI de antes (el de Alejandro Moreno), para volver a ser el PRI de siempre, el de los pactos de impunidad. ¿Qué le podrá más al electorado ante semejante escenario? ¿Los atributos positivos de López Obrador o el desprestigio del PRI?

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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