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#ColumnaInvitada | López Obrador y los generales en Cuba

Tal parece que AMLO se siente cada vez más cómodo con los secretarios de Defensa y Marina y, al mismo tiempo, se observa a ambos militares desempeñar este papel protagónico con mayor confianza.
mié 11 mayo 2022 11:59 AM

La semana pasada, tras casi cuatro años de gobierno, el presidente López Obrador realizó su primera gira de política exterior, al visitar Belice, Cuba, El Salvador, Guatemala y Honduras. No podía ser de otra manera: la atención mediática se centró en el viaje a Cuba, las reuniones con el presidente Miguel Díaz-Canel y el antiguo mandatario Raúl Castro, así como el discurso de AMLO en La Habana, que estuvo cargado de las alusiones históricas épicas que tanto le gustan.

No obstante, la primera gira de trabajo del presidente es significativa en un aspecto adicional. La comitiva que lo acompañó fue pequeña, selecta y muy poco común en la historia diplomática de México. Esto nos dice mucho de en dónde está puesta la confianza de López Obrador y con quiénes se siente cómodo el mandatario.

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¿Quiénes acompañaron al presidente? En primer lugar, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y el vocero de la Presidencia de la República, Jesús Ramírez Cuevas. Hasta ahí nada nuevo. Los otros dos acompañantes son los que llaman la atención: los secretarios de Marina y Defensa Nacional, José Rafael Ojeda Durán y Luis Cresencio Sandoval, respectivamente.

Una vez más, los militares ocuparon un lugar central en un acto importante del gobierno de López Obrador. Es fundamental dimensionar el tamaño del acontecimiento.

Hasta su tercer año de gobierno, el presidente sólo había viajado a Estados Unidos en visitas cortas para propósitos muy particulares. Ésta fue su primera gira de política exterior y no lo acompañaron, como normalmente lo hacían, los secretarios de Economía y Hacienda, o en su caso titulares de áreas específicas para firmar convenios para la cooperación en materia, por ejemplo, cultural, ambiental o agrícola.

Es más, si el tema de la gira era la seguridad, tampoco lo acompañaron los funcionarios civiles en esas carteras: el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, o la secretaria de Seguridad, Rosa Icela Rodríguez.

No, nada de eso. Quienes acompañaron al presidente fueron los secretarios de Defensa y Marina. Tal parece que el presidente se siente cada vez más cómodo con ellos y, al mismo tiempo, se observa a ambos militares desempeñar este papel protagónico con mayor naturalidad y confianza.

Se trata de un signo más de los procesos paralelos e interconectados de militarización del gobierno civil y politización de las fuerzas armadas que está viviendo México. Estos procesos se alimentan mutuamente y lo más preocupante es que están avanzando a un ritmo vertiginoso, muy difícil de contener.

¿Qué tenían que hacer los más altos mandos militares del país acompañando al presidente a una gira de política exterior? ¿Cómo puede justificar el Ejecutivo federal su presencia en la comitiva? ¿Asistieron para reforzar la cooperación con algún Ejército de los países visitados? ¿Participaron en las pláticas con los funcionarios de los otros gobiernos? De ser el caso, ¿cuál fue su participación? El gobierno federal nos debe responder estas preguntas y otros tantos cuestionamientos.

Por ahora, para reflexionar en torno a estas interrogantes, vale la pena leer un artículo publicado en el número más reciente de la revista Proceso, escrito por Rafael Croda e intitulado “México-Cuba: López Obrador extiende la relación al plano militar”. Si bien el texto es hasta cierto especulativo, pues el gobierno federal no ha explicado por qué Ojeda y Sandoval acompañaron al presidente, también es útil para conocer las posibles consecuencias de una profundización de los vínculos entre los Ejércitos cubano y mexicano.

Por ejemplo, podría haber intercambios entre los institutos militares de ambos países para la formación de cuadros. También podría acordarse la capacitación de los oficiales cubanos a los mexicanos en labores de inteligencia y contrainteligencia.

Sin embargo, hay aspectos más alarmantes, con posibles impactos más profundos y duraderos. López Obrador podría ver al Ejército cubano como horizonte respecto al papel que deben desempeñar las fuerzas armadas en un “gobierno transformador”.

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No me refiero a la represión o al espionaje que el Ejército realiza cotidianamente en Cuba. Dudo muchísimo que eso esté entre las prioridades del presidente. Más bien, me refiero al papel que desempeñan las Fuerzas Armadas Revolucionarias (el nombre oficial del Ejército cubano) como sostén político del régimen castrista (porque sigue siendo castrista) y como administrador de empresas del Estado y de varios negocios vinculados al gobierno.

Quiero ser muy claro en lo que escribo: López Obrador no quiere convertir a México en una nueva Cuba, ni quiere transformar a nuestro país en un Estado socialista. De ninguna manera. Mi argumento es el siguiente: durante el sexenio de AMLO, las fuerzas armadas han adquirido facultades de gobierno y recursos públicos sin parar. Al mismo tiempo, se han posicionado en un lugar central del discurso público (“el pueblo uniformado”), de los actos de gobierno (véase la inauguración del Aeropuerto Felipe Ángeles) e incluso de la gestión de negocios públicos (la administración de puertos y aduanas o de los recursos obtenidos por el Tren Maya, por ejemplo).

En ese sentido, si el proyecto de la llamada “cuarta transformación” depende en cada vez mayor medida de los militares, si las fuerzas armadas participan en cada vez más decisiones y actos de gobierno y administran cada vez más recursos y negocios públicos, entonces el Ejército mexicano tiene mucho que aprender del cubano (o del egipcio o el paquistaní, por ejemplo). No hemos llegado ahí, pero ese punto está más cerca de lo que creemos si no frenamos la inercia de militarización pronto.

Nota del editor: Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro 'Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica', que se publicó en enero de 2022, bajo el sello editorial del Instituto Mora y Tirant Lo Blanch. También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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