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Disciplina, abuso e impunidad

Ante la acumulación de informaciones adversas, el lopezobradorismo ha utilizado demostraciones de lealtad y la estigmatización del desacuerdo como armas para no admitir exigencias legítimas.
mar 22 febrero 2022 11:59 PM
(Andrés Manuel Lopez Obrador durante la conferencia mañanera en Palacio Nacional)
En términos de desempeño y resultados el panorama es muy negativo para la gestión lopezobradorista (...) y los escándalos por irregularidades y conflicto de interés se han multiplicado hasta alcanzar al círculo más cercano del presidente, señala Carlos Bravo Regidor.

¿A qué propósito puede servir el endurecimiento al que durante las últimas semanas se ha entregado el lopezobradorismo? Me refiero al presidente, quien suele redoblar sus apuestas cuando va perdiendo, pero también a buena parte de su coalición: a presencias más o menos importantes en redes sociales y medios de comunicación, funcionarios locales y federales, integrantes del gabinete y legisladores.

Ese “cierre de filas” es inquietante, tanto por las indecorosas expresiones de vasallaje que ha suscitado entre actores a los que quizá les convendría al menos simular un poco de autonomía, como por las escandalosas descalificaciones que ha dirigido contra cualquier voz independiente u opositora.

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No me ocupo del contenido del discurso como tal, otros ya lo han hecho, lo que me interesa aquí es su efecto en la configuración del conflicto político. Asistimos, sostengo, a un despliegue de intransigencia sintomático de una deriva autoritaria, a una manifestación no tanto de fuerza por parte del presidente sino, más bien, de conveniencia y complicidad dentro de su propio movimiento. A ver si me explico.

En términos de desempeño y resultados el panorama es muy negativo para la gestión lopezobradorista: la pobreza ha crecido, la violencia no cede, la economía no levanta, el sistema de salud está colapsado, la educación es un barco a la deriva, no hay margen presupuestal para nada y los escándalos por irregularidades y conflicto de interés se han multiplicado hasta alcanzar al círculo más cercano del presidente.

Es cierto que la trayectoria histórica mexicana cuando López Obrador asumió el poder era poco compatible con la “transformación” que prometió y que el golpe pandémico, además, fue durísimo. Sin embargo, también es cierto que su gobierno pudo haber hecho mucho más de lo hizo –tenía suficientes mayorías legislativas y amplio apoyo popular– y que las dificultades heredadas o circunstanciales no lo exentan de responsabilidad. Al contrario, quien tiene el poder tiene que hacerse cargo y rendir cuentas.

Bueno, pues eso es precisamente lo que el endurecimiento de las últimas semanas evita: que haya responsabilidad y rendición de cuentas. ¿Por qué? Porque ante la acumulación de informaciones que le son adversas, el lopezobradorismo ha optado por convertir las demostraciones de lealtad y la estigmatización del desacuerdo en armas retóricas que inhiben la posibilidad de admitir exigencias legítimas.

Ejemplos de esa obecación sobran. Contra el INE, el INAI o la COFECE; contra la prensa, los jueces, las oposiciones o la sociedad civil. No hay disposición a asumir los hechos, a acatar lo que manda la ley ni a aceptar la validez de puntos de vista distintos.

 

La que prevalece no es ningún sentido de la realidad o del deber público, es un imperativo de adhesión y defensa. Cuando el presidente encarna a la nación y sus contrincantes son traidores a la patria no hay lugar para una ciudadanía democrática; lo único que queda es la militancia o la disidencia.

En el contexto de un gobierno que comienza a operar bajo esa lógica, los límites y contrapesos pierden eficacia, incluso valor, pues la política ya no se trata de gestionar pacíficamente las diferencias sino de concentrar poder para derrotar resistencias.

Tampoco importan las arbitrariedades, la incompetencia, el dispendio o la corrupción, todo es susceptible de ser disculpado para “no hacerle el juego” al bando contrario o por el “bien mayor” de la causa.

Al final, la disciplina que se despliega en semejante endurecimiento crea condiciones muy propicias para acallar reclamos y protestas, para desactivar denuncias y sanciones; en suma, sirve al propósito de habilitar los abusos y la impunidad por parte del líder, pero también de sus adeptos y asociados.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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