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Movimiento Ciudadano: el nuevo retorno al peor origen

La candidatura de Palazuelos muestra que lo peor de Convergencia –el oportunismo electorero de los partidos parásitos de la transición– sigue vivo a pesar de su transformación en MC.
mar 25 enero 2022 11:59 PM
Roberto Palazuelos como candidato
El empresario y actor Roberto Palazuelos fue presentado como candidato de MC a la gubernatura de Quintana Roo.

Uno de los escasos consensos que existen actualmente en la conversación pública, un argumento en el que coinciden lo mismo apologistas que detractores del gobierno, izquierdas y derechas, conservadores y progresistas, es que los partidos de oposición no han sabido constituirse como alternativas viables. Desprovistas de liderazgos atractivos e ideas innovadoras, las oposiciones no han logrado credibilidad como alternativas políticas, no representan más que una vaga identidad residual –el antilopezobradorismo– que si bien puede convocar al voto de castigo, no propone un horizonte propio ni genera mucha esperanza. El inventario de posibilidades electorales parece agotarse, en sintonía con la fórmula más desengañada y conformista del refranero mexicano, entre dos malos por conocidos (los que gobernaron ayer y los que gobiernan hoy) y ningún bueno por conocer.

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En medio de esa tierra baldía en la que se ha convertido el campo opositor comenzaba a despuntar, sin embargo, Movimiento Ciudadano (MC). Primero, abandonando la estrategia de rémora que siguió durante sus primeros años de vida, cuando se llamaba Convergencia, y durante los cuales procuró todo tipo de alianzas con el fin de conservar el registro que ahora tiene MC. Tras apoyar la fallida candidatura aliancista de Ricardo Anaya en 2018, el partido decidió apostar por sí mismo, competir solo y consolidarse como una nueva fuerza en bastiones como Jalisco, Nuevo León, Campeche, Chihuahua y Nayarit.

Segundo, reclutando cuadros de clara persuasión progresista y reconocida reputación (e.g., Patricia Mercado, Salomón Chertorivsky, Clemente Castañeda, Martha Tagle o Jorge Álvarez Maynez, por ejemplo). También abriéndole las puertas del partido a caras nuevas, a gente joven con empuje y talento (e.g., Luis Donaldo Colosio, las #MorrasChilangas o Juan Ignacio Zavala Gutiérrez). Y tercero asumiendo, a contracorriente de las fuerzas centrífugas de la polarización, una clara definición ideológica socialdemócrata: una “tercera vía” de centro izquierda, crítica tanto de la modernización neoliberal como del populismo lopezobradorista.

Desde luego, el despuntar de MC no ha estado exento de tropiezos. Por un lado, porque la gestión de Enrique Alfaro como gobernador de Jalisco no ha sido, por decirlo amablemente, lo que se esperaba. Y, por el otro lado, por el caso del Samuel García en Nuevo León, un indiscutible éxito electoral pero cuya figura como gobernador contradice, en buena medida, la imagen que el partido ha buscado construirse. Con todo, lo de Alfaro era discutible como un problema más complejo, no solo del gobernador sino de la gobernabilidad misma en Jalisco; y lo de García, con perdón de los neoleoneses, como una excentricidad hasta cierto punto no tan sorprendente en la tierra que ya antes había elegido al Bronco.

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La presentación del actor Roberto Palazuelos como su candidato a gobernador en Quintana Roo, no obstante, es más que un tropiezo: es una decisión irresponsable que muestra que lo peor de Convergencia –aquel oportunismo electorero tan característico de los partidos parásitos de la transición– sigue vivo a pesar de su transformación en Movimiento Ciudadano. Ahora ya no se trata de colgarse de partidos más grandes sino de ricos y famosos que seguramente encuestan bien, pero no tienen nada que ver con una agenda socialdemócrata ni nada que ofrecerle a la ciudadanía aparte de su celebridad.

Lo mejor que podría pasarle a Quintana Roo y a MC sería que dicha candidatura fuera solo testimonial, aunque la experiencia con Cuauhtémoc Blanco en Morelos alerta sobre la posibilidad de un peor escenario: ¿y si gana? De cualquier forma, la credibilidad de MC como alternativa opositora viable queda muy dañada. Y su dirigente, Dante Delgado, queda a su vez exhibido como un personaje que le juega en contra a lo mejor de su partido. ¿Para que tanta renovación si al final terminan imperando no nuevas ideas sino viejos instintos?

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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