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Contra los estudiantes universitarios

No se entiende la hostilidad hacia las universidades. La figura del joven estudiante tiene un lugar emotivo en la cultura política mexicana: la promesa de movilidad social a través del conocimiento.
mar 07 diciembre 2021 11:59 PM
CIDE
Estudiantes del CIDE en manifestación por el relevo de su director.

¿Qué ha significado la educación superior pública en un país tan históricamente desigual como México? ¿Por qué la figura particular de “los estudiantes” ocupa un lugar tan sensible en la cultura política mexicana? ¿Y cómo es que un presidente al que las personas con escolaridad universitaria apoyaron tan mayoritariamente (según la encuesta de salida de Parametría 65% de ese sector sociodemográfico votó por López Obrador en 2018, 20% por Anaya, 8% por “El Bronco” y 7% por Meade) se muestra ahora tan hostil contra las universidades?

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Para muchas generaciones de mexicanos, sobre todo de los estratos socioeconómicos más pobres, la educación superior pública siempre ha representado no tanto un derecho sino una promesa: la posibilidad de conseguir mejores oportunidades, de salir adelante, a través de una avenida de movilidad social no tan ancha como haría falta dadas las dimensiones del país, lenta, precarizada, pero más o menos funcional para los pocos que logran acceder a ella. Aunque en los hechos su función haya sido más la de reproducir que la de disminuir la desigualdad, pues (según datos de la Encuesta de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinoza Yglesias ) la mayoría de los hijos de padres sin educación universitaria no llegan a la universidad, mientras que la mayoría de los hijos de padres con educación universitaria sí lo hacen.

No es casual, por ende, que la figura del estudiante, sobre todo la del universitario, tenga un lugar tan emotivo en la cultura política mexicana: se trata del joven que encarna, en un entorno muy adverso, esa promesa de movilidad social a través del conocimiento. Una suerte de arquetipo de la superación improbable, de rebeldía contra la fatalidad, de voluntad de crearse un futuro que no esté determinado por condiciones ajenas a su esfuerzo y su mérito. El estudiante es, en esa definición, un “aspiracionista” en estado puro: un inconforme, alguien que aspira a desarrollar una conciencia crítica y ejercerla sobre el mundo, un disidente del destino.

Su fuerza, sin embargo, es sobre todo simbólica. Porque, según datos de la OCDE , el 82% de los mexicanos entre 25 y 64 años no tiene estudios de educación superior. Pero el poder de lo que representa, la fe en la educación como apuesta para la movilidad social, sigue dotando a la figura del estudiante de una mística muy conmovedora en el contexto mexicano.

 

Con todo, en las nuevas coordenadas de sonido y furia que ha creado el lopezobradorismo, los universitarios son un grupo muy susceptible de ser estigmatizado, incluso hostilizado. Porque son una minoría privilegiada y se han convertido en uno de los pocos sectores (junto con los desempleados, los profesionistas, los empresarios y los que no votaron por AMLO, según la última encuesta de Mitofsky ) que reprueban más de lo que aprueban al presidente López Obrador. Son quizá la vanguardia de los decepcionados, de los arrepentidos, de los que pueden decir con autoridad “yo no voté por esto”. Y los que quizá sepan articular con mayor elocuencia las mentiras, contradicciones y fiascos de un gobierno que les ha dado la espalda, tanto presupuestal como políticamente, acaso por saberlos irremediablemente perdidos en términos electorales.

La ofensiva contra las universidades, en cuyo epicentro hasta ahora han estado la UNAM y el CIDE, pero que también ha tocado a otros centros públicos de investigación, a universidades privadas e incluso a varias autónomas de los estados, es una ofensiva contra la inconformidad, la crítica y el aspiracionismo consustanciales a cualquier proyecto de educación superior.

Lejos de desarrollar una visión o una propuesta propia en ese sentido, la mal llamada “cuarta transformación” está dinamitando lo existente sin ofrecer nada mejor. Parece que este gobierno no quiere ciudadanos autónomos que busquen cambiar las cosas: quiere beneficiarios que, en todo caso, estén más cómodos con las cosas como están.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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