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#ColumnaInvitada | Estatuas y monumentos de la 4T

Es lamentable que el gobierno de la Cuarta Transformación no tenga una propuesta de historización y rememorización alterna a las disputas que hemos heredado de siglos pasados.
jue 23 septiembre 2021 12:06 AM
Estatua de Tlali, que sustituirá a Cristóbal Colón en Paseo de la Reforma
La representación de una cabeza Olmeca ha quedado en duda.

La historia, la memoria y el poder son sólo algunos de los elementos que acompañan el debate en torno a las estatuas y monumentos. Un debate siempre en construcción. Los gobiernos de todo el mundo, durante casi todas las épocas históricas, han mantenido un interés por erigir estatuas y monumentos, un sinsentido sería no hacerlo. Las historias locales y globales contienen efigies, las estatuas y los monumentos dan cuanta de todo o casi todo lo acontecido.

Las estatuas tienen una función histórica, pero también memorística y son erigidas, precisamente, para narrar la historia o para operacionalizar procesos de memoria a corto y largo plazo. Esto convierte a la historia y a la memoria en dos herramientas o instrumentos que nos permiten relacionarnos con el pasado, aunque no es lo mismo discutir en términos históricos y en términos memorísticos la función de las estatuas y monumentos. La historia y la memoria tienen operaciones distintas para elaborarse, establecerse y discutirse.

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La historia es, básicamente, una operación intelectual que pretende establecer cómo ocurrieron los hechos del pasado y del presente, pretende hacer del pasado y el presente algo inteligible, tiene pretensiones de verdad. En otras palabras, la historia es un ejercicio de lectura, consulta de archivos, fuentes, reflexión y escritura. Por su parte, la memoria es todo lo contrario, es un ejercicio de recuerdo, que suele hacerse de manera individual o colectiva.

La memoria exige cierta credibilidad, verosimilitud. La memoria busca establecer el recuerdo o los recuerdos como una verdad, algo fidedigno que es o debe ser digno de ser recordado por un sujeto o para una colectividad. Bajo este razonamiento, la historia está más del lado del conocimiento, mientras que, la memoria, está más del lado del recuerdo.

Estableciendo esa diferencia, es necesario preguntarnos: ¿qué hechos o qué sucesos son dignos de ser escritos, contados y establecidos como una narrativa histórica? ¿Quién determina qué es y qué no es histórico? Y lo mismo podemos preguntarnos para la memoria: ¿cuáles memorias son dignas de resignificar el pasado, entender el presente y construir el futuro? ¿Cuáles memorias deben ser recordadas y cuáles no? En pocas palabras: ¿quién determina lo que como sociedad debemos recordar u olvidar?

Las estatuas y monumentos están en debate. Los gobiernos y las personas que detentan el poder anhelan que, a través de las estatuas nosotros recordemos, tengamos memoria y, a la vez, conozcamos nuestra historia. Las estatuas generan preguntas, dan certezas, sentido a la población y, sobre todo, le otorgan identidad y pertenencia.

En estos dilemas nos encontramos hoy cuando se ha retirado la estatua de Cristóbal Colón de una de las avenidas más importantes y emblemáticas del país: Paseo de la Reforma, lugar donde permaneció por más de un siglo. Se sabe, hasta ahora, que las autoridades planean colocarla en un parque de la ciudad. El espacio dejado por la estatua de Colón debería ser ocupado, según las autoridades, por otra estatua que diera cuenta del mundo indígena. Se propuso idealmente colocar el rostro de una mujer Olmeca para remitir a los orígenes del mundo mexica. Ello como un homenaje muy merecido a los 500 años de la resistencia de las mujeres indígenas. Hasta hoy, esa iniciativa fue derogada debido a las polémicas más pasionales que racionales y duchas en la materia se generaron. La discusión en torno a Tlali y Colón poco o nada reflejó las tensiones y los elementos históricos y memorísticos anteriormente aludidos. Los extremos ideológicos se tocaron y convirtieron este suceso, durante días, en un escaparate mediático sin sentido.

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El retiro y reubicación de la estatua de Colón ha causado polémica, no sólo nacional, sino también internacionalmente. Para muchos, es un despropósito, un desatino quitar la estatua de ese ilustre varón. Para esos sectores, el retiro de Colón es un golpe certero a la narrativa del origen y a la memoria de la mexicanidad. Pero, para muchos otros, la remoción de Colón es un acto más que correcto, una decisión inteligente, un acto de justicia al mundo indígena. Muchos más, sólo se han remitido a aplaudir la colocación en Paseo de la Reforma de otra estatua, y si es el rostro o la estatua de una mujer indígena, mucho mejor.

Sin duda alguna asistimos a una disputa, a un campo de conflicto que suele emerger en un país que atraviesa por una transición o alternancia política. En esa disputa y conflicto están las visiones de la historia y las memorias erigidas, así como los museos, memoriales y estatuas. Todo lo que edifique y simbolice el pasado entra en conflicto y tensión con el presente. No está de más decir que las memorias, los memoriales y los museos, así como las estatuas han sido construidos desde el núcleo del poder y, quién detenta el poder sobre el pasado y el presente consolida una narrativa que, sin duda, será victoriosa para el futuro.

Justamente aquí se encuentra la disputa del nuevo régimen, en reubicar la importancia y la narrativa histórica del pasado, esa que permanecía intacta y sin ser cuestionada tampoco como ejercicio memorístico. Para el actual gobierno, es prioritario reubicar la estatua de Cristóbal Colón, eso es interesante, porque realmente no se omite a Colón del relato nacional, sólo se reduce su relevancia, se le quita del centro monumental que ocupó. No se le niega la voz a la estatua de Colón, no se le suprime su comunicación, sólo se le reubica, es más, ni siquiera se le borra su lenguaje, sigue siendo un diálogo público, pero, eso sí, emitido desde un parque de una colonia cualquiera.

Por otra parte, el pretender erigir un monumento del orbe indígena en Paseo de la Reforma es colocar –según los detentadores del poder– la identidad del llamado México profundo en el centro de la monumentalidad del país, consolidar esa narrativa identitaria y resignificar las múltiples culturas indígenas. Pero es importante preguntarnos no sólo cuál es el sentido histórico, memorístico, de colocar el orbe indígena o una mujer indígena ahí, sino también preguntarnos por el objetivo político. En ese tenor, es importante también señalar, que la estatua que se erija en Reforma, por muy loable que esto sea, proyecta ya una narrativa histórica y memorística que en principio no es para nada nueva, novedosa. Esa disputa tiene una data histórica: comenzó durante el siglo XIX, sobrevivió al siglo XX y, hoy, a dos décadas del siglo XXI sigue, penosamente, vigente. Se trata de la disputa de dos proyectos de poder político, sentido histórico y establecimiento de una práctica memorística sostenido entre liberales y conservadores.

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Es bochornoso que en el país las discusiones sigan girando sobre elementos de corte ideológico y discursivo más que contenidos históricos y memorísticos de las estatuas, monumentos y espacios públicos. Es sumamente lamentable también que el gobierno de la Cuarta Transformación no tenga una propuesta de historización y rememorización alterna a estas disputas que hemos heredado de siglos pasados. El fracaso de esta iniciativa puede dar cuenta de la muerte del Estado y sus agentes como generadores de un nuevo sentido, una nueva identidad para el México del presente, el cual, está sumamente lejos de esas concepciones y disputas heredadas de siglos pasados. Se antoja perverso, pero la omisión de la discusión histórica y memorística en torno a las estatuas y monumentos, parece regirse por un imperativo en construir unas narrativas históricas de víctima y victimización. Tal parece que ésta es hoy la tónica y propuesta memorística emanada desde el poder local y federal.

No es fortuito, de esta forma las autoridades se autopromueven, simbólicamente, como un patriarca que otorga justicias y resarcimientos a todo ese mundo de víctimas que los rodean, los interpelan y les demandan. ¿Por qué creer esto?

Observando más a detalle, todo parece indicar que el sentido u objetivo histórico y memorístico de esta iniciativa camina en dos pistas: una es la aceptada por su legitimidad, además que es diplomáticamente correcta, se trata de la resignificación y el resarcimiento del orbe y la mujer indígena. La mujer indígena como generadora de vida, ello resignifica también la maternidad del México profundo. La otra vía ha sido poca observada, aun a pesar de su gran calado, es la de ponderar la idea de víctima y victimización, como una posible categoría identitaria e inmanente de todas y todos los mexicanos.

Sea o no Tlali la estatua que sustituya a Colón, sea el cuerpo de una mujer o algo más que represente el universo indígena lo que ocupe el lugar en Paseo de la Reforma, tiene, como ya se señaló, una tendencia a crear una victimización no problematizada, sino, simplemente asumida. Desde ahí las autoridades replantearían la idea de la Conquista y de ese México prehispánico que fue vilipendiado, saqueado, derrumbado y, en buena medida, borrado.

Colocar la estatua del rostro o el cuerpo de una mujer indígena u otro elemento del mundo prehispánico, semeja una apuesta por rememorizar, más que por rehistoriar las consecuencias de la violencia que la hispanidad, la religión, el racismo y el clasismo anclaron en México. Tal parece que la única alternativa es crear una estatua que direccione ganar espacios y monumentalidad al triunfo hispánico, eso que, queramos o no, articuló bien o mal, el mestizaje a través de las armas y la religión.

Sin duda, quitar a Colón de Paseo de la Reforma y colocar ahí un rostro, una estatua o un monumento reivindicatorio del mundo prehispánico no es una decisión inteligente, no es un desatino, tampoco es un golpe a la memoria, es un proyecto de nación que pugna por poner en el centro de la historia y la memoria el mundo precolombino por muchos años, soterrado, silenciado e invisibilizado, según los emprendedores de ese proyecto. Esa monumentalidad quiere dejar constancia que el actual gobierno de México hace justicia, resarcimiento y se acerca de manera crítica a nuestro pasado, obligando a borrar esa historia ideologizada, esa memoria romántica de la conquista y sus grandes héroes, cuando a todas luces, evidentemente, lo sucedido fue otra cosa muy diferente.

Habrá que evaluar si en el gobierno de la Cuarta Transformación hay un empeño por erigir una estatuaria desde la perspectiva de víctima y victimización como origen de nuestra identidad. No sé que tan sano sea ese acercamiento poco reflexivo, y más bien, sumamente impulsivo. Sin duda, es riesgoso aseverarlo, pero tiene mucho sentido si observamos las formas de gobernar y los discursos del actual gobierno.

Sin duda, la Cuarta Transformación ha evadido la discusión de las estatuas y monumentos desde la perspectiva histórica y memorialista, eso puede ser un reflejo de la existencia de un vacío que como Estado tiene para generar propuestas que otorguen sentido e identidad a la sociedad mexicana del presente y no necesariamente apelar a la figura de víctima y victimización. Tal parece que este gobierno y sus actores, únicamente se ha dedicado en priorizar la monumentalidad, esa que nos asume como víctimas. Si así fuera, este gobierno queda como un gobierno ocupado en otorgar simbólicamente justicia y resarcimiento a sus víctimas.

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Notas del editor:

El autor es académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana ( rodolfo.gamino@ibero.mx ). Recientemente presentó su libro La patria de los ausentes.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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