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La alquimia nacionalista

Una anécdota sobre lo eficaz y poderosa que es la alquimia nacionalista puede resultar ilustrativa para la situación actual del país.
mar 22 junio 2021 11:59 PM
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El sentimiento de nacionalismo en México no sólo se expresa en las fiestas patrias.

Ahora que vuelven a sonar los tambores del nacionalismo, esta vez en torno a la política energética del actual gobierno, he recordado una anécdota a propósito de la poderosa alquimia que produce ese sentimiento. No tiene nada que ver con energía ni con la autodenominada “cuarta transformación”, pero de todos modos me parece que puede resultar sintomática o ilustrativa.

Hace muchos años fui a un concierto en Monterrey. Estoy seguro de que no fue la primera vez que visité la capital regia, aunque la recuerdo como si lo hubiera sido. Mi impresión de esa ciudad, la imagen más acabada que tengo de ella como un malogrado pero interesantísimo encuentro entre la industria y el rancho, entre la frialdad de Houston y la franqueza de la carne asada, se forjó en ese viaje.

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Se suponía que íbamos a ver a “los tres tenores”. Gran acontecimiento para mi familia, que durante más de una década no se había cansado de escuchar el disco de un recital que dieron en Roma, poco antes del Mundial de Italia ‘90, Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti. Era como el soundtrack de las comidas cada domingo. A veces, incluso, los adultos subían a ver el video al cuarto de la tele” en casa de alguno de mis tíos o de mi mamá. Los más jóvenes preferíamos jugar futbol, aunque tarde o temprano terminábamos también fascinados frente a la pantalla donde esos señores cantaban prodigiosamente Granada, No puede ser, Torna a Surriento, O sole mio o Nessum dorma mientras eran dirigidos por un director de orquesta que sonreía demasiado.

Se anunció que darían un concierto en Monterrey y un extraño entusiasmo se apoderó de la familia. Planeamos pasar ese fin de semana allá. Acudir a un museo, ir a comer cabrito y, por supuesto, asistir elegantísimos al espectáculo en cuestión. Pero en el entusiasmo de escuchar a los tenores convirtiendo el Parque Fundidora en las ruinas de Caracalla, nadie pensó en el calor...

Al llegar al hotel nuestras reservaciones no aparecieron. Tras un pleito inútil, tuvimos que buscar otro sitio donde quedarnos. Además del concierto, había no sé qué feria internacional en esas mismas fechas. El ambiente era a un tiempo festivo y desbordado. El orgullo de nuestros huéspedes por ser la sede de sendos “eventos de clase mundial” parecía inversamente proporcional a su capacidad de organizarlos. Los taxistas que nos llevaron de un lugar a otro contaban que todo era “un cagadero”. Uno de ellos, de hecho, confirmo un rumor contra el que hasta ese momento habíamos preferido sordearnos: “El italiano no viene, se está muriendo”. Al notar nuestro rictus de contrariedad, añadió solidario: “pero no se agüiten, va a estar con madre”.

Al día siguiente acudimos desganados al museo. Luego recuperamos ánimos con un cabrito muy sabroso. México casi siempre decepciona salvo en una cosa, su comida. Más tarde regresamos al hotel para arreglarnos como si fuéramos a la ópera, aunque antes de siquiera ingresar al Parque Fundidora ya sudábamos como si hubiéramos ido a un rave. En los alrededores del improvisado recinto mandaba la anarquía. No había señalizaciones, el personal estaba rebasado, las filas eran larguísimas y ninguna se movía. Caminábamos de un lado a otro sin poder ubicar nuestro acceso. A los lejos escuchamos un rugido colectivo de “¡fraude, fraude, fraude!”. Pronto supimos que era el reclamo de los afectados por una grada que había colapsado. Uno de mis tíos comenzó a despotricar contra el gobierno y la “idiosincrasia del mexicano”, desembocando en un amargo lamento sobre por qué no sabemos hacer las cosas bien en este país. Dos minutos después sobornó a un elemento de seguridad para que nos dejara pasar por una entrada que no era la nuestra.

 

Cuando por fin nos sentamos, el sonido local anunció que en lugar de Pavarotti estaría “El Potrillo”, Alejandro Fernández. Y que habría otras “sorpresas”. En suma, el concierto ya no fue el de los tres tenores sino el de dos tenores y un charro intercalando una que otra aria de ópera entre lo que más bien fue un programa de música mexicana. El público, antes exigente y enardecido, en un instante olvidó –mejor dicho, olvidamos– los agravios acumulados. ¿Qué importa el calor, el hotel que no respetó la reservación, una ciudad tan orgullosa como desorganizada, la ausencia del “Aramis napolitano”, los gritos de fraude, la anarquía, el soborno… cuando uno puede celebrar cantando “lo nuestro”: Júrame, Bésame Mucho, Guadalajara, México lindo y querido o Cielito Lindo? Carreras, Domingo y el Potrillo lucían gratamente sorprendidos ante la entrega y las ovaciones. Los organizadores, imagino, deben haber experimentado también un tremendo alivio...

Cada tanto alguna voz gritaba “¡Viva México!” y la multitud, eufórica, no dejábamos de responder “¡viva!”. Al final hubo un redundante espectáculo de fuegos artificiales.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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