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La nueva construcción

Al país se le vino encima una tormenta perfecta de cuatro crisis simultáneas: sanitaria, económica, de seguridad y, pronto, se agregará una financiera.
jue 10 septiembre 2020 06:20 AM
La tormenta perfecta que acecha a México tiene cuatro ingredientes.
La historia de la tormenta nos gusta porque sabemos que puede matarnos si no estamos atentos. ✓

Vaya que sería atractivo y placentero vivir en lo que se describe por el Presidente cada mañana. Parecería que en ese país los problemas no existen. Ahí la pandemia ya se superó. En su descripción no hay crisis económica. En sus palabras la inseguridad es algo del pasado. En sus pensamientos la corrupción ya se agotó. En lo que nos cuenta ni siquiera se vale estresarse por carencias materiales.

En resumen, en la 4T se vive en absoluta bondad y no hay nada que criticar, salvo lo que provenga del llamado neoliberalismo y conservadurismo (términos que se aplican con absoluta arbitrariedad para descalificar todo lo que no le guste). Lamentablemente habrá que insistirle al Presidente que para todos nosotros que sí estamos con los pies en la tierra, la realidad de la nación es muy distinta.

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En entregas previas, hemos descrito puntualmente cómo al país se le ha venido encima una tormenta perfecta. La conjunción de cuatro crisis simultáneas (sanitaria, económica, seguridad y pronto la financiera) es algo que no se había visto en los últimos 100 años en el país, quizá ni siquiera en 1932 (Arturo Herrara dixit) fue tan grave.

Y aunque nos digan que ante la peor crisis tenemos el mejor gobierno, eso no resiste el menor análisis serio cuando está claro que en cuanto a las autoridades federales se reduce a una persona, el Presidente, que en lugar de tener asesores de calibre, salvo quizá el canciller Ebrard, el resto del equipo es un grupo de fieles y religiosos seguidores (incapaces de contradecir o corregir al líder), pero claramente incompetentes en las carteras que administran y responsabilidades que deberían administrar.

Haciendo a un lado los datos alternativos sobre el país y el mundo con los que suelen departir en Palacio Nacional, lo que estamos presenciando es un escenario realmente complejo que no va a desaparecer por simple terquedad en discursos mañaneros. Pero el alejarse de la realidad no funciona porque al ciudadano de a pie no se le puede engañar en cuanto a que la mortandad, carencias, hambre, inseguridad e incertidumbre con la que conviven todos los días no desaparecen por mera confianza ciega a lo que escucha del primer mandatario en soliloquios diarios.

Y es por eso que no se puede mantener la ruta que nos conlleva a agravar cada vez más la de por sí ya muy grave situación. Con ya cerca de 70K muertos por la pandemia, una violencia exacerbada que amenaza con volver a tener un año récord en homicidios dolosos en 2020, una caída en el PIB que muchos expertos estiman entre 12 y 15 puntos porcentuales, la desaparición de ingresos para al menos 20 millones de habitantes, la destrucción de cientos de miles de empresas de todos tamaños, y la desaparición de muchos proyectos de inversión privada, el no hacer nada por corregir el rumbo resulta suicida.

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La ausencia de contrapesos es un problema real en el país, en gran medida resultado directo de la apabullante inclinación a favorecer a Morena en la decisión electoral atípica de 2018 (en que el voto divergente se concentró en un solo color como reacción de rechazo a los abusos del sexenio en ese momento en ocaso). Pero se empieza a ver y a sentir ya con gran fuerza que emerge un movimiento diferente, en esta ocasión no de los sectores políticos tradicionales. No. Es ahora la ciudadanía, la sociedad civil, los colectivos, los líderes locales, los gremios regionales, los habitantes en general que han visto que es momento de tomar las riendas del destino y no ser meros espectadores.

Y no es para menos. Si la evidencia de la destrucción del país es tan evidente y el Presidente y su gobierno no están dispuestos a hacer nada al respecto, y en su lugar en su informe más reciente nos miente con vehemencia en cuestiones objetivamente indefendibles, no es lógico que los demás integrantes de nuestra sociedad permanezcamos impávidos. No podemos hacerlo porque ello nos haría cómplices del actual destino que es devastador. Y seamos claros, la reacción es necesaria porque, como en todo, son los sectores más desprotegidos a los que más se impactará, y es con ellos con quienes requerimos absoluta solidaridad antes de que se les vuelva a derribar una esperanza de cambio y condenarlos a una nueva disminución real de sus expectativas de mejoras en calidad de vida.

El reto es cómo sincronizar muchos engranes que no están necesariamente unidos. Hay un sentir amplio y creciente de muchísimos sectores que finalmente han despertado ante la necesidad de actuar. Sin embargo, el mosaico nacional es complejo. Las realidades son muy distintas en las diversas regiones del país porque hay muchos elementos distintivos y necesidades particulares heterogéneas. Y sin embargo, hoy en día la situación es tan grave en los temas más elementales, que hay hilos conductores básicos que nos unen.

Temas como salud, educación, trabajo, economía, seguridad, justicia, sustentabilidad, Estado de Derecho y equidad permean a todos y constituyen una agenda mínima común ciudadana. En esos valores no hay diferencias porque a todos conviene que se rescaten y fortalezcan. Son las columnas vertebrales del país que todos queremos y merecemos. Las cosas que nos dividen deben pasar a un segundo plano en un momento en que el buque se hunde y el capitán se dedica al engaño colectivo y propio mientras instruye a la banda musical no dejar de tocar los acordes de su preferencia.

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Es así que vemos un futuro promisorio con un despertar multisectorial, gremial, regional, social, cultural y étnico que emerge con fuerza y determinación. Nadie mira al pasado. La idea es reconocer todo lo que se hizo mal antes y no repetirlo. Pero sí rescatar el valor de tener derechos, libertades e instituciones fuertes que ya se iban consolidando, abandonar el caudillismo, y confiar en que sí se puede construir un país justo, seguro, pacífico, incluyente y facilitador para la creación de riqueza y movilidad amplia. Es en esos objetivos en los que nos debemos concentrar. Es con esa convicción, congruencia y perseverancia que los deseos de abatir las diferencias, lastres e injustos rezagos se puede hacer realidad.

Para lograrlo, tendremos que encontrar la fórmula cohesiva. La ciudadanía debe blindar la agenda que fije el nuevo rumbo del país, uno que sirva de guía para el reto que tenemos todos y en el cual la elección intermedia del 6 de junio de 2021 es una parada obligatoria. El elemento clave parece ser una amplia generosidad en el cual los intereses particulares se sometan a los elementos claves de la agenda mínima común ciudadana arriba descrita.

Con esas prioridades se consolidará un plan de rescate y redefinición nacional. Ese plan es el que suscrito, avalado y confirmado por un amplio colectivo ciudadano, en un momento posterior tendrían que avalar y supeditarse al mismo los partidos políticos que quieran estar del lado de la ciudadanía en la ruta reconstructiva. Como parte del ejercicio se requeriría que empresarios, sindicatos y otras organizaciones se sujeten y trabajen de la mano de la ciudadanía en el diseño y ejecución del plan maestro nacional. Hay que señalar que varios de esos sectores hoy no han demostrado la voluntad de defender al país, y en su lugar han optado por proteger sus intereses en demérito de la población, simplemente por quedar bien con los gobernantes en turno.

Dicen que no hay mal que por bien no venga. La actual calamidad multifactorial y el nulo gobierno han propiciado un despertar que no se apreciaba posible hasta hace poco. La apatía, complicidad, desinterés y complacencia se han roto ante los riesgos visibles, actitud que requerimos sea en lo sucesivo una constante y no una mera golondrina momentánea.

Así vemos con optimismo que finalmente se puede construir un país con los elementos esenciales que a todos conviene. La coyuntura lo propicia, pero lo que se quiere construir es algo estructural y transexenal. Es esta nueva construcción la que deberá evolucionar a ser la base de una nueva nación de mucho mayor justicia y equidad. En torno a dichos objetivos difícil ver quien se quiera oponer o no, solidarizar porque cabemos todos y a todos nos permitirá tener un mejor lugar donde vivir. Hoy eso no es así y no vamos en la dirección correcta.

Por ello importante abrir los ojos y todos colaborar como nos corresponde. El caso contrario implicaría erradicar la posibilidad de tener un mejor país y de entregar el destino, nuestro y de nuestros hijos, a quienes pretenden generar un estado autoritario, carente de instituciones y derechos, y con un perfil errático a la usanza del líder en turno. La misión entonces es evitar esos caprichos y consolidar el país de libertades que la nueva construcción apuntala y logrará. La decisión del destino está en nuestras manos. Ahora toca actuar, diaria e incansablemente. No hay tiempo que perder.

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Notas del editor: Juan Francisco Torres Landa es Miembro Directivo de UNE.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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