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Mirar a los que miran

El columnista muy rara vez arriesga un gesto que relativice su propia perspectiva, que trate de entender la perplejidad de quienes tal vez miran lo mismo que él, pero sin compartir su punto de vista.
mar 08 septiembre 2020 11:59 AM
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Momento antes del derrumbe de las Torres Gemelas.

Es la mañana del martes 11 de septiembre de 2001. A Patrick Witty lo despierta un grito. Piensa que alguien se cayó desde una ventana del pequeño edificio en el que vive, en la zona sureste de Nueva York. Apenas se está incorporando cuando suena el teléfono. Al contestar, un amigo le dice: “¡Sube al techo, un avión acaba de chocar contra el World Trade Center!”. Witty toma su cámara y corre a la azotea. Entre el humo que las rodea, ve fuego en ambas torres. Otro avión acaba de estrellarse, no es un accidente. Entonces baja a la calle.

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Al caminar con los ojos clavados en las torres gemelas, advierte papeles revoloteando en el aire y escombros cayendo al suelo. También escucha golpes secos, como de autos chocando. Es el sonido de cuerpos golpeando el piso.

En medio de la conmoción, sintiéndose saturado por la escena infernal del ataque, gira la cabeza y se topa con una multitud de rostros estupefactos mirando hacia arriba. Les toma una foto. Luego escucha un estruendo a sus espaldas. Voltea de nuevo y observa cómo la primera de las torres, con el peso de sus 110 pisos, se desploma. Una nube inmensa de polvo se precipita hacia él.

“Entonces dejé de pensar en fotografiar y, a partir de ese momento, empecé a pensar en sobrevivir”, recuerda. “Y, como todo el mundo, corrí.”

 

Es cualquier mañana del 2020. Un columnista se levanta de la cama, toma el primer café del día y repasa la prensa mientras escucha “la mañanera” en el departamento del edificio donde vive. Quizás anota un par de frases, lee las principales noticias y lo que escribieron otros columnistas; piensa tres o cuatro ideas para su próxima entrega. Nada lo sorprende. Todo transcurre conforme a una muy arraigada rutina. El país puede estar envuelto en la más oscura incertidumbre, pero él no duda. Está comodísimo no sólo en la seguridad de sus opiniones sino, más aún, en la escena donde tiene fija la mirada: el presidente, los políticos, la grilla. Casi todo, casi siempre, se trata de eso. De la política como espectáculo, de la república como un hipódromo. ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿Y por cuánto?

El columnista no habita en lo que escribe con el apremio o el desconcierto del fotógrafo que encara un atentado. Muy rara vez gira la cabeza y aventura una toma que haga explícita la relatividad de su propia perspectiva o que registre el asombro de quienes miran lo mismo que él, pero sin compartir necesariamente su punto de vista. El columnista no está acostumbrado a tratar de mirar lo que miran otros ojos, ni a mirarse a sí mismo en ellos. Por eso tantas columnas terminan convertidas en un género más cercano al panfleto que al ensayo. Les sobra la despreocupación de ser predecibles y les falta la perplejidad de quien, como Witty, apenas descubre lo que está pasando y tiene que salir corriendo.

Echo en falta algo de esa capacidad de arriesgar, de poner en entredicho la tranquilidad desde la que escribimos, en nuestro columnismo. A veces la única forma de seguir pensando es hacer lo que Witty: girar la cabeza y mirar a los que miran.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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