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La llama de la indignación

Sucede con frecuencia que la llama de la indignación es más calor que luz. Una cosa dar voz a un potente afán justiciero y otra, muy distinta, lograr que se produzca un genuino acto de justicia.
mar 05 mayo 2020 11:59 PM
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Cercanía. Como funcionario, García Luna acompañó en todo el sexenio a Felipe Calderón.

Los presuntos vínculos del calderonismo con el narcotráfico, a través de la figura de Genaro García Luna, han desatado un justificadísimo escándalo desde hace varios meses. Que el funcionario a cargo de la política de seguridad del gobierno que declaró la “guerra contra el crimen organizado” esté detenido en Estados Unidos bajo la imputación de haber aceptado sobornos para favorecer al Cártel de Sinaloa es un hecho sin precedentes, tanto por el nivel de responsabilidad que ejerció como por lo que significa para la historia de ese sexenio. Se trata de una noticia demoledora para la ya de por sí deteriorada confianza pública en las instituciones, que proyecta una oprobiosa sombra de sospecha sobre el expresidente Calderón y que resulta profundamente indignante para la ciudadanía.

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Sucede, no obstante, que con frecuencia la llama de la indignación es más calor que luz. Que exprese una ira con sobrados motivos para arder no implica que alumbre una solución a las causas que la encienden. Su vehemencia no tiene por qué restarle legitimidad, pero ni una ni otra significan capacidad de hacer diferencia. Una cosa es dar voz a un potente afán justiciero y otra, enteramente distinta, lograr que se produzca un genuino acto de justicia. No es que indignarse sea estéril, es que la indignación siempre corre peligro de terminar bastándose a sí misma, de convertirse en una forma de autoengaño o autocomplacencia, incluso en un espectáculo de desahogo narcisista que deja intacto aquello que la provoca en primera instancia.

Algunas de las reacciones a la entrevista con Roberta Jacobson publicada el domingo pasado en el semanario Proceso constituyen un buen ejemplo, digamos, de que incendiar un tema no es lo mismo que iluminarlo. La exembajadora estadounidense afirma que la misión diplomática a su cargo tenía información y escuchaba rumores, pero jamás contó con datos corroborados por fuentes imparciales respecto a las “andanzas” de García Luna, al tiempo que rechaza la “duplicidad” de culpar a Estados Unidos y no a México por cualquier omisión o encubrimiento, pues “el gobierno mexicano sabía tanto como nosotros, si no es que más, y nunca tomó acciones”. Jacobson se cuida de no revelar ninguna evidencia concreta. Aún así, el deslinde es claro, contundente y eficaz: en ese momento, tomar cartas en el asunto era responsabilidad de las autoridades mexicanas, no de las estadounidenses. Sus declaraciones, como chispa en campo seco, volvieron a prender la llama de la indignación contra el calderonismo.

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Con todo, esa llama insiste en consumirse como si no tuviera otra utilidad que la de su propia combustión. Como si el poder de su fuego no le alcanzara para imaginarse traducida en algo más que una fogata ritual. Es como si López Obrador y muchos de sus simpatizantes se hubieran resignado a que la única justicia posible contra la corrupción, la impunidad o el crimen organizado es la que ofrece la denuncia moral o la que se negocia en los tribunales del otro lado de la frontera. Sermones o outsourcing, pues, en lugar de que las autoridades mexicanas ahora sí tomen cartas en el asunto y asuman su deber de investigar, procurar y administrar justicia.

La llama de la indignación tendría que servir no solo para condenar al calderonismo, sino también para exigir al lopezobradorismo que deje de postergar su responsabilidad histórica con el pretexto de evitar que las oposiciones pudieran denunciar que se trata de una “persecución política” o de que es mejor “mirar hacia adelante”. Es necesario escapar de esta trampa en la que el discurso de la indignación impera y, sin embargo, la corrupción no se castiga, la impunidad no se reduce y el crimen organizado sigue tan campante. La reiteración de que “no somos iguales” o la promesa de que “eso ya se acabó”, no es un sustituto de la justicia. Sin acciones decididas y ejemplares que de veras marquen un antes y un después, la indignación contra el pasado no lo hará rendir cuentas sino apenas fungirá como una distracción para que el presente, al final, tampoco lo haga.

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Twitter del autor: @carlosbravoreg

Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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