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La ciencia como pretexto para acallar

El conocimiento científico siempre es una conversación, nunca una orden. Invocar la autoridad de los expertos para descalificar a quien duda o cuestiona es antidemocrático y, además, anticientífico.
mar 21 abril 2020 08:45 PM
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Cada noche, a las 19:00 horas el subsecretario Hugo López-Gatell presenta el informe del avance del coronavirus en el que ha reconocido que pueden existir inconsistencias por variaciones en los datos entregados a la Secretaría de Salud.

Ayer repudiaban la arrogancia tecnocrática de los economistas, ese alarde de falsa superioridad que desestima como irrelevante la opinión de quienes no son expertos en economía. Hoy tratan de cerrarle la boca a cualquiera que intente opinar sobre la emergencia sanitaria si no es especialista en epidemiología. La duda y la crítica, esos recursos que tanto supieron ejercer antes, cuando estaban en la oposición, ahora que están en el poder les parecen una necedad, una afrenta o un peligro. Es como si su militancia política se hubiera vuelto incompatible con la lealtad a la democracia. Como si su derecho a defender al gobierno significara que ya se les olvidó, que ya no entienden o no tienen que tolerar el derecho a disentir. Porque en lugar de responder con datos y argumentos suelen hacerlo asumiendo que todo cuestionamiento forma parte de una maquinación. No aclaran las dudas ni rebaten las críticas, descalifican a quienes las plantean. No admiten diferencias, solo imputan malas intenciones. Parece que su convicción lopezobradorista, o lopezgatellista, llega a tal extremo que les impide aceptar la posibilidad de desacuerdos legítimos.

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Buscan invocar el prestigio social de la ciencia para evadir el rigor del debate científico. Quieren que la ciencia sea una proveedora de certezas definitivas, de respuestas irrefutables. Pero la ciencia no es eso, no puede serlo. Es, más bien, un campo de disputa permanente y de preguntas que nunca terminan. El conocimiento científico, para serlo de veras, necesita basarse en evidencia accesible y en una teoría clara, ser explícito en su método, poder replicarse y, sobre todo, estar formulado de tal manera que sea susceptible de ser refutado. De eso se trata, en ello reside su paradójica fortaleza: en no confiarse, en estar siempre sujeto a escrutinio, en irse forjando no a partir de la conformidad sino del conflicto. Tratar de acallar a quienes lo interpelan pretextando que ellos no tienen credenciales científicas, e incluso atribuyéndoles motivaciones perversas o inconfesables, no es ayudar a la causa de la ciencia, es hacer política apelando a ella no como una forma de conocimiento sino como un recurso de autoridad.

Porque el conocimiento científico es una conversación, no una orden. Coteja, delibera, persuade, no decreta ni impone. Y gana credibilidad pública en la medida que es transparente, que se pone a prueba, que se muestra útil. No cuando se insiste en promoverlo como si fuera un dogma de fe, más propio de una comunidad de devotos que de ciudadanos, como si la suya fuera una verdad revelada e incuestionable (lo contrario, literal, de lo que constituye una verdad científica). Qué flaco favor le hacen en ese sentido los propagandistas de la 4T a Hugo López-Gatell cuando aseguran que sus conferencias vespertinas son la única fuente de información confiable, que ahí está todo lo que hace falta saber, claro y completo, perfectamente explicado y al día.

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Por un lado, porque le ponen la vara a una altura que no puede cumplir o, para ser más exacto, a la que la información que da a conocer el subsecretario no puede estar, pues el sistema mediante el que esa información se genera no es perfecto, tiene sus limitaciones y problemas de calidad (él mismo lo ha reconocido), se integra a través de una cadena burocrática en la que hay retrasos, imprecisiones, errores, etc. Y, por el otro lado, porque al tratar de silenciar a quien tenga dudas o críticas al respecto, a quien podría precisamente señalar las consecuencias indeseables de esas limitaciones o errores, dichos propagandistas se privan a sí mismos y nos privan a los demás de escuchar argumentos que tal vez nos ayudarían a corregir y, de ese modo, a acercarnos un poco más a la verdad de las cosas y a tomar mejores decisiones. Hacer de la ciencia un fetiche para invalidar a las voces disidentes es un acto no solo antidemocrático sino, además, profundamente anticientífico.

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Twitter del autor: @carlosbravoreg

Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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