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La crisis como acelerador de la historia

Al margen de las especificidades de cada país, varias voces han observado que la crisis parece reforzar ciertos patrones que ya se venían perfilando desde antes.
mar 14 abril 2020 08:45 PM
AMLO y G-20.jpeg
Intervención del presidente López Obrador en el G-20.

Las crisis, como se decía antes de las revoluciones, son aceleradores de la historia. No es que destruyan el rumbo de los acontecimientos; es, más bien, que aumentan la velocidad a la que transcurren. Lo que en tiempos “normales” era más incierto y hubiera tardado años, en condiciones extraordinarias se vuelve definitivo en cuestión de días. Lo que varía, lo que se rompe, no es tanto la orientación sino el ritmo de los procesos históricos. Lo que era posible se hace probable, lo que era probable se hace patente. De ahí la célebre frase de Lenin que tantos han recordado durante estos últimos días: “hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”.

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La historia tiene algo de decepcionante, de conservadora. Porque no inventa, no innova, no improvisa. No se puede emancipar del todo de sus propias inercias, hace lo que puede con lo que tiene (o, para decirlo con la pedantería propia de la academia, es “path dependent”). Desde luego, siempre hay ironías, sorpresas y márgenes de incertidumbre. En la historia nada está escrito; pero tampoco nada se escribe como si la hoja estuviera en blanco, de la noche a la mañana, ni en renglones limpios y derechitos. El cambio histórico existe; sin embargo, nunca ocurre súbitamente o conforme a las intenciones ni a la voluntad de nadie. Parafraseando a Lennon, la historia es eso que les pasa a los hombres mientras ellos están ocupados haciendo planes para cambiarla.

Desde luego, es el caso de la contingencia del coronavirus con el presidente López Obrador, con su proyecto y sus simpatizantes. El fenómeno, con todo, es más amplio. A nivel global, la emergencia sanitaria y económica también ha apresurado los tiempos y reafirmado múltiples tendencias. A los gobernantes eficaces les ha permitido mostrarse en la plenitud de su eficacia (por ejemplo, en Taiwán, Corea del Sur o Japón); a los autoritarios los ha habilitado para ser más autoritarios de lo que ya eran (en Hungría, Filipinas o Israel); y a los incompetentes los ha exhibido como aún más (en Estados Unidos, Brasil o, ni hablar, México). Con todo, al margen de las especificidades de cada país, varias voces han observado que la crisis parece reforzar ciertos patrones que ya se venían perfilando desde antes, pero cuya fisonomía ahora luce más clara y, sobre todo, fortalecida.

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Me concentro en apenas uno de dichos patrones, a saber, el fin de la era de la globalización. Y rescato al vuelo los comentarios de tres analistas internacionales de primer orden. Según John Gray, estamos ante “un sistema económico basado en la producción a escala mundial y en largas cadenas de abastecimiento que se está transformando en otro menos interconectado. Un modo de vida impulsado por la movilidad incesante tiembla y se detiene. Nuestra vida va a estar más limitada físicamente y a ser más virtual que antes. Está naciendo un mundo más fragmentado que, en cierto modo, puede ser más resilente”. En palabras de Robin Niblett, “parece muy poco probable que en este contexto el mundo regrese a esa idea de una globalización mutuamente benéfica que definió el principio del siglo XXI. Y sin el incentivo de proteger las ganancias compartidas de la integración económica, la arquitectura de la gobernanza económica global establecida en el siglo XX puede atrofiarse rápidamente”. O, según la opinión de Kishore Mahbubani, “la pandemia de COVID-19 no alterará la dirección global de la economía. Solo acelerará un cambio que ya había comenzado: un desplazamiento desde una globalización centrada en Estados Unidos a una globalización centrada en China”.

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Me interesa sobre todo este último por la complicación que plantea. Globalizaciones ha habido varias a lo largo de la historia, la que ahora parece llegar a su fin es solo la más reciente de ellas. La pandemia de Coronavirus y el cada vez más evidente deterioro de la hegemonía estadounidense no tiene por qué significar que el mundo opte por la desintegración económica ni que el sistema de gobernanza económica global vaya a colapsar. El futuro siempre se parece, de un modo u otro, al presente del que emana. Y la emergencia de China como nueva potencia internacional es inexplicable sin ese proceso de globalización que comenzó a finales del siglo XX. Y para consolidar la nueva hegemonía china la globalización no es un hecho prescindible sino indispensable. Si el Covid-19 representa el fin de algo, no es el fin de la globalización sin más: es el fin de una globalización y el principio de otra. Y no necesariamente, me temo, más democrática ni más justa que la anterior.

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Twitter del autor: @carlosbravoreg

Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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