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La Estampa | López Obrador, conmovido

El presidente de México está en su derecho de conmoverse por la sentencia al 'Chapo' Guzmán, un hombre responsable de inagotables atrocidades, escribe León Krauze.
lun 22 julio 2019 06:30 AM
El Chapo en juicio.jpeg
Sentenciado. Guzmán Loera recibió una condena de cadena perpetua más 30 años.

Joaquín Guzmán pasará el resto de su vida en la prisión más impenetrable del planeta. A los 62 años, no es imposible que viva décadas en solitario, 23 horas al día en una celda mínima, con una única ventana de veinte centímetros de ancho, sin posibilidad de interacción con otros presos, ya no digamos el mundo exterior.

A este destino, el presidente López Obrador ha reaccionado “conmovido”. “Yo no quiero que nadie esté en la cárcel, que nadie sufra. Yo soy un idealista, creo en el amor, en la fraternidad, en la felicidad", dijo López Obrador.

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El presidente de México está en su derecho de conmoverse por la sentencia a Guzmán. Cada uno elige, desde su brújula moral, el destinatario de su compasión. Pero la declaración presidencial merece una nota al calce y una pregunta. López Obrador ha elegido conmoverse –ojo: en público, no en privado– por un hombre responsable de una lista inagotable de atrocidades. Joaquín Guzmán es responsable, de manera directa o indirecta, de decenas de miles de muertos en México.

Con torturas, extorsión y violencia de terrible saña, los asesinos a sueldo de Guzmán aterrorizaron buena parte del país por años (quizá el tiempo verbal correcto sea el presente: la organización criminal de Guzmán sigue viva, por supuesto).

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Las autoridades estadounidenses calculan que Guzmán traficó, a lo largo de varias décadas, miles de toneladas de droga a Estados Unidos y el mundo, envenenando a millones. Durante el juicio en Nueva York, la fiscalía reveló, además, que Guzmán era pederasta y depredador sexual.

Este es el hombre que le ha conmovido el corazón humanista al presidente de México. E insisto: no ocurrió en privado sino frente al gran público que se congrega frente a televisores y en páginas de Internet para escuchar la diaria homilía mañanera.

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López Obrador ha dicho que es dueño de su silencio. Así es, pero lo es también de sus palabras. Fue él quien decidió manifestar, en público y en esos términos casi místicos, su conmoción por el destino de Joaquín Guzmán. Pudo haber callado, pudo haber evadido la pregunta (lo ha hecho antes en casos parecidos). No lo hizo: dijo lo que dijo.

Y aquí corresponde la pregunta: ¿por qué no aprovechó la ocasión para hablar de las auténticas víctimas de la violencia en México, para manifestar esa misma conmoción explícita por los dolientes? ¿Los muertos de Guzmán, Los envenenados por Guzmán: no son ellos quienes merecen, antes que nadie, nuestra compasión, nuestra solidaridad?

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Hay algo extraño en todo esto. No hay razones para dudar del idealismo del presidente de México. Demos por bueno, también, su humanismo. Bien haría López Obrador en dar muestras de ambos frente a las víctimas del crimen, incluidos los miles de migrantes que, para dar gusto a Trump, deporta México a granel. Ellos de verdad conmueven.

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