Si bien la derrama económica es trascendental, cabe resaltar que sus impactos ambientales también lo son y es que conforme a datos del Sistema Nacional de Monitoreo Forestal, cerca del 22% de la pérdida de ecosistemas forestales entre 2001 y 2024 se debe a la conversión de terrenos a uso agrícola, equivalente a más de 44,000 hectáreas deforestadas por año.
A ello se suma el alto consumo de recursos. De acuerdo con autoridades ambientales, un árbol de aguacate puede consumir el equivalente hídrico de 14 pinos, lo que agrava la presión sobre el agua en regiones productoras. En este contexto, la trazabilidad ambiental y laboral es no solo un requisito normativo, sino también comercial.
Los cultivos de berries consumen hasta siete veces más agua que el aguacate, lo que afecta la disponibilidad de agua para uso humano e incluso para el cultivo de alimentos”.
Josefina María Cendejas Guízar, investigadora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Un análisis elaborado por especialistas del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la Escuela Nacional de Estudios Superiores Morelia de la UNAM también reveló recientemente que la superficie de cultivo aumentó 20 veces entre 1974 y 2024, al pasar de 13,045 hectáreas a 266,109 en ese lapso, lo que ha causado deforestación de bosque.
Capacidad operativa y costos
Desde el sector empresarial, las preocupaciones se han centrado en la implementación y los costos de la certificación.
Jorge Esteve, presidente del Consejo Nacional Agropecuario (CNA), advirtió previo a la aprobación del dictamen, que el volumen de productores que deberán certificarse es considerable: “vas a tener una cantidad muy grande de productores mexicanos que se van a tener que certificar para poder exportar”.
Esto, explicó, implicará no solo procesos administrativos, sino también capacitación, adecuación de prácticas productivas y cumplimiento de auditorías.
En particular, Esteve señaló que los esquemas de certificación incluyen verificaciones mediante herramientas como imágenes satelitales para comprobar la no deforestación, lo que puede dejar fuera a productores con antecedentes de cambio de uso de suelo, incluso si actualmente cumplen con la normativa.
En tanto, Luis Fernando Haro, director general del CNA, coincidió en que existe una “preocupación real con el sector” ante la falta de claridad en los protocolos y la capacidad institucional para operar el sistema de certificación.
“No vaya a ser un tema de una barrera… no va a haber capacidad del gobierno para atenderlos”, advirtió.
En temporadas altas, explicó, miles de cargamentos cruzan diariamente las fronteras, lo que dijo, también se tienen dudas sobre la viabilidad de exigir certificaciones sin generar cuellos de botella logísticos.
Otro de los puntos críticos, apuntaron, es la complejidad de la cadena productiva. A diferencia de otros sectores, en la agroexportación intervienen múltiples actores: productores, intermediarios, empacadores y exportadores.
Haro subrayó que la responsabilidad de cumplimiento no está claramente delimitada, lo que complica la implementación. “En muchos casos, el exportador no es el productor directo, lo que obliga a certificar a todos los eslabones del proceso”, dijo.
A ello se suma un problema estructural en materia de seguridad social, pues los productores señalaron que el sistema presenta deficiencias que desincentiva el cumplimiento.
“Si queremos trabajar en la formalidad, tenemos que trabajar en que tengas beneficio, no solo costos”.
Jorge Esteve, presidente del Consejo Nacional Agropecuario.
El presidente del CNA señaló que, en muchos casos, las empresas cumplen con las contribuciones, pero los trabajadores no reciben servicios adecuados debido a la falta de infraestructura médica o insumos.
Incluso, advirtió que esto genera un doble costo para los empleadores: por un lado, el pago obligatorio al sistema de seguridad social, y por otro, el gasto directo para atender necesidades de salud de sus trabajadores ante la insuficiencia de los servicios públicos.