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México rumbo a 2027: ¿qué hemos perdido en ocho años?

Rumbo a 2027 debemos preguntarnos: ¿tenemos mejores servicios públicos? ¿Estamos más seguros? ¿Contamos con instituciones más independientes?
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Las elecciones definen más que a una persona que es postulada por un partido. (Foto: Archivo)

México se aproxima a las elecciones de 2027. Será una oportunidad para hacer algo que pocas veces hacemos con suficiente profundidad: mirar hacia atrás, evaluar lo que ha ocurrido en nuestro país y preguntarnos qué clase de nación estamos construyendo para las próximas generaciones.

No se trata solamente de comparar gobiernos o partidos políticos. Se trata de revisar qué ha sucedido con nuestros derechos, nuestros servicios públicos, nuestras instituciones y, sobre todo, con las garantías que tenemos los ciudadanos frente al ejercicio del poder.

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Comencemos por algo tan elemental como la salud.

En 2018, aproximadamente 20.1 millones de mexicanos carecían de acceso reconocido a servicios de salud. Para 2024, la cifra había aumentado a 44.5 millones, de acuerdo con las mediciones oficiales. Esto es, se duplicó la cifra y excedió con poco más de dos millones.

El desabasto de medicamentos también se refleja en cifras contundentes. Según datos del IMSS recopilados por el colectivo Cero Desabasto, en 2017 quedaron sin surtirse efectivamente 1.77 millones de recetas; en 2019 fueron 5 millones; en 2020, 15.8 millones; en 2021, más de 22 millones; en 2022, aproximadamente 12.5 millones, y en 2023, otros 5.19 millones. Incluso en 2024, cuando la cifra disminuyó, todavía quedaron sin surtirse 4.5 millones de recetas, más del doble que en 2017. Entonces, ¿de qué sirve anunciar una megafarmacia si millones de recetas siguen sin atenderse? ¿No habría sido mejor destinar esos recursos a garantizar que los medicamentos llegaran oportunamente a los pacientes?

Durante la pandemia, además, se registró la caducidad de millones de vacunas contra la COVID-19. Tan solo en septiembre de 2022, la Secretaría de Salud reconoció que más de cinco millones de dosis habían caducado. ¿Cuántos recursos públicos se desperdiciaron? ¿Cuántas vidas se perdieron? ¿Qué responsabilidades se determinaron? ¿Qué aprendimos de aquellas decisiones?

En 2024, Andrés Manuel López Obrador nos aseguró que México contaba con un sistema de salud mejor que el de Dinamarca. Sin embargo, las dificultades para obtener consultas, tratamientos, medicamentos e insumos médicos siguen formando parte de la realidad de millones de familias mexicanas. La salud no se garantiza mediante discursos, sino con hospitales que funcionen, personal suficiente, medicamentos disponibles y atención oportuna.

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Pero el deterioro de los servicios públicos no es nuestra única preocupación.

Las elecciones de 2024 marcaron el inicio de una profunda transformación institucional. El partido en el poder y sus aliados obtuvieron el 58.39% de la votación nacional emitida; sin embargo, por determinación del INE, posteriormente confirmada por el Tribunal Electoral, se les asignaron 364 de las 500 diputaciones federales, equivalentes al 72.8% de la Cámara. Esta diferencia de 14.41 puntos porcentuales constituyó, una sobrerrepresentación que excedía los límites que debían aplicarse a la coalición. Con ello, el bloque gobernante alcanzó la mayoría calificada necesaria para reformar la Constitución sin requerir el apoyo de la oposición en la Cámara de Diputados.

Y comenzó la anunciada destrucción de la independencia judicial y de la democracia en nuestro país.

El 15 de septiembre de 2024 se publicó la reforma judicial, que estableció la elección popular de jueces, magistrados y ministros. Con ella se transformó uno de los poderes encargados de proteger a los ciudadanos frente a los abusos de la autoridad.

Un juez sin preparación puede equivocarse al proteger nuestros derechos; un juez sin independencia puede dejar de protegerlos precisamente cuando más lo necesitamos y con total consciencia de ello.

Tras la reforma judicial se promovieron juicios de amparo y otros procedimientos para cuestionarla. Sin embargo, el 31 de octubre de 2024 se reformó nuevamente la Constitución para impedir que sus modificaciones pudieran impugnarse mediante juicios de amparo, acciones de inconstitucionalidad o controversias constitucionales.

Así, incluso cuando una reforma constitucional pudiera afectar nuestros derechos fundamentales, quedaron cerradas esas vías judiciales para cuestionarla.

El 20 de diciembre de 2024 se publicó la reforma que dispuso la desaparición de siete organismos autónomos, entre ellos el INAI, la COFECE y el IFT. Sus funciones fueron redistribuidas entre otras autoridades, pero se eliminaron las garantías de autonomía constitucional que antes tenían.

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¿Quién protege nuestro derecho a conocer cómo se gasta el dinero público cuando la autoridad encargada de revisar una negativa de información ya no cuenta con la misma independencia frente al gobierno?

En octubre de 2025 también se modificó la Ley de Amparo, estableciendo nuevas restricciones para conceder la suspensión en determinados supuestos. Esta medida permite detener provisionalmente actos de autoridad mientras se resuelve un juicio.

Porque de poco sirve que la justicia nos dé la razón cuando el daño ya está consumado.

Observemos la secuencia: primero se obtuvo una mayoría legislativa ilegitima capaz de modificar la Constitución; después se transformó el Poder Judicial; posteriormente se cerraron vías judiciales para impugnar reformas constitucionales; más adelante se eliminaron organismos constitucionales autónomos y se redistribuyeron sus funciones; finalmente, se modificaron las reglas de una de las principales herramientas de protección frente a los actos de autoridad; y por si faltaba, se pone mordaza a la libertad de expresión con la ley de protección a las audiencias y la ley antimemes.

Por otra parte, las finanzas públicas también muestran cifras preocupantes. En 2018, México tenía una deuda pública de aproximadamente 10.6 billones de pesos; para el cierre de 2026, la Secretaría de Hacienda estima que alcanzará alrededor de 20.2 billones. En apenas ocho años, la deuda nominal prácticamente se habría duplicado. ¿En qué se han traducido esos recursos adicionales? ¿Tenemos mejores hospitales, mayor seguridad o servicios públicos más eficientes? ¿A dónde ha ido ese dinero?, esas son las preguntas que debemos hacernos los mexicanos.

La inseguridad, las desapariciones y la extorsión siguen afectando a millones de mexicanos; la falta de empleos, de inversión, el cierre de empresas, la carestía de los bienes de primera necesidad, ¿Son el bienestar para todos nosotros que anuncia el gobierno?

Y en este escenario estamos llegando a una cuestión especialmente delicada: las elecciones de 2027.

En junio de 2026 se incorporó al artículo 41 constitucional una nueva causal de nulidad electoral por intervención o injerencia extranjera.

Combatir cualquier intervención o injerencia extranjera que altere la voluntad popular es necesario. Pero también lo es establecer reglas claras sobre qué conductas constituyen esa intervención o injerencia, cómo se demuestra su influencia en los resultados y quién debe decidirlo.

Anular una elección significa dejar sin efectos los votos emitidos por millones de ciudadanos. Por eso, una decisión de tal magnitud exige pruebas sólidas y autoridades independientes e imparciales, las cuales se han desdibujado estos últimos años.

La experiencia de otros países latinoamericanos, particularmente Venezuela, nos recuerda la importancia de preservar los contrapesos institucionales. Las democracias también pueden debilitarse gradualmente, mediante reformas sucesivas que concentran el poder y reducen los mecanismos para controlarlo.

México tiene su propia historia, pero no debe ignorar las experiencias de otras naciones.

Rumbo a 2027 debemos preguntarnos: ¿tenemos mejores servicios públicos? ¿Estamos más seguros? ¿Contamos con instituciones más independientes? ¿Es más fácil defender nuestros derechos? ¿A elevado nuestra calidad de vida? ¿Tenemos certeza de que nuestro voto será respetado?

La democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes. También exige poder cuestionar sus decisiones, exigirles cuentas y contar con instituciones que protejan nuestros derechos, incluso frente al propio gobierno.

Si en 2027 el partido gobernante y sus aliados pierden la mayoría en la Cámara de Diputados, ¿aceptarán el resultado de las urnas o recurrirán a la nueva causal de nulidad electoral?

¿Estamos preparados los mexicanos para defender nuestro voto, nuestra democracia y exigir que quienes gobiernan respeten la Constitución y la ley?

El futuro nos dará la respuesta. Y lo que hagamos —o dejemos de hacer— también formará parte de la historia.

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La autora es Juez de Distrito en Retiro.

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