La respuesta, con la autoridad que da haber revisado decenas de programas estatales y municipales, es: prácticamente ninguna.
Seguimos redactando diagnósticos de seguridad copiados y pegados de una entidad a otra, cambiando solamente el membrete.
El país que se vacía de sí mismo
El dato más inquietante de la EIC 2025 no es demográfico: es un indicador de fracaso institucional disfrazado de estadística de vivienda. Entre octubre de 2020 y octubre de 2025, 510,000 hogares —integrados por alrededor de 1.6 millones de personas— tuvieron que cambiar de residencia por violencia o inseguridad delictiva.
El propio INEGI aclara, con honestidad metodológica que la clase política rara vez imita, que esa cifra corresponde a los integrantes de esos hogares y no equivale a 1.6 millones de desplazamientos individuales confirmados uno por uno.
Aun con esa precisión, el tamaño del fenómeno es inocultable.
Y sin embargo, México carece de un sistema de alerta territorial que identifique municipios expulsores, municipios receptores y la capacidad institucional real de estos últimos para absorber a quienes llegan.
Hemos convertido el desplazamiento forzado interno en un problema humanitario de segunda categoría, cuando en realidad es el termómetro más honesto que tenemos sobre dónde el Estado ha perdido el control territorial.
De la reacción a la prospectiva: la asignatura pendiente
México es una nación experta en reaccionar y analfabeta en planear.
Cada tragedia produce un operativo; ningún operativo produce una política sexenal con metas verificables, medibles y exigibles.
La EIC 2025 ofrece, por primera vez con esta granularidad, la posibilidad de construir escenarios prospectivos reales: proyectar dónde estará la presión demográfica en 2030, qué municipios envejecerán al ritmo de la capital, cuáles seguirán expulsando población por violencia si no cambia la estrategia.
Ese ejercicio de prospectiva —cruzar población, dispersión, edad, movilidad e incidencia delictiva en un verdadero Sistema Territorial de Planeación de Seguridad y Justicia— es exactamente lo que las instituciones mexicanas se han negado a construir, porque planear con metas verificables también implica aceptar que, en cinco años, alguien podrá medir si se cumplieron o no.
Los números ya están; falta la voluntad
El INEGI hizo su parte: entregó una fotografía territorial de una precisión sin precedentes.
La pregunta que queda —severa, incómoda, ineludible— es si el aparato de seguridad y justicia mexicano está dispuesto a dejar de gobernar con promedios nacionales y empezar a gobernar con la evidencia municipal que tiene enfrente.
Mientras la respuesta siga siendo no, seguiremos comprando el mismo número de patrullas para territorios que no se parecen entre sí, y seguiremos llamando "estrategia nacional de seguridad" a lo que en realidad es la ausencia de una.
*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.